LOS LUNES AL SOL

Ciencia disecada

 18:25  
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ELADIO MATEOS MIERA Siempre que veo un animal disecado me viene mi abuela a la memoria. Desde que la recuerdo, tuvo en su comedor un trofeo de taxidermia que nunca supe si era jineta o hurón, porque el tiempo lo había ajado, desfigurando lo que una vez debió para ella ser un hermoso objeto decorativo hasta convertirlo en un muñeco roto que perdía serrín por las costuras y te miraba acusador con un único ojo de cristal que le colgaba. Los nietos acabamos de desbaratarlo usándolo como juguete en aquellas largas tardes de veranos antiguos, cuando la playa era un privilegio sólo al alcance de los pudientes, mientras los hijos de los obreros nos conformábamos con la sombra fresca y el grifo del patio de la abuela. Ella lo rescató en sus últimos años, cuando la senilidad le dejaba aquel guiñapo en el regazo y ella lo acariciaba porque le recordaba tal vez algún gato querido que huyó de casa o la muñeca vieja que la volvía a su infancia. Desde entonces, una melancolía triste y patética me asalta cada vez que contemplo un animal disecado, sea un águila de alas extendidas que nunca levantará el vuelo o una cebra al trote detenida para la eternidad en un gesto inacabable. Seré un sentimental, pero al mirarlos no puedo evitar pensar en el cielo libre o la sabana inmensa que nunca acabarán de cruzar.

Por eso me sorprende mucho que ese museo para el siglo XXI que es el Parque de las Ciencias tenga como uno de sus mayores atractivos veraniegos una exposición de animales disecados. Me pasó lo mismo cuando visité en Valencia la Ciudad de la Ciencia, que tras su deslumbrante arquitectura vanguardista y entre otros muchos artefactos de descollante modernidad, alberga en su interior un anacrónico espectáculo circense de delfines amaestrados que desmiente su apuesta por el futuro. En ambos casos, no puedo evitar la perplejidad frente a unos museos que pretenden enseñar el porvenir con recursos antiguos y apolillados. Seguro que la muestra del Parque de las Ciencias tendrá un gran éxito y colas enormes de visitantes, lo mismo que el hombre negro disecado que durante dos siglos estuvo expuesto en un museo del pueblo de Bañolas era la estrella de aquella exposición. En realidad un bicho disecado dice más de la mirada de los hombres sobre los animales que del animal mismo, y de un concepto museístico desfasado que no estoy seguro de que sirva para educar en el siglo XXI.

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