FRANCISCO ROMACHO
Ocurrió en aquellos días en los que estrenábamos las palabras. Aunque ahora suena más cursi que una perdiz con ligas si, un poner, yo hubiera escrito entonces (y seguramente lo escribí) que todos los días eran jornadas de puertas abiertas de la libertad, me hubieran dado un premio y a la gente se le hubieran caído unas lágrimas y unos mocos y ella no se hubiera cansado de mirarme. Las viejas palabras tales que fuero, vertical, patria, libertinaje, masón, gris, lechera, social, confesor, se habían quedado con el vientre vacío.
Tampoco hacía falta ya vestirse de trenka y de pana para sentirse prohibido. Cundieron los curas rojos, los tacos de Cela, las tetas (teticas) de Susana Estrada y las ruedas de prensa. Todo el mundo convocaba una rueda de prensa. Para explicar una dimisión, una tentativa de abandono del marxismo-leninismo, una amnistía para los militares de la UMD o un cacho de democracia interna. Aquellas hermosas criaturas de la transición se pasaban la vida otorgando ruedas de prensa. A campo descubierto, sin más armadura que el poder de las palabras y los gestos. Y allí que íbamos los periodistas, armados de bolígrafos, libretas, cassettes y mala leche hasta los dientes. Juro que las preguntas eran a dar. En la frente.
Ocurrió que los entonces chiripitifláuticos muchachos granadinos de la Ucedé, que venían de haberla cagado en el referéndum del 28-F, se vieron en el penoso deber de endosarnos una conferencia de prensa para la presentación de la lista de candidatos a las primeras elecciones autonómicas de la historia de Andalucía. Es decir: el partido que se había desgañitado para que no hubiera autonomía se veía en el trance de vendernos sus aspirantes a diputados autonómicos. La función prometía. Sólo de pensarlo se le escapaban a uno las uñas de los pies. Ocurrió que entre los candidatos allí expuestos en hornacina, tercer puesto doy en recordar, figuraba Pepe Cuevas, alcalde de Villanueva de Mesía, que se había ganado a pulso gran notoriedad nacional por mantener en su despacho los retratos de Franco y José Antonio. Ocurrió que se levantó un periodista que yo conocía mucho y le disparó sin silenciador: ¿ha retirado usted ya los retratos de su despacho? Y la tarde se puso hirviendo.
Cunde ahora la moda del político que, para evitar acosos o sofocos, hace una declaración pública y avisa a los periodistas que no habrá preguntas. Y los periodistas van y se tragan el sermón y no dicen ni pío y se vuelven a sus redacciones con el rabo entre las piernas. Viendo que el chuleo a la prensa funciona del carajo, los políticos van sofisticando los modelos de comparecencias. El último grito es la de contestar pero sólo las referidas al objeto de la convocatoria. Como aquellas nuestras novias de misa de doce que sólo te dejaban tocar la parte de arriba.
Los otros días, el Pepe Blanco y el Camps se hacen una de colleras y va el ministro y les dice a los muchachos y muchachas que si son tan amables que pregunten sólo sobre trenes y autovías. Y no le pasó nada. Y luego va el Camps y ante la indelicadeza de un descerebrado que tuvo la osadía de preguntar por trajes, juicios y gúrteles, le respondió sobre paellas y ave sin mayor bochorno ni vergüenza. Y no pasó nada. Y no se levantó nadie. Y ninguna asociación profesional con todo su boato de presidentes clamó a los vientos por este lamentabilísimo espectáculo de plumillas amaestrados ¿Periodistas? Que pasen y coman.