DOMINGO FUNES
Desde que el gobierno de Zapatero anunciará el parto, es decir, el acuerdo sobre financiación, todo Cristo, tenga o no idea de economía, como el que suscribe, que no tiene ninguna, se ha lanzado a opinar sobre el gran misterio de los cuartos. Como quiera que casi nadie sabe la hora que es, pero intuye que cuando se trata de dinero casi todos son de la misma religión, se ha dispuesto con buen criterio a escuchar a los que saben. Pero ocurre que los que saben, que son muy poquitos, tantos como verdaderos amigos podremos encontrar en la vida, están fichados por los que tienen intereses en las lecturas políticas que se hagan. Al final, la economía y sus misterios dejan en simples jeroglíficos de Ocón de Oro para principiantes a esos grandes enigmas de la religión como la Santísima Trinidad y otras historias arcanas de calado. Con lo cual, todo esto de la financiación autonómica deviene en un mera cuestión de fe. Datos como la diferencia de financiación que ha recibido Cataluña con respecto a Andalucía, considerando lo distintas que son estas dos realidades, no parece que obedezcan, a priori, a criterios de justicia redistributiva ni de solidaridad interterritorial. No cuestiono que Cataluña reciba lo que reciba, simplemente digo que no lo recibe por las razones que se aducen. De todas formas, a mí como andaluz lo que realmente me gustaría es ser Navarro o Vasco, que a esto de la financiación no hay quien les gane en igualdad. Quiero ser idéntico a ellos, vamos dos putas gotas de agua, para que nadie me tilde de insolidario andalucista. Quiero, con todos mis respetos para los creyentes, no tener que recurrir a la fe para saber cuanto le corresponde a mi tierra, sino que sea el propio ejecutivo andaluz el que pague al Estado por los servicios prestados y evitar que el dinero vaya y venga con lo que le gusta evaporarse en los viajes. Dicho esto, Andalucía siempre ha servido para justificar ciertas políticas y para neutralizar determinados efectos dimanantes de esas actuaciones. Y uno tiene la impresión, por no decir la creencia, de que otra vez hemos sido vendidos, porque la lamentable situación que soportamos, reflejada en multitud de indicadores económicos, no es sino fruto de otros ´éxitos´ anteriores. Lástima no ser creyente. Sería más feliz.