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HEMEROTECA » |
M. ÁNGELES RATIA Le gusta solucionar problemas, y hacerlo sin mucha dilación. Por eso no se mueve bien entre todos esos proyectos vitales para Granada que se enquistan durante años acompañados por debates estériles. Juan Espadas, consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio, es un hombre de acción, en el sentido literal de la palabra. Manuel Chaves pensó en él cuando dividió las funciones de Obras Públicas y creó la nueva Consejería, y debe haberlo hecho bien, porque José Antonio Griñán lo ha mantenido en el cargo a su llegada. Acaba de visitar Granada con la intención de desbloquear asuntos pendientes con el Ayuntamiento de la capital y abrir una etapa en la que el diálogo prevalezca sobre el pataleo político. Tiene el perfil para lograrlo, porque su carácter es más parecido al granadino que al estereotipo sevillano que él tanto rechaza. "Hay que acabar con los tópicos", asegura. Podría empezar por eliminar el tópico de que en Granada nunca sale nada a la primera.
–Las polémicas entre la Junta y el Ayuntamiento de Granada han llenado cientos de páginas de periódicos. ¿Cómo se percibe ese enfrentamiento desde Sevilla?
Haría dos reflexiones, una más general y otra centrada en Granada. Un objetivo básico desde la creación de la Consejería de Vivienda y Ordenación del Territorio es que el urbanismo nunca debe ser un instrumento de confrontación con los municipios, ni un pretexto para culpar al Gobierno andaluz de intervenir negativamente en la gestión de los ayuntamientos. Debemos eliminar esa sensación de que hay una especie de superior jerárquico que controla lo que puedes o no hacer en tu propio municipio. Los ayuntamientos deben ser conscientes de que cada administración tiene su papel. Pero, centrándonos en el caso de Granada, debemos dejar muy claro que los intereses de los granadinos lo son también para la Junta; rompamos el estereotipo de las decisiones tomadas desde Sevilla o los agravios comparativos. A mí me preocupa igual un problema de Jaén, que de Almería, Málaga o Sevilla.
–Pero en otras capitales también gobernadas por el PP, como Málaga, parece haber más acuerdo entre el municipio y la Junta, al menos en los proyectos importantes. ¿Por qué sucede esto?
Hay que evitar las connotaciones sociológicas, las de carácter; jamás le diría a un granadino o un sevillano que en su tierra suceden ciertas cosas "porque sois así". Lo que falta a las instituciones granadinas es quizá una cultura de cooperación y colaboración, sabiendo cada uno que no podrá imponer su propuesta y, por tanto, deberá negociar y ceder. Y lo más importante: a los proyectos hay que ponerles plazos. Los debates eternos causan melancolía y la sensación de que los gobernantes discuten continuamente pero no resuelven nada. Eso, además, es más perjudicial para la administración más lejana, la Junta en este caso, que para la local, que tiene más oportunidad de comunicar su mensaje a los vecinos. Tenemos que cambiar esa dinámica y, en mi caso personal, voy a ser pesado con el Ayuntamiento de Granada para insistirle en que estoy permanentemente disponible para resolver problemas de la capital.
–Uno de los objetivos primordiales a corto plazo es la revisión del Plan General de Ordenación Territorial de Granada (Potaug), ¿cuál será el espíritu de su Consejería?
Existe en los municipios metropolitano cierto temor a la revisión de un documento que fue aprobado en el año 1999 con tanto nivel de consenso. Ahora hay que analizar cuál es el escenario presente y cuáles serán las necesidades futuras, por eso hay cierto miedo de no acertar. Pero es normal, porque algunos alcaldes temen que abrir la revisión del Potaug signifique perder capacidad para tomar decisiones sobre protección del territorio o desarrollos urbanísticos en sus municipios. Pero no hay que tener miedo. En el caso de la Vega, por ejemplo, se ha demostrado que fue correcto protegerla, pero ¿ha sido suficiente? Creo que no, porque habría hecho falta ordenarla para cualificar algunas zonas destinadas a uso público o incluso mejorar el entorno paisajístico. Tampoco creíamos en el 99 que el AVE o el metro llegarían a Granada, así que no se tuvo en cuenta. Ahora podemos hacerlo, pero intentando no tocar lo más importante.
– ¿La protección de la actividad agraria en la Vega es una prioridad para la Junta?
Es justo lo que da singularidad a este parque metropolitano previsto para el Milenio. No podemos diseñar en Granada un espacio parecido al de otras ciudades, como Cádiz o Sevilla, porque son escenarios distintos. La intención es crear una zona con singularidad propia en la red de parques metropolitanos andaluces, y ésa diferencia es justo la actividad agraria. Debe ser un parque que respete el uso agrícola del siglo XXI, es decir, que apueste por la producción ecológica o por un uso de los propios ciudadanos, a través, por ejemplo, de huertos urbanos. Eso le daría una personalidad propia a este parque, y sería además compatible con los elementos culturales de la zona. Cuando planteamos un parque parece que hablamos de una intervención pública en un espacio, pero se trata de compatibilizar los intereses privados de los propietarios del suelo con la construcción de un equipamiento que lo haga accesible, como caminos, pasarelas o centros de educación ambiental para escolares.
¿Esperaba tanta polémica cuando planteó la idea del Parque del Milenio?
Cuando surgió el debate, hubo una parte de la sociedad que entendió que se iba a intervenir en una zona ´intocable´, que era una agresión, mientras que los propietarios del suelo entendieron que la administración pública les iba a echar sus tierras. Hay que recordar que en los últimos años la Vega ha sido objeto de tentaciones por parte de promotores inmobiliarios o ayuntamientos que pretendían construir viviendas. Por eso el primer mensaje que lanzó la Consejería es que había que ordenar la Vega, como decía el Potaug; lo segundo es decidir qué haríamos allí y lo tercero, hacerlo con el consenso de la ciudadanía. Pero hasta ahora hemos estado trabajando en un documento previo con algunas alternativas, que será a partir de ahora cuando habrá que analizarlas y debatirlas. Es el momento de que todos hagan sus propuestas, incluidos los ayuntamientos afectados, como Granada o Armilla.
