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El crimen del cortijillo

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Imagen del Ateneo cultural de Maracena, donde el padre (el del círculo y el retrato de la derecha) tocaba la guitarra.
Imagen del Ateneo cultural de Maracena, donde el padre (el del círculo y el retrato de la derecha) tocaba la guitarra. Foto cedida por la familia
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Los padres y un hermano de Elena Jiménez desaparecieron en la navidad de 1936 como represalia a la muerte de un falangista durante un tiroteo con republicanos que se refugiaron en su casa de campo.

SANTIAGO SEVILLA / ÁLVARO CALLEJA. Los hijos de Elena Jiménez Martínez no supieron hasta bien entrada la democracia que sus abuelos maternos y uno de sus tíos fueron asesinados la navidad de 1936. Dos eran los motivos que impedían a Elena, hoy una anciana de 84 años, relatar el macabro episodio de lo que en Maracena se conoce como el crimen del cortijillo: por un lado, el temor a que la historia volviera a repetirse y las víctimas fueran ahora sus descendientes y, en segundo lugar, su obsesión permanente por tratar de no transmitir a sus hijos el rencor, el odio o la venganza.

Elena contaba sólo con doce años cuando perdió a sus padres Bernardo y Adoración –ésta última embarazada de unos meses–, y a su hermano Pepe, de 17 años. Su otro hermano, Antonio, no corrió la misma suerte porque meses antes decidió enrolarse con sólo 20 años en el bando republicano, precisamente a las pocas semanas de producirse la sublevación contra el gobierno democrático.

Los acontecimientos se desencadenaron la noche del 30 de diciembre de 1936 en el cortijo donde residía la familia, situado entre los términos de Maracena y Albolote, una zona conocida como el pago de Zárate frecuentada en ocasiones por los soldados republicanos que solían cruzar las líneas nacionales para interesarse por sus mujeres e hijos, a menudo represaliados por simpatizar con el bando rojo.

Dos milicianos republicanos llegaron ese día al cortijo, siendo acogidos por la familia que pensó que podían tener noticias tranquilizadoras sobre la situación de su hijo Antonio. Un agricultor de uno de los viñedos de Albolote, supuestamente amigo de la familia, se percató de ello y los delató a las fuerzas fascistas. La madre se encargó de abrir la puerta a cinco falangistas, fuertemente armados conocidos en el pueblo como la banda negra, que procedieron, en compañía del agricultor, a registrar la casa mientras dormía el resto de la familia, a excepción de su marido que trabajaba en la azucarera de San Isidro.

Cuando parecía que daban por concluida la inspección, uno de ellos, a requerimiento del agricultor, se adentró en una especie de despensa situada junto a la cocina donde se ocultaban los dos milicianos republicanos que abrieron de inmediato fuego. Como consecuencia del tiroteo, uno de lo fascistas murió y la madre de Elena resultó herida en un brazo. Los fascistas dieron por hecho que el autor de los disparos había sido el hijo que militaba en el bando republicano. No hubo compasión.

Al padre lo detuvieron en el café Zurita, lugar al que acudía a diario cuando salía de la azucarera. Al resto de la familia, la madre Adoración y sus tres hijos –Pepe, Rosa y Elena–, lo trasladaron también al cuartel de la Guardia Civil, siendo liberadas sólo las niñas. Torturas. "Lo que hicimos en esa casa fue brutal, no tiene nombre". La frase forma parte de la confesión que décadas después realizó una de las personas que estuvo presente en las torturas que infligieron a los padres y a su hijo Pepe.

El progenitor, que entonces tenía 42 años, no se había significado hasta entonces por su ideas políticas, tan sólo formaba parte del ateneo cultural de Maracena donde tocaba la guitarra. Su esposa, con 40 años, sí tenía más inquietudes políticas aunque ninguno de ellos era simpatizante activo con protagonismo dentro de la izquierda. En el cuartel de la Guardia Civil, donde hoy se encuentra la Casa de la Cultura, se llevaron a cabo las torturas coincidiendo con la Nochevieja.

Primero apalearon a la madre, que no pudo dar detalles sobre el paradero de su hijo Antonio. Al dolor físico se sumó la tortura emocional: tuvo que escuchar cómo masacraban a su marido y a su hijo. Rosa, la hija mayor que acudió al cuartel por la mañana para llevarles comida, pudo conocer por boca de su madre que estaban siendo torturados. Ésa fue la última vez que supieron de su existencia. Al día siguiente, un falangista les conminó a que cesaran la búsqueda de sus familiares: "No busquéis más, aquí no están y no sigáis insistiendo, no vaya a ser que os ocurra lo mismo". Como botín de guerra, las tropas nacionales se apoderaron de la plata ahorrada por la familia durante esos años, además de los animales de la granja y del propio cortijo.

"Se llevaron cuatro marranos, una cabra, una burra, la yegua, las gallinas, los conejos y el aceite de todo el año", recuerda Elena, cuya vida ha quedado marcada por aquellos duros acontecimientos. Nadie de su familia quiso o pudo acogerlas en su seno y tanto ella como su hermana se vieron obligadas a trabajar desde muy corta edad. Todavía aún recuerda que evitaba acudir al comedor popular por miedo a ser envenenada por la cocinera, viuda del falangista que perdió la vida en el tiroteo del Cortijillo; o cómo se vio obligada a servir en casa de un cura poco caritativo para poder salir adelante. La vida tampoco sonrió a su hermano Antonio.

A su regreso de la guerra civil y al tener conocimiento de lo sucedido, intentó suicidarse ingiriendo fósforo. Antonio se culpó de lo acontecido a su familia, pensó que si hubiera permanecido en su casa, en lugar de acudir al frente de guerra, los suyos aún permanecerían vivos. Ni siquiera encontró el perdón de los vencedores. Permaneció durante cinco años preso en distintas cárceles realizando trabajos forzosos en obras públicas. Una vez obtenida la libertad condicional, rehizo su vida aunque no fue sencillo. Los falangistas reventaron su boda y poco después emigró a Barcelona, donde murió con 92 años.

Carta a Garzón. "Soy una mujer de 83 años víctima de la guerra civil. Como muchas personas he sufrido lo indecible y como todas consideró mi dolor extraordinariamente singular. Quedé huérfana junto a mis dos hermanos, a los 12 años de edad, después de que los falangistas (banda negra) de mi pueblo, Maracena, en Granada, asesinaran a mi padre, mi hermano y a mi madre embarazada. Quedé sola y el resto de mi vida es fácil de imaginar". Elena ha dirigido una carta al juez Baltasar Garzón para que quede constancia de su sufrimiento.

Al igual que otros muchos familiares de represaliados desconoce el lugar donde fueron enterrados sus padres y su hermano pero, al menos, –dice ella– "me merezco una respuesta". Se abrió una puerta a la esperanza cuando hace algo más de una década se hallaron, muy cerca del cortijo, tres esqueletos durante los trabajos de instalación de una nave de solería.

El entonces alcalde, Manuel Macías, yerno de Elena, decretó la paralización de la obra y comunicó el hallazgo a las autoridades judiciales. Los restos de los cuerpos fueron trasladados para su identificación a Madrid. Sin embargo, a día de hoy, no se ha vuelto a saber nada. "Nadie me ha pedido perdón por lo que yo he vivido", se lamenta Elena que, sin ánimo de revancha, desea que lo que ha permanecido tantos años en el olvido no acabe ahora en amnesia.

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