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HEMEROTECA » |
MIRIAM MILLÁN
Un macarrónico pero delicioso español suena al otro lado del teléfono. Ochocientos kilómetros separan a una voz de la otra, alejan Granada del Mediterráneo que la baña desde que un día cerró en Barcelona la maleta con la que había trotado por su particular atlas de geografía humana. Pero la distancia no entiende de barcos de papel. Sobran los ademanes, las interrogaciones visuales. No se echa en falta un espacio común que ate la conversación a las patas de una silla. Todo es mucho más fácil cuando la boca sonríe con palabras y no con un movimiento de labios.
Y a Lisa le sobran los recursos en el arte de conquistar oídos ajenos. Primogénita de uno de esos ´grandes´ que nosotros parimos para que luego sean otros quienes les aplauden, se presta sin remilgos a buscar en el desván de los recuerdos. No tacañea al responder. Comparte hospitalariamente la figura de un padre del que ha heredado el carácter ´guerrero´, la lucha por la "libertad individual", el entusiasmo por "ser uno mismo" aunque para ello sea necesario inventar nuevos caminos y no apoyar el pie en las huellas de otros calzados.
Psicoterapeuta y antropóloga, pintó como cualquier niño pero eligió mantener relaciones formales con la danza hasta que finalmente convirtió al diván en su instrumento de trabajo para "ayudar a la gente a encontrar su autenticidad".
Emotiva y tenaz, cómplice de sus hijos, amante del verbo crear, se abandona al placer de recordar las carcajadas de una "niña americana en España y española en Nueva York" cuyo padre "no soportaba ver la muerte", aunque ésta se materializara en las hojas secas de una
planta de balcón.
Quiere a Granada a través de los ojos y pinceles de José Guerrero, porque su padre así la quería y porque en Granada pasó épocas "fascinantes" en las que saltaba sobre un
colchón de panocha e imaginaba historias a la luz de una "bombilla pelada". Porque en Granada olía a hojas aromáticas y se bañaba en una palangana con agua fría en casa de su abuela, la misma a la que no le importaba que las ventanas no cerraran si así podía contentar a sus geranios.
Papá murió, pero no así las fotografías de Nochebuena, ni el recuerdo de ese gran pintor expresionista que "jamás vendió su integridad". Guerrero se fue, pero no así su legado, que lucha por permanecer en la ciudad que le alumbró, le convirtió en huérfano y aprendiz de carpintero pero no le dejó convertirse en el gigante que luego se hizo. Y, sin embargo, no hay rencores para la ciudad que "suena a agua".
Por eso, Lisa no piensa cerrar ninguna ventana, no mientras siga deleitándose con el silencio de las monjas de la carrera del Darro cada vez que unas manos sin rostro le entreguen dulces con sabor a paz, la misma que persigue en su cotidianeidad. "Porque aunque haya investigado muchas tradiciones espirituales, al final sólo me quedo con lo sagrado que existe en el fondo de cada uno".
Nace en Philadelphia, aprende a hablar en París, vive su niñez en Nueva York, descubre la adolescencia en Madrid y forma su propia familia en Barcelona.
- ¿Cuándo y cómo se incorpora Granada a este puzzle de vivencias y recuerdos?
- Tenía unos tres años cuando puse un pie en Granada por primera vez. Eran finales de los cincuenta y recuerdo una fotografía de familia en la que unas cuarenta personas, todas vestidas de negro, posábamos delante de un avioncito muy pequeño en el aeropuerto. Pero el primer encuentro con la ciudad que recuerdo con mayor claridad y cariño es con nueve años de edad. Llegamos a Granada en nuestro coche y paramos en la calle Horno de Abad, donde vivía la familia de mi padre. Me acuerdo como toda una fila de personas a las que no conocía empezaron a besarme y abrazarme como a la niña americana que era. En aquella época aún no hablaba castellano y lo cierto es que todo era muy diferente para nosotros.
- ¿Le costó adaptarse a esos cambios brutales de escenario?