–¿Pero no cree que ha faltado más comunicación por parte de la Junta sobre lo que quiere hacer en ese parque, sobre el espíritu del proyecto?
Este proyecto surgió en el marco de un debate electoral, fue una de las propuestas para el área metropolitana de Granada, pero con un nivel de concreción bajo. Cuando se ganan las elecciones, llega el momento de retomar esas promesas. Podríamos haber presentado desde entonces un diseño cerrado del Parque del Milenio, pero no creo que fuese bueno, porque se entendería que la Junta quería imponer una actuación sin consensuar con los ayuntamientos. Eso puede generar algunos meses de incertidumbre, de temor ante la falta de concreción, pero a cambio se genera debate. Y es bueno crear debate, pero hay que acortarlo. No podemos originar discusiones eternas, no vale tirarnos dos años discutiendo si eran galgos o podencos, porque eso alimenta también intereses nada neutros de algunos sectores.
–Hablando de debates eternos, ¿percibe en el seno de la Junta interés por el Milenio del Reino de Granada?
? Buscar un enganche que aglutine los proyectos que generan ilusión y esperanza en una ciudad es siempre positivo. Cuando la Junta apuesta por que el Milenio sea una cita de referencia, lo hace con criterio porque ha sido un sistema de trabajo que ha funcionado bien en el resto de Andalucía. Se hizo con la Expo de Sevilla, con los Juegos Mediterráneos de Almería, con los títulos de Ciudad Cultural, y siempre ha funcionado.
¿Se reunirá también con el alcalde de Almuñécar o en un día no le da tiempo a debatir todos los asuntos pendientes?
? Si en el orden del día va la revisión de acuerdos municipales impugnados en los tribunales, desde luego no da tiempo en un día (ríe). El trabajo con Almuñécar ha sido especialmente complicado, porque al margen de los litigios, el municipio debe seguir funcionando. Pero las divergencias de criterios han sido importantes y, en algunos casos, especialmente graves desde el punto de vista legal. Aspiro a que los conflictos judiciales se vayan aclarando, aunque el tiempo no juega a favor, porque los juicios dilatan en el tiempo cuestiones que es urgente dirimir. Y mientras tanto el territorio se invade, sufre decisiones que pueden no tener vuelta atrás.
– ¿Se podrá mejorar la situación con el futuro Plan Subregional de la Costa Tropical?
Es una oportunidad, desde luego. Podremos poner un punto de sentido común en la ordenación territorial de esta comarca, en la que Almuñécar juega un papel importante. Algunos dirán que se llega tarde, pero en la Costa hay aún mucho territorio por ordenar adecuadamente, como la franja de Motril-Salobreña-Molvízar. El Plan Subregional del litoral granadino es, junto al de Cádiz, una prioridad para la Consejería en los próximos meses. Hay que darle un empujón a la Costa Tropical, aunque creo que la falta de desarrollo –infraestructuras, principalmente– ha permitido salvaguardar al litoral de proyectos mal concebidos que en otras provincias ya han hipotecado el territorio.
–¿Se siente un superviviente por haber permanecido en el cargo tras la marcha de Chaves?
Ser miembro del último gobierno de Manuel Chaves ha sido una gran experiencia en mi vida, porque ha sido una persona que ha escrito una página importante en la Historia de Andalucía. Después, el presidente Griñán me renovó su confianza porque, como ha pasado en el caso de otros compañeros, entendía que lo que habíamos arrancado en la Consejería en el primer año de legislatura era coherente y había que darle continuidad.
¿Cómo se mueve un sevillano en la tierra de la ´malafollá´?
Conocí Granada con más profundidad en el año 89, recién acabada la carrera, cuando vine una semana a hacer un curso de Derecho Medioambiental, algo pionero en aquellos tiempos. Para mí fue una experiencia inolvidable. Desde entonces he venido a la ciudad a impartir conferencias y colaborar con la Escuela de Negocios, y tengo muchos amigos granadinos. Es cierto que el carácter es distinto; el granadino tiene una primera reacción quizá más seca, más fría, pero después es muy honesto, justo al contrario de lo que dicen de los sevillanos (ríe). No he tenido nunca problemas con eso, de hecho, me gusta esa forma de ser; no me va el modelo facilón del que va dando abrazos y besos, pero luego no puedes contar con él. Pero creo que hay que acabar con esos estereotipos, también en el sentido inverso, porque me duele mucho la imagen que tiene de los sevillanos el resto de Andalucía. Sobre todo, porque los sevillanos nunca criticamos al resto de andaluces; yo no me he encontrado nunca a un sevillano que hable mal de un malagueño, por ejemplo, como sí sucede al contrario.
–¿Llega a fin de mes con el sueldo congelado?
La crisis se enfoca desde dos puntos de vista: el de los que tienen una nómina y el de los desempleados. Para los que tenemos un sueldo, sea el que sea, la crisis ha significado una bajada de las hipotecas, una caída de los precios, así que no estamos tan afectados. La crisis, por desgracia, ha perjudicado muchísimo a los desempleados, así que creo que la congelación de sueldos de cargos públicos es correcta. Es absolutamente necesaria porque, además, los ingresos recibidos para elaborar los presupuestos autonómicos han caído de forma notable, así que es lógico que los recursos de la Administración se dediquen a generar riqueza y empleo y no a subir el salario de los políticos.
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