FRANCISCO ROMACHO
Algunos libros, por fortuna pocos, me atrapan tanto que nunca termino de leerlos. Cuando adelgazan las hojas que restan para el final, consumido por una fiebre adictiva, lo devuelvo a la estantería. Como los toros, esos libros tienen la piel de sus páginas aradas por las puntas de las banderillas del lápiz, heridas sangrantes de puyazos de bolígrafo, los párrafos sudados que han pasado una y otra vez por la muleta de mis ojos. Me han regalado tanta felicidad que no quiero que se terminen nunca. El indulto de las últimas páginas es un acto tan cobarde como hermoso. No quiero correr el riesgo del desencanto, la puñalada de un final desastrado. Como aquella noche que salí corriendo después de besarla bajo la lluvia. No tenía ninguna intención de descubrir si aquel delirio de mujer era de este mundo. Como lo de Borges: verla (leerla), no daba sueño.
En el viejo libro de Granada no hay renglones para el indulto. El sueño, la modorra, llega por aspersión. Todos los finales son previsibles, incluidas las esquelas en el periódico católico. Como decía el sabio Guillermo Soria: los muertos de por aquí se escriben sus propias necrológicas. Para llegar a cualquier sitio conviene ir por la derecha. Las crónicas de los días que andan persiguiéndose (apúntenlo a la cuenta de García Márquez, que lo citaba de Apollinaire) se escriben con los mismos adjetivos y se envuelven con los mismos titulares. Salvo la fecha y el detalle meteorológico se pueden clavar de un año para otro. No se enteraría nadie.
Es fama la historia de un sedicente crítico musical que llevaba años triunfando entre la Granada profunda con sus puntillosas notas del Festival. Hasta que se recibió en el periódico una educadísima carta al director: no es que no estuviera de acuerdo sobre si los metales cuerda habían entrado tarde en el segundo movimiento, no. Es que el concierto se había suspendido. El amable forastero, ajeno a nuestras ancestrales tradiciones, no tenía costumbre de leer críticas de conciertos que no se habían celebrado.
El soterramiento del metro se ha hecho con enorme mérito un hueco de honor en el libro de la Granada eterna. Pese a que se trata de un proyecto relativamente reciente, apenas y muy a finales del siglo pasado y lo que llevamos del presente, ya no es posible entender Granada sin el soterramiento. Con las carocas, las flores de la Virgen, con los fachas de la Toma, con los churros de Bibrambla, con las escalerillas del Triunfo, con la esquina de Carril del Picón y Emperatriz Eugenia, con los atascos en Carchuna, el soterramiento ya está en los pliegues de la piel de varias generaciones. Pasan los siglos, pasan los presidentes, pasan los consejeros y consejeras, pasan (esperemos) los alcaldes y el debate del soterramiento permanece, con toda su pasión, con la misma fresca virulencia de aquellos primeros momentos. Verdaderamente extraordinario. Algunos bienpensantes pero desconocedores de nuestra idiosincrasia, creen que se trata de tener o no tener metro. No nos entienden. Se trata de tener metro soterrado o de no tener metro soterrado ni pollas.
Hace ocho años, el chavea de un amigo mío se fue a estudiar o algo una carrera a Madrid con los periódicos del soterramiento debajo del brazo. Anteayer, nada más bajarse del tren con su golpe de licenciado, pudo comprar en el quiosco los periódicos del día para reencontrarse con su ciudad. Todos traían noticia de la consejera Aguilar, del alcalde Pepetorres y del debate del soterramiento. Por fin en casa, se dijo emocionado.