- La verdad es que cada vez que veníamos me sentía como si aterrizara en otro planeta. Pero, en realidad, todo era una aventura fascinante y súper divertida. Recuerdo momentos como ir a la plaza de la Trinidad a comprar pavos y zambombas por Navidad, o cuando viajábamos en coche hacia el cortijo que mi padre compró en la sierra de Frigiliana y teníamos que parar en cada curva porque nos mareábamos.
- ¿Con qué color pintaría los recuerdos y sensaciones que le ha regalado esta ciudad?
- Más que un color, que serían muchos, elegiría perfumes. Mi padre siempre llevaba en el bolsillo alguna ramita de plantas aromáticas como jazmín, lavanda o hierbaluisa. Por eso, Granada es para mí una mezcla de aromas y también de sonidos como el del movimiento del agua. Pero otra de las figuras constantes y presentes en cada viaje era la Alhambra. Durante muchos años siempre subíamos a verla y hasta teníamos nuestros ritos al visitarla. Por ejemplo, elaborábamos barquitos con las hojas de los árboles y los deslizábamos por la escalera de agua del Generalife hasta ver cuál llegaba antes abajo.
- ¿Cuál ha sido su mejor legado paterno?
- Sus obras y la pasión con la que defendió la libertad y la necesidad de ser él mismo y expresarlo a través de la pintura. Me siento muy orgullosa de la extraordinaria entereza humana de mi padre, que pasó momentos muy duros tras la muerte de su mejor amigo Carlos Lara. A partir de ahí acudió al psicoanalista cuatro días a la semana durante diez años ininterrumpidos. Todo ese trabajo interior que realizó para llegar a conocerse en profundidad me ha marcado. Él, cuando volvió a España en los ochenta, siempre apoyó y ayudó a esa generación de jóvenes artistas para que no se quedaran en la superficie de las cosas. Les animó a conocerse a si mismos para tener una expresión creativa auténtica y poderosa.
- ¿Se termina idealizando la imagen de aquellos seres queridos a los que se añora?
- No. Cuando él murió pasé como cuatro o cinco meses leyendo cada mañana todas las cartas que la gente enviaba hablando de lo que la muerte de mi padre había significado para ellos. Fue un proceso diario en el que me entregaba a las lágrimas purificadoras hasta que pude interiorizar su figura en mi vida, a comprender la grandeza de un hombre que era mi padre pero que había significado muchas otras cosas para otras personas.
- ¿Ha sido sacrificado ser la hija de un grande?
- A veces me canso de hablar de él, de satisfacer la curiosidad de otros que quieren comprender quién era. También es duro poner tanto énfasis en su vida cuando me interesa más vivir la mía. De niña mis padres estaban siempre rodeados de personas importantes, de arquitectos, cantantes de jazz, de poetas, de lo más interesante y reconocido de Nueva York. Entonces, cuando volvían de esas cenas y mi madre me lo contaba, yo siempre me preguntaba cómo iba a ser mi vida, cómo podría yo llegar a esos niveles si ellos eran tan grandes.
- ¿Cómo era una cena familiar en medio de tanta genialidad?
- Eran normales. Nos sentábamos los cuatro alrededor de la mesa y dependiendo de dónde nos encontrásemos pues nos acompañaba más gente o no. Pero eran rutinas normales en las que, eso sí, no se hablaba de comida sino de las cosas que nos interesasen en ese momento.
- ¿Le ha pesado alguna vez la etiqueta de familia artista o bohemia?
- No, pero sí recuerdo cómo se extrañaban mis amigos cuando venían alguna vez a casa. Decían que teníamos un padre que hablaba raro, que no era como los demás padres. Además, él era súper estricto con la estética. Jamás permitió que dejáramos unas zapatillas o un juguete en mitad del salón. Todo tenía que estar despejado, bonito desde el punto de visto estético.
- ¿Condiciona ser ´hijo de´ a tener inquietudes artísticas?
