RAMÓN GONZALO RODRÍGUEZ
Se veía venir. Para los que seguimos con interés e inquietud la resolución del caso de Marta del Castillo sabemos que el continuo órdago de Carcaño lanza a la justicia y a la sociedad en general tendría nefastas consecuencias en muy corto plazo. Como los pájaros de mal agüero cualquier persona que aventurase una opinión pesimista sobre las consecuencias que tendría el fracaso, el ridículo del juez, o de todo el sistema legislativo que rige para casos como éste, estaría abocada a las más desagradable realidad.
Para tantos individuos que viven en nuestra sociedad, con escaso control sobre su propia persona y sobre sus instintos primarios y que están necesitados de vivir exaltando el lado salvaje de la vida, la existencia de Miguel Carcaño constituye todo un aliciente, un punto de referencia en la noche de sus conflictos personales, y lo que es peor, un modelo a imitar. Para ellos Miguel Carcaño reúne todos los requisitos que le son inherentes al héroe concebido por la imaginería popular: joven, descarado, irreverente, y con la osadía suficiente para, una vez consumado el crimen, retar con frialdad a todo el sistema de togas y manguitos, jueces y letrados que se le pongan por delante. La conclusión es que no hay quien pueda con él.
Los jueces, ese colectivo tan impopular tanto para los que viven al filo de las normas, como para los que la respetan al máximo, parecen a su lado una sarta d e personajes impotentes, de funcionarios desprovistos de compromiso y de una mínima conciencia social. Sabemos que la justicia acabara imponiéndose porque las instituciones tienen todo el tiempo del mundo, pero la narración de la película está dejando en muy mal lugar y poniendo bajo sospecha, una vez más, a lo juzgados sevillanos, o al juez encargado, o a todo el sistema legislativo que nos contempla y que contemplamos con muchísimas dudas y mucho más temor. Y si no recordemos la resolución más que confusa del caso ARNY y más recientemente el de la niña Mari Luz, la droga robada y sustituida por harina en las dependencias de los juzgados, los documentos encontrados en la basura, etc.
Cualquier ciudadano, por poco sensato que sea no cesa de preguntarse cómo es posible que un niño al que no se le presume ninguna preparación ni ninguna capacidad intelectual especial, traiga en jaque tanto tiempo a todo un sistema policial y judicial, y ponga en crisis todo un sistema legislativo redactado y confeccionado por mentes tan preclaras, sesudas y abiertas. ¿Cómo es posible que un niño (o dos, o tres) hayan masacrado y asesinado a una adolescente, la hayan hecho desaparecer con los medios más escasos y rudimentarios, y que todo el peso de la ley no sea capaz de obtener la confesión en tan sólo 24 horas? Sí. Ya sabemos que vivimos en un estado de derecho y que las ganas de tomarse la justicia por su mano cuando la ira te devora hay que frenarla, pero para ello está la justicia: para convencer a todo el mundo, reo, familiares de la víctima y sociedad de lo bueno de su actuación. Para eso, le pagan y para eso están, para que actúen con rotundidad y diligencia. Hoy no se puede torturar ni inferir daños físicos a los sospechosos, pero, ¿es que los padres y familiares de Marta no están destrozados para toda la vida por todo lo que de pronto se les ha venido encima sin ser partícipes de lo acontecido? El ridículo de la búsqueda en el río, el bochorno del dineral enterrado después en el vertedero, el gasto de tanto funcionario dedicado a solucionar el caso. ¿Todo para qué? Para demostrar la incompetencia de un colectivo de profesionales tan altamente cualificados y socialmente reconocidos que, como lo denominó William James están en permanentes vacaciones morales, y para los que nadie va a pedir medidas punitivas como se hace con los médicos, enfermeras o profesores sorprendidos en falta.
Sin embargo, la capacidad receptiva de la masa social nunca está de vacaciones sino que está necesitada de actuaciones ejemplares, totalmente receptiva a los mensajes subliminales que lanzan las autoridades y extrayendo conclusiones permanentemente, tanto en los casos de violaciones, como de desfalcos y cualquier tipo de transgresiones a la norma, que es tanto como decir al sentido común de cualquier persona que viva en sociedad.
La sucesión de violaciones que se están cometiendo estos días en nuestra geografía, ratifica el principio de Ala, profecía que siempre acaba cumpliéndose, acuñado por R. K. Merton y por ello, los que conservamos la capacidad de sufrir ante lo injusto de la justicia estamos empezando a sentir cierto escalofrío en la conciencia.
El ejemplo del odiado Carcaño ha calado en cientos de jóvenes de principios éticos poco sólidos, que ven la ley no como unas normas de respeto y convivencia, sino como un obstáculo para la proliferación de sus instintos más primarios y se han lanzado a la caza de las niñas. Esa es la primera pieza en derrumbarse del castillo de naipes. Arriba en las colmenas de las figuras están los que también empiezan a preguntarse a qué hay que esperar para que los malhechores paguen por lo que han hecho, y llega el momento de fantasear con el tomarse la ley por su mano al estilo superhéroe americano, justiciero incontrolable y ese es el momento en el que las profecías más siniestras se convierten en realidad.