SANTIAGO SEVILLA Y ÁLVARO CALLEJA.
Julio de 1940, en el juzgado de Güéjar Sierra. –Yo no firmo eso. ¡Es falso! –Señora, firme si no quiere acabar en la cárcel. Encarnación sabía muy bien que la bala que cuatro años antes, el 16 de septiembre de 1936, había atravesado la cabeza de su marido, Pedro Cerezo, no procedía de "los marsistas" (sic) como decía aquel papel. Todo el mundo lo sabía, pero firmó. Una joven viuda con dos hijos pequeños, uno de los cuales había nacido 18 días después del asesinato de su padre, no estaba en la mejor situación para hacer que aquel funcionario cambiara la versión oficial que acababa de leer en el certificado de defunción de su marido. Pero firmó. Pedro Cerezo, mecánico de la Compañía General de Electricidad –que explotaba entre otras las centrales hidroeléctricas de Maitena, El Castillo y Diéchar–, recibió un tiro de un guardia civil en el paraje del Collado del Muerto, entre la parte alta de El Purche (Monachil) y la actual carretera a Sierra Nevada (Güéjar Sierra), a los dos meses de la rebelión militar del 36, que en Granada logró dominar de inmediato grandes zonas de la provincia.
Un compañero suyo, de apellido Roca, también murió y un tercer joven, un recolector de leña que los guardias se encontraron por el camino y que –sospecharon– iba a integrarse en las milicias republicanas que se movían por Sierra Nevada, logró un ´indulto´ de última hora entre los disparos al aire de los dos ejecutores que practicaron las detenciones. Pedro no tuvo tanta suerte. En los días que siguieron al golpe de estado del 36 recibió en Maitena la visita de la Guardia Civil para interrogarle sobre una denuncia que lo señalaba como destacado republicano. Fue golpeado en presencia de su mujer y advertido sobre los riesgos de mantener unas simpatías políticas que Pedro negó tener; aparentemente la cosa quedó en eso. Su familia supo después que la delación procedía de un compañero de trabajo, muy enojado porque Pedro había rechazado a su hija para mantener el compromiso con Encarnación.
La conoció en la central de Maitena cuando, procedente de otra de la misma empresa en Moclín, fue destinado a la de Güéjar Sierra para sustituir a un compañero que se iba a la mili. Luego pidió el traslado definitivo a la central del barranco de San Juan para vivir con ella y ahí se empezó a cavar la fosa que su hijo, Pedro, al que no pudo abrazar por 18 días, busca hoy a sus 72 años con ayuda de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Después de aquella visita de advertencia, Pedro Cerezo, que tenía 36 años, se desplazó unos días a Diéchar, donde acudía periódicamente para labores de mantenimiento y reparación de averías en la central del río Monachil. No sabía que tras él partieron desde Güéjar dos números de la Guardia Civil con una orden que no acaban de creer ni compartir. "Tras ser detenido, debe quedarse en el camino…", les dijeron sus superiores. Conocían a Pedro y aquello les pareció desproporcionado.
Cuando los guardias, camino de Diéchar, llegaron al puente de la venta de la Higuera –en la actual carretera de Sierra Nevada– se encontraron con dos compañeros que vigilaban el puente en previsión de eventuales sabotajes republicanos. Se sinceraron con ellos sobre lo incomprensible de su cometido y encontraron tanta compresión que uno de los vigilantes del puente les alivió del encargo. "Si vais a tener cargo de conciencia, no hay problema, os quedáis aquí y nosotros lo hacemos", dijo el guardia civil, que en el transcurso de la Guerra Civil y la posguerra alcanzó gran celebridad por su sanguinaria disposición a zanjar a tiros las simpatías republicanas o las sospechas de colaboración con el maqui de Sierra Nevada. Diéchar, 16 de septiembre de 1936. "Vosotros dos os venís a declarar al cuartel", les espetó el agente entre el alboroto nervioso de los trabajadores de la central de Diéchar, que aún hoy se mantiene operativa pero ya sin los residentes fijos de las casas que rodeaban el ingenio hidroeléctrico. Pedro y su compañero Roca cogieron una muda de ropa y salieron junto a los guardias. En las inmediaciones del cortijo de las Mimbres, ya muy cerca de El Purche, pidieron agua a unos labriegos.
"Para lo que os queda", se mofó el guardia que dirigía la detención, ya muy cerca del Collado del Muerto, macabro escenario que aquel día debía hacer honor a su nombre. Un hallazgo inesperado, el de un corpulento recolector de leña, alteró los planes de los captores pero no alcanzó para cambiar el destino ya escrito de Pedro y de su compañero Roca. José Méndez, leñador, echó a correr. No está clara la forma que adoptó la fortuna para salvar la vida de Méndez. Unos recuerdan que los guardias dispararon al aire sin más, no querían matarle, a pesar de que sospechaban que su verdadera intención en aquellos días era pasarse a la zona roja. Otros sostienen que un disparo con mala intención le atravesó la pernera del pantalón de pana sin herirle. El caso es que el leñador apareció un día después en Pinos Genil, descalzo, harapiento y con el rostro desencajado. Una patrulla del ejército sublevado lo condujo ante un ´juez´ de Monachil, su pueblo.
Al reconocerlo hizo un gesto inequívoco a los militares para advertirles de la inestabilidad mental del detenido y les persuadió sobre la inutilidad de malgastar con él tiempo y munición. Una mala mañana Méndez, conmocionado por el episodio del Collado del Muerto y señalado como se sentía en el pueblo, cogió una mula y, como todo el mundo parecía haber pensado para él, decidió integrarse en las milicias republicanas. Al acabar la contienda fue enviado a un campo de trabajo en Cerro Muriano y años después volvió al pueblo. Cuentan que pasados los años tuvo un encuentro con el verdugo que no le mató y que se abalanzó sobre él con una herramienta de labranza cuando le recordó que le había perdonado la vida, una vida que ya no era vida. A Pedro Cerezo no se la perdonó. El mecánico eléctrico, asegura su hijo, no echó a correr.
"A mí me lleváis a declarar al cuartel", dijo. Y el guardia respondió: "No te mato yo, te mata la ley". Ya muerto le quitaron el reloj, la petaca de tabaco y las alpargatas. A Roca un impacto de bala le afectó seriamente una pierna y, aunque logró arrastrarse dos kilómetros en dirección a la carretera de Sierra Nevada, fue localizado poco después por el reguero de sangre de la herida y recibió el disparo de gracia antes de que sus verdugos prendieran fuego a su alrededor. A los dos días, el tío de Pedro Cerezo, Antonio, pidió explicaciones al director de la Compañía General de Electricidad sobre la suerte de su sobrino, quien, a su vez, trasladó la queja al capitán Pelayo, uno de los responsables del cuartel de Las Palmas, quien evitaría ´in extremis´ la captura y previsible muerte de Antonio por los mismos que mataron a su sobrino.
El día de su muerte, el cuerpo de Pedro Cerezo fue chapuceramente cubierto de piedras y aulagas, y dos días después dos compañeros de la central de Diéchar mejoraron su sepultura y pusieron una gran piedra sobre ella. Es la piedra que el hijo al que no llegó a conocer busca estos días –después de un infructuoso intento por abrir la fosa hace una década– para cumplir el deseo que le expresó su madre hace un año poco antes de morir. Fue incinerada y enterrada junto a sus padres. En el nicho, le dijo su madre, hay un hueco para el mecánico de Maitena.