Salvador Mas

´Me parece injusto condenar a la OCG a la mediocridad´

El responsable musical de la orquesta granadina reconoce su indignación por las precarias condiciones de trabajo de la banda, que inicia el curso en estado "crítico"

 10:32  
Salvador Mas, durante la entrevista, en el céntrico hotel en el que se aloja en Granada.
Salvador Mas, durante la entrevista, en el céntrico hotel en el que se aloja en Granada. Charo Valenzuela

EDUARDO TÉBAR Las apariencias engañan. Y más en el caso de Salvador Mas (Barcelona, 1951). El director de la OCG se ajusta al perfil de los introvertidos con ataques de extroversión. La fama de hombre serio y estricto ensombrece el agudo sentido del humor de este melómano inequívoco. Exquisito y educado, muestra buen juego de cintura ante la artillería de preguntas del periodista. Eso demuestra que podría haber triunfado en el boxeo, aunque descubrió la música, su rotunda vocación, a muy temprana edad. Una aria de Bach le deslumbró a los cuatro años.

Desde entonces, Mozart, Haydn, Brahms o Schubert –compositores a los que pontifica– son sus mayores cómplices. Ellos y su mujer, que suele acompañarle en sus periplos como director invitado en países como Austria, Bélgica, Canadá, Israel, Japón, México, Polonia o Rumanía. Su currículo provoca sudores. De todas formas, más que cualquier sucesión sublime de notas, quienes de verdad hacen babear a Mas son sus nietos.

Culto y de convicciones firmes, Salvador Mas disfruta leyendo a Carles Riba. Afirma que, sin público, no hay conciertos. Cree que la dirección de orquestas no tiene nada que ver con la gimnasia ni con el marketing. "Es un oficio que va ligado a la composición. No hacemos más que defender un legado completo, que es la obra". A sus 58 años, tampoco vislumbra con pánico la idea de la jubilación. "Me imagino la vida sin trabajo porque la música va por dentro". Este catalán de voz limpia y poderosa lamenta la neutralidad estética en la que han derivado las ciudades que frecuenta. "Barcelona se ha vuelto un lugar espantoso. Y la gente, antipática". Confiesa que pasea poco por Granada. Le fascinan los cármenes y admite que le encandila el paseo de subida al Alhambra Palace. "Es un lugar sensacional".

–Viene a Granada a menudo desde hace 17 años. ¿La nota muy cambiada?
Granada se ha modernizado mucho. Me da la sensación de que ahora es una ciudad mucho más activa que antes. De todas formas, este fenómeno de la modernización resulta un poco ambiguo. En Barcelona también ha ocurrido. Si la sociedad andaluza tiene unas características tan marcadas, debe cultivarlas. La modernidad consiste en la neutralidad y en la banalidad de lo superficial. No sé si vale tanto la pena. Supongo que hay un péndulo. Unos años se crece en un sentido y luego viene la reacción. La pena en Granada es el crecimiento de tanta arquitectura banal.

–¿A qué suena esta ciudad?
Desde luego, no suena a Austria. No suena a verde. Más bien, me sugiere algo con mucho carácter y con un poco de acidez. Quizá como una granada. Hay un meollo dulce, pero no dulzón. Y un cascarón fuerte.

–¿Cómo se siente con la OCG?
Me siento feliz, pero estoy muy triste con los problemas generados por el hecho de no poder actuar en nuestra casa, que es el Auditorio Manuel de Falla. No se trata de un asunto baladí. Es un tema grave porque la orquesta lleva un año pasándolo mal. Hemos empezado la nueva temporada en un momento crítico. Si la situación se prolonga, tendremos importantes problemas internos. No puedo exigir un nivel de calidad y de entrega a los músicos si luego no sirve para nada. Esta semana hemos tocado en un lugar tétrico y en unas condiciones pésimas. Tenemos que bajar el listón. Hicimos el ensayo general en el Teatro Isidoro Máiquez. Más maltratada no puede estar la orquesta.

–¿Cree en la promesa de volver en enero al Manuel de Falla?
Espero que se cumpla y deseo que se acorten los plazos. Quiero que la orquesta recupere su sede. Ya no podemos más.

