EDUARDO TÉBAR
Mañana coincidirán en Granada dos visiones muy distintas de Jamaica. Así de caprichoso es el destino. Mientras el veterano Dave Barker evoca en el festival All Reggae to The People los amores soleados a la orilla de Lime Cay, Sizzla Kalonji incendiará con su verbo inflamable los principios éticos de sus seguidores en la sala Industrial Copera.
La joven estrella del dancehall –sólo tiene 33 años– viene proyectado por la publicidad del escándalo. Esta semana, la Federación de Asociaciones de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales de Andalucía, ´Colegas´, ha solicitado a la fiscalía la prohibición de su entrada al país. Argumentan la condición de homófobo del cantante de August Town. Además, el colectivo pide al público el boicot del recital.
¿El pecado de Sizzla? Su férrea obcecación con el colectivo homosexual. Un rasgo común en la escena del dancehall y, por extensión, en la sociedad jamaicana. Allí, la sodomía es delito. Las sectas rastafarianas, nutridas de nuevos astros de la música nacional, realizan interpretaciones machistas de la Biblia. Las iglesias, por su parte, ceban a sus devotos con papilla fundamentalista.
No obstante, la empresa organizadora del concierto niega las acusaciones y solicita un cauce de diálogo con el vocalista. Curioso: Sizzla tendió la mano a los gays cuando firmó en 2007 el Reggae Compassionate Act. Sin embargo, plasmó la rúbrica poco después de sufrir serios problemas con la justicia alemana e inglesa. Cuentan que en el país germano un homosexual fue asesinado al grito de las arengas de ´Nah apologize´, suceso que para algunos es un mito.
El himno del jamaicano contiene frases explosivas: "Mata a un maricón y siéntete orgulloso". Ante la evidencia cierta de que podría dejar de trabajar en Europa, dio su brazo a torcer. No olvidemos que el dancehall subsiste gracias al mercado exterior. La polémica suplanta los gastos promocionales. Sin ir más lejos, la presente gira de Sizzla se ha beneficiado de una espectacular resonancia mediática.
El morbo vende. Y nombres santificados en la isla, como Jimmy Cliff, legitiman la actividad de los cachorros. Buju Baton o Tony Rebel se encuentran en la misma situación. Aseveraciones contradictorias y predicamentos violentos alimentan piques y resquemores. Eso contabiliza en taquilla. Con todo, los culebrones del dancehall no paran de recibir dardos dudosos. Aquí tropezamos con los límites de la libertad de expresión, la ponderación de la apología homófoba y la doble moral. Apenas se han escuchado voces críticas con el reggaeton.
Música que denigra a la mujer, pero que se baila de forma masiva en casi todo el planeta. Tampoco encontraron barreras los mexicanos Molotov cuando trajeron al Zaidín Rock su ´Puto´. Sí, el hit rompepistas que reza lo de "matarile al maricón / ¿y qué quieres, hijo de puta?". Los aztecas lo tuvieron más fácil para esquivar responsabilidades. Para ellos, maricón es sinónimo de cobarde.
Un caso más cercano es el de Loquillo. El ´rocker´ del Clot popularizó hace veinte años ´La mataré´, todo un pregón de venganza cañí. Pudo herir sensibilidades, aunque la audiencia española supo relativizar el mensaje. Ahora, claro, la violencia de género levanta más ampollas. El ´Loco´ dejó de tocarla a petición de las feministas. Pero, como buen ´tocapelotas´, ahora incorpora el controvertido tema en sus espectáculos en solitario. La provocación vocacional no tiene límites.