El tipógrafo de El Defensor

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Antonio Ruiz Blanco, trabajador del periódico republicano de Granada, corrió en 1936 la misma suerte que su director, Constantino Ruiz Carnero. El tipógrafo fue detenido y fusilado en el puente de Dílar.

SANTIAGO SEVILLA / ÁLVARO CALLEJA. En la primera semana de septiembre de 1936, Antonio Ruiz Blanco decidió seguir el insistente consejo de su familia y preparar la huida a zona republicana. Llevaba varios días escondido entre alpacas de paja en un corral del barrio de San Luis de Gójar y, aunque siempre contestaba que él no tenía nada que temer, finalmente la presión social le hizo cambiar de opinión. Su militancia en el Frente Popular y su pertenencia a la plantilla de El Defensor de Granada –republicano– lo situaban en el punto de mira de las escuadras negras, en un momento en que la proliferación de fusilamientos en la capital y los pueblos del entorno bajo control de los golpistas mantenía aterrorizados a los simpatizantes de la República.

Además, tenía una salida aceptable a su delicada situación: un contacto de confianza entre las milicias republicanas de la zona de Guadix, José Beltrán ´El Paquito´, que frecuentemente atravesaba desde el norte de la provincia las líneas nacionales para ir a Gójar a ver a su familia. Desde que estalló la guerra le había invitado en varias ocasiones a unirse a él, hasta que aquel 7 de septiembre comprendió que debía acompañarle. En los instantes previos a su partida, oculto en el pajar de Gójar, Antonio Ruiz repasó el trágico cambio que experimentó su destino en unas pocas semanas.

El tipógrafo de El Defensor tuvo una vida convulsa, la propia de la época para un activo militante de izquierdas. Su combatividad le llevó por primera vez a la cárcel acusado de rebelión militar en 1931. Volvió a prisión alguna vez más, según su familia, pero en el expediente que tramitó el Tribunal de Responsabilidades Políticas de Granada en 1941 –que acaba de ver la luz– sólo le consta el arresto practicado entre el final de la dictadura de Primo de Rivera y la proclamación de la Segunda República. Antonio conoció a Josefa Miranda poco después en una casa señorial del barrio Fígares, donde la mujer estaba empleada como sirvienta.

Se casaron por lo civil y se fueron a vivir al Albaicín, en unos días en los que el joven tipógrafo ya trabajaba en El Defensor de Granada y estaba plenamente integrado en el Frente Popular. Allí vivieron sus mejores días hasta que perdieron a su primer hijo, Espartaco, con solo diez meses por una pulmonía; luego Josefa se quedó embazada de otro niño que nunca llegaría a conocer a su padre.

Elecciones fraudulentas. Desde el periódico adepto a la República, el tipógrafo vivió en primera línea los vertiginosos acontecimientos que se sucedieron en Granada desde las elecciones del 16 de febrero de 1936, en las que tuvo un activo papel como interventor de la formación de izquierdas. Aunque la coalición ganó los comicios en España ["Victoria de los candidatos del Frente Popular, que tendrán la más absoluta mayoría en el Parlamento", tituló El Defensor al día siguiente], en Granada denunció el comportamiento antidemocrático de las derechas en numerosos pueblos de la provincia donde los jornaleros fueron coaccionados para que no votaran.

El tipógrafo de El Defensor dibujó en sus páginas la tensión que se disparó en los días siguientes, cuando el periódico exigió la anulación del resultado, alentó la campaña de mítines de Fernando de los Ríos para la repetición de las elecciones e incitó a la huelga general tras la muerte a tiros de dos obreros que participaban en una manifestación del Frente Popular. En la sucesión de disturbios de los días siguientes, el periódico Ideal, afín a la derecha, fue incendiado por grupos frentepopulistas y no pudo salir a la calle durante tres meses.