- Pinté de niña, adolescente y en otras muchas épocas de mi vida, pero es muy difícil si no tienes un talento espectacular como el de mi padre. Así es que decidí no competir con él y cambiar de campo. Estudié danza hasta que finalmente la cambié en la universidad por psicología y antropología.
- Y como psicoterapeuta, ¿a quién tumbaría en un diván sin pensárselo dos veces?
- A cualquier persona que me lo pidiera honestamente y estuviese dispuesta a trabajar.
- ¿Cree que le vendría bien a algún político granadino una buena sesión de psicoanálisis?
- (Risas) Si quieren... Pero es que no todo el mundo quiere trabajar.
- Sinceramente, ¿se hubiese montado todo este follón con el Centro José Guerrero en ciudades como Nueva York, Madrid o Barcelona?
- En Nueva York seguro que no, pero en otras ciudades puede que sí. En realidad, estas cosas pueden pasar en cualquier parte.
- ¿Granada es cateta, culturalmente hablando?
- No, lo que pasa es que en ciudades tan pequeñas como ésta se hacen más notables las diferencias entre polos opuestos, entre sectores más progresistas y otros más conservadores o reaccionarios.
- ¿Le ha decepcionado la clase política de esta ciudad?
- No se trata de decepciones. Es más, me siento muy orgullosa de la implicación, el esfuerzo y el magnífico trabajo que han realizado muchas personas del equipo del Centro José Guerrero y de la Diputación. Pese a tratarse de un museo de reducidas dimensiones, de corta vida y de tener una inversión muy pequeña en comparación con otros proyectos, se ha convertido en un centro de referencia, de excelente calidad y en el que se han expuesto obras de notables artistas muy difíciles de conseguir por las reticencias a que dichos cuadros se trasladen.
- Entonces, ¿por dónde sangra la herida?
- No hay herida. Nuestra única pretensión es que el legado de mi padre tenga el sitio y el lugar que le corresponde, que preserve el espíritu de apoyo al arte contemporáneo por el que él siempre luchó. Estamos dando casi la mitad de nuestra herencia a Granada sin nada a cambio, excepto una participación en gestionar el legado y en nombrar unos estatutos y un modelo que aporte garantías y que no cambie cada vez que cambian los políticos. Ése es mi único interés en todo esto.
- ¿Imaginaba que pudiese montarse tanto revuelo?
- No, y me ha sorprendido gratamente. Me emociona que haya tanta gente dispuesta a hablar, a escribir, a mostrar su opinión al respecto. Es muy bonito que tantas personas se movilicen por el Centro Guerrero, por lo que ha llegado a significar y simbolizar para ellos. El Centro ya no es nuestro Centro, ni el de la Diputación, es de todos, y por eso nos hemos esforzado casi sobrehumanamente para buscar soluciones de cara a un futuro duradero.
- ¿Se dejará mimar y seducir por otras instituciones públicas como el Ayuntamiento?
- Todavía no es el momento porque aún no se ha cerrado del todo la ventana.
- Jamás consentiría ver un cuadro de su padre colgado en...
- No es una cuestión del lugar o la pared de la que se cuelgue. Cualquier sitio sería hermoso si prevalece el espíritu del arte y del respeto y no el de la crítica barata o el desprecio.
- ¿Sigue emocionándose cada vez que contempla alguna obra en concreto de José Guerrero?
- Una misma obra puede emocionarme de maneras diferentes en función de la ciudad, la pared de la que cuelgue, del contexto o la iluminación. Pero me emociona de un modo especial la obra de su última época en la que ya puede apreciarse cierto cambio, espacios más depurados, líneas que se desborran en los horizontes, como si hubiese estado preparándose para la muerte.
- ¿Qué melodía suena en su cabeza cuando los ojos observan la creación de su padre?
- No sabría decirle. Quizás el sonido de las campanas que se escuchaban en los cantos gregorianos que mi padre solía ponernos en las mañanas de domingo.
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