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El castigo

 09:25  
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GORKA RODRÍGUEZ Nunca nadie les ha puesto nombre. Tal vez porque cualquiera puede formar parte de esa tribu. Algunos les llaman especuladores. ‘Robavidas’ me parece mucho más exacto. Aparecen cada vez más. En los bancos pidiendo auxilio, detrás de los anuncios de ‘se vende’ bajando precios o en la televisión exhibiendo su ruina. Estos de ahora no son buenos tiempos para ellos. Y yo que lo celebro porque, si pienso un minuto, creo que prefiero a un traficante de heroína antes que a un tío de estos.

Hace un par de años cualquiera podía convertirse en uno de ellos. Médicos, abogados, profesores, empleados de banca... Bastaba tener algo de ojo y ninguna conciencia social. El resto lo hacía el entorno. La vivienda se convirtió en un negocio para muchos. Una promoción de pisos y una compra sobre plano.

“Yo me voy a quedar con dos”, solían decir al constructor. Unos meses después, sin haber comprometido casi nada, llegaba la hora de la venta a un tercero o pardillo. 18 o 20.000 euros sin crear ninguna riqueza, sin producir ningún beneficio salvo el propio. Sólo parasitando un sistema que se inflaba más y más, y participando en un mercado criminal, descendiente directo de la no regulación propia del capitalismo.

“Si los compran es porque pueden”, dijo un popular ‘popular’ durante el nacimiento de la dichosa burbuja. El frenazo inmobiliario les ha cazado en medio de ese diabólico proceso. Ahora tienen pisos en urbanizaciones fantasma, en bloques de aspecto lúgubre, sin vida ni críos dando por culo, con las persianas echadas y los buzones sin estrenar. Obligados contra su voluntad a escriturar sus propiedades, no tienen más remedio que empezar a pagar.

El sistema, ese del que se iban a aprovechar, es imbécil y no distingue. No entiende que ellos no querían las casas para vivir o para construir una familia, sino para ganar dinero a costa de otros que sí buscaban un hogar, así que les trata como a los primos que ellos estafaban legalmente. Por suerte, la justicia divina reservaba un castigo para la codicia.

Al menos para los rezagados, que se han encontrado con las mismas hipotecas monstruosas que ayudaron a multiplicar y que además no pueden vender ni soñando al precio por el que compraron. Bien por eso, aunque por el camino se han quedado cientos de miles de familias jóvenes cuya primera vivienda les roba media vida todos los meses.

Por mucho que se repita y por mucho que se practique, pagar algo durante treinta años no es normal ni natural ni lógico. La salida no ha sido la mejor posible, pero es una salida. Veremos dentro de diez años cuántos recuerdan que una casa no es un negocio sino un lugar para vivir.

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