AGUSTÍN MARTÍNEZ
Hace justamente una semana, mi compañero Eladio Mateos reflexionaba desde estas páginas sobre la cuestión morisca, o sea, sobre la situación generada por la expulsión de su país de entre trescientos y cuatrocientos mil ciudadanos por el muy repudiable crimen de profesar una religión distinta a la oficial. Ciudadanos españoles -musulmanes y judíos-, que fueron despojados de todos sus derechos y obligados a abandonar una tierra en la que llevaban viviendo casi nueve siglos.
Con independencia de cómo veamos la situación aquí en la orilla norte, no deja de ser revelador cómo la viven en el sur, en ciudades como Xauen, Tetuán, Ashila, Larache, Fez, Salé, Rabat y algunas otras que acogieron o incluso fundaron los expulsados.
Una visita a cualquiera de esos lugares resulta extraordinariamente esclarecedora a la hora de comprender un poco mejor la cuestión morisca, porque si en España la contemplamos como una mera situación histórica, en Marruecos se vive como el elemento esencial en la vida de generaciones de ciudadanos que se siguen considerando andalusíes, aunque jamás hayan pisado Granada, Córdoba o Jaén.
No se trata de leyendas más o menos románticas sobre las llaves de las casas guardadas desde hace siglos, sino de la custodia de una memoria que es la nuestra y del sentimiento de pertenencia a una cultura y una historia común.
Los moriscos actuales -más de tres millones y menos de cinco-, no aspiran a que les devolvamos sus casas o sus tierras, pero sí a que les entreguemos parte de la dignidad que les arrebatamos hace cuatro siglos. Personalidades de la talla intelectual de Alí Raisuni, Hassum Hakim, Hasnae Daoudia, M´hammad Benabud, o Said Jedidi, coinciden en señalar que un reconocimiento del error histórico cometido por España en 1609 bastaría para satisfacer a quienes, como asegura el periodista Jedidi, viven desde entonces en una tierra de nadie, "son marroquíes, pero piensan en andaluz. Casi son binacionales".
Por todo ello y una vez que el Rey Juan Carlos haya pedido disculpas a la comunidad judía por aquella decisión de hace cuatrocientos años, los moriscos andaluces esperan el mismo trato. No reivindican nacionalidad ni visados, tan solo el reconocimiento de la injusticia de que fueron víctimas y en este asunto Andalucía puede jugar un papel esencial que convendría no desaprovechar.