Y estalló la guerra. El 20 de julio de 1936, tras dos días de conspiraciones en los cuarteles, la guarnición de Granada se suma al golpe militar y entre las primeras medidas de las nuevas autoridades se acuerda el cierre de El Defensor de Granada y la detención de su director, Constantino Ruiz Carnero (unos meses antes había llegado a ostentar durante una semana la alcaldía de Granada). Antonio y su mujer se refugian en su casa del Albaicín, pero como el peligro ha decidido perseguir al joven tipógrafo, su barrio se convierte en el centro de la resistencia republicana y allí se libran los enfrentamientos armados más intensos de la capital, hasta que en unos días cae bajo control de los sublevados.

Entre barricadas, disparos y bombas de la aviación, Antonio Ruiz Blanco, que ya había cumplido 35 años, decide irse con su mujer embarazada a Gójar, a la casa de la familia de ella. – "Antonio deberías irte a zona republicana", le aconsejan reiteradamente. El tipógrafo se resiste; la capital está rodeada por las fuerzas del gobierno republicano y –piensa– a poco que aprieten caerá en sus manos. Pero durante todo el mes de agosto no solo no hay avances militares, sino que los sublevados emprenden en la capital y pueblos cercanos bajo su control un campaña de limpieza de los elementos más significados –y denunciados– del Frente Popular.

Fusilamientos. El 30 de agosto de 1936 se registran en el cementerio de Alhendín cerca de cuarenta fusilamientos de simpatizantes republicanos de Gójar, Ogíjares y Dílar [el recién elaborado mapa de fosas establece la existencia una gran fosa en el cementerio de Alhendín pero es incapaz de establecer el número de fusilados]. Ahora sí se siente perseguido el tipógrafo de El Defensor, y de una relativa visibilidad en el pueblo, Antonio Ruiz Blanco pasa a ocultarse en el corral del barrio de San Luis. Es cuando decide aceptar la oferta de ´El Paquito´ y prepara la huida a la zona republicana para la noche del 7 de septiembre de 1936. Acompañado en por su mujer, su tía Rosa y la hija de ésta, sale del corral, cruza una calle y cuando se dispone a sortear una acequia para salir del pueblo es interceptado por fuerzas falangistas.

En su recorrido hasta el cuartel de la Guardia Civil, Josefa implora la libertad de su marido –"si sigues insistiendo, te llevamos también a ti", amenazaron los captores– y una vecina de derechas defiende la inocencia del detenido –"con lo que nos ha costado cogerlo, lo vamos a soltar", le respondieron–. La madrugada del 8 de septiembre de 1936, Antonio Ruiz Blanco cae fusilado junto a una decena de republicanos cerca del puente del río Dílar y trasladado a una fosa común en el cementerio de Alhendín. Era el día de la virgen de Gracia, una onomástica muy especial en la casa del tipógrafo porque así se llamaba su esposa hasta aquel día.

La mujer se cambió el nombre por el de Josefa y, desde entonces, cada 8 de septiembre la fiesta se transformó en duelo en la familia Ruiz Blanco. Y más aún cuando poco después Josefa, en avanzado estado de gestación, fue enviada a prisión y hasta en nueve ocasiones figuró en la lista para seguir los pasos de su marido (una de ellas tras desfigurar la cara de un funcionaria de un planchazo), pero la intervención de un médico de derechas amigo de la familia evitó su fusilamiento.

Tras salir de la cárcel, la mujer del tipógrafo de El Defensor de Granada se casó con otro hombre –también de izquierdas– y tuvo cuatro hijos más. Como en tantas otras familias de represaliados, para evitar más problemas, la muerte de Antonio Ruiz Blanco no fue un tema favorito de conversación entre la nueva familia. Hasta que el único hijo del tipógrafo, Antonio Ruiz Miranda, rescató hace poco el único rastro documental que dejó el padre que por unos meses no llegó a conocer.

El Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas de Granada le incoó un procedimiento en 1941, siete años después de ser fusilado por hordas falangistas descontroladas, para investigar una denuncia contra él. El expediente, en el que a Ruiz Blanco se le declara en paradero desconocido, es básicamente una investigación patrimonial en la que se buscan propiedades en el registro de la propiedad y en seis bancos de Granada. No encontraron nada.

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