–¿Han tocado fondo?
Desde el punto de vista de la calidad artística, sí. La acústica es un fenómeno que se puede equiparar a un instrumento. Es donde tiene lugar eso que llamamos música. Si el instrumento no reúne unas condiciones mínimas, condenamos a la mediocridad a quien lo usa. Si yo toco un violín de plástico, aunque sea un buen violinista, siempre va a sonar feo. La acústica no es un capricho del director, sino una necesidad. Una orquesta se define y toma perfil cuando se puede expresar con unos medios adecuados a su nivel artístico. Me parece injusto condenar a la OCG a la mediocridad.

–Tiene que lidiar con muchas frustraciones...
Imagínese que estoy dirigiendo y que no oigo el contrabajo.

–¿Se podría haber evitado esta situación?
Mi crítica no va por las reformas. Hablo de una necesidad imperiosa. La OCG tiene que volver ya a su casa.

–Por cierto, se ha escrito que lo suyo con Mahler es adoración.
Me gusta, pero no soy ´mahleriano´, ni mucho menos. Considero a Mahler un gran compositor, pero no tan grande como otros. Era un tipo genial, pero desigual y menos profundo. Era un epígono y un visionario que supo anticipar lo que iba a venir luego.

–En ese caso, debe ser de los pocos que no se estremecen con el sonido del compositor en la película ´Muerte en Venecia´.
No me gustó nada el resultado. Me pareció decadente. La película tiene muy buena fotografía. La pena es que el director empleara una música que no tenía por qué usarla. Para eso, mejor que se invente una apropiada. Creo que es un error utilizar la buena música para algo. Cuando a Stravinsky le pidieron que pusiera música a la película, respondió: "¿Y por qué no hacen ustedes películas sobre mi música? ¿Acaso la película es más importante que mi obra?"

–¿Y va al cine?
Hace muchos años que no. Me aburre mucho. Un error frecuente de la gente no musical es recurrir a la música clásica para adornar las películas. La buena música sirve por sí misma. Utilizar la música para curar el estreñimiento no tiene sentido.

–¿Ha sentido los efectos balsámicos de una melodía en el momento oportuno?
No. La música es algo mucho más elevado que eso. No ´sirve para´. La música ´es´. Vale, puede ser un bálsamo. Pero no se debe utilizar para tal efecto. Eso sería una falta de respeto. Yo no me consuelo tomando una píldora musical.

–Para usted la música es algo sagrado.
Exacto. El ´donum dei optimum´. O sea, el mejor don de Dios. La música nos trasciende a nosotros. Otra cosa es el sonido, que no es lo mismo. Cuando el sonido deviene en música, se produce algo sagrado.

–¿Tembló el día de su estreno?
Mi examen de final de carrera consistió en dirigir en Viena. Sí, temblé. Lo recuerdo con ironía. Yo era muy jovencito y me atreví a hacer una cosa que, al rememorarla, me pone los pelos de punta. Resulta que elegí ´El mar´, de Debussy. ¡Una osadía! Va ser verdad eso de que la ignorancia es muy atrevida.

–¿Le continúa persiguiendo el pánico escénico?
Soy impaciente. Necesito estar allí y vivirlo. No soporto estar dándole vueltas.

–¿Practica algún ritual?
Antes del concierto procuro no hablar mucho. Quiero estar concentrado. No correr ni tener sobresaltos.

–¿Cómo vence la timidez?
Yo soy muy tímido. Para ser feliz, necesito sentirme aceptado, saber que me toman en serio y que me acogen con cierta simpatía. Tengo colegas que son neutros en este punto, hasta el punto de que se ven incapaces de hacer su trabajo. El acogimiento me facilita las cosas.

–Si el mundo fuese una orquesta y usted su director, ¿qué órdenes daría?
Ya me gustaría tener tanto poder. Supongo que sería una dictadura terrible. Me comportaría como un gobernante que apuesta por la inteligencia, el buen gusto y la verdad. Arrasaría muchas muestras de estupidez.

–¿Le molestan los prejuicios peyorativos hacia la música clásica?
¿Y qué es la música clásica? No se trata más que de una etiqueta comercial y vulgar. Los tenderos, para vender sus productos, necesitan etiquetar. Es una impostura con la que tenemos que vivir. La música clásica no es más que un periodo que duró unos ochenta años, desde la muerte de Bach hasta la muerte de Schubert. La música es buena o mala. Hoy abunda la mala. Con muchas pretensiones y desprecio a la clásica.

–Viaja por todo el mundo por cuestiones de trabajo. ¿Cómo lleva la vida nómada?
La llevo bien, no me quejo. Lo más duro es la soledad. Ahora menos, porque viajo muy a menudo con mi mujer. Mis hijos ya han crecido. Los años más difíciles coincidieron con el momento en el que ellos iban a la escuela y mi mujer tenía que quedarse en casa. Acepto la soledad como una parte más de mi profesión. Luego hay compensaciones, como un concierto que sale bien.

–¿Tuvo una infancia musical?
Descubrí la música siendo muy pequeño, con cuatro años. Quedé rendido.

–¿Recuerda ese primer impacto?
Recuerdo incluso las notas. Tuve que parar el patinete. No podía seguir. Me lamenté cuando acabó aquel momento de goce.

–¿Se puede saber qué composición le dejó noqueado?
Era una música de Bach. La famosa aria de la ´Suite nº 3´, en un arreglo para violonchelo que tocaba Casals. Iba con el patinete por el pasillo. Alguien puso esta música y paré. Cuando acabó, tuve la sensación de que había perdido algo maravilloso.

–¿Presentía ya su deseo de dedicarse a dirigir orquestas?
No, eso llegó mucho más tarde. Pero sí es cierto que, a partir de esta experiencia quise entrar en la escuela como cantor. Escuché una misa de Tomás Luis de Victoria que me fascinó y le dije a mi padre que quería cantar en aquel coro. Estuve seis años encerrado en el Monasterio de Monserrat cantando diariamente. A los nueve años, me hacía cargo del órgano de la casa y lo tocaba en las misas. Creo plenamente que la música se aprende así y no en los conservatorios. La música se aprende haciéndola, no con la teoría. Los conservatorios se equivocan empezando por el solfeo.

¿Y sigue cantando, aunque sea en la ducha?
A veces tengo la tentación de meterme de incógnito en algún coro. Es más, lo he hecho.
Cuando no viaja ni trabaja, ¿a qué se dedica?
Leo mucho. Me gustan los ensayos sobre música. También los libros de poesía o filosofía. Soy un hombre poco visual. No estoy dotado para la pintura. Disfruto los cuadros, pero no puedo llorar delante de uno. En cambio, sí lloro escuchando una melodía.
Se le cae la baba con sus nietos. ¿Son su otra gran pasión?
Es uno de los regalos más sensacionales que me ha ofrecido la vida. Han supuesto un enriquecimiento extraordinario para mí. Estoy profundamente agradecido.

–¿Qué ha aprendido de su labor profesional?
Primero, que cada vez sé menos. Cuando miro hacia atrás y me fijo en una obra que empecé a dirigir hace veinte años, me doy cuenta de que en aquel momento no tenía ni idea. Ahora la veo mucho más compleja, rica y grande. Tengo cierta seguridad por el oficio. Pero, por otro lado, la satisfacción espiritual es mucho más amplia. Si una obra es pequeña, se agota en sí misma y produce pereza a la segunda lectura. Esto ocurre a menudo con musiquillas horrorosas. En cambio, hay obras que le enseñan cosas a uno cada vez que las retoma. El efecto es reconfortante porque piensas que el esfuerzo valía la pena.

¿Su paladar admite otras músicas más ligeras?
No. Odio los discos. Me parecen una tomadura de pelo. Son productos comerciales, como las latas de sardinas. No tienen nada que ver con la música. Sólo me los pongo para documentarme de según qué cosas, pero sin darle más valor. Eso sí, los conciertos que más me interesan son los de la música que yo no dirijo. Supongo que se debe a la necesidad de enriquecer la experiencia. Valoro mucho la música coral, la música de cámara y, sobre todo, los cuartetos. Son músicas a las que no puedo acceder profesionalmente porque no es mi trabajo. Sin embargo, tengo la necesidad vital de escuchar un cuarteto de Beethoven.
Deduzco que sufre con lo que suena en la radio o en los hilos musicales de los restaurantes.
Vivo en guerra permanente. He armado algún follón en cafeterías y restaurantes al exigir que quiten la porquería. No soporto que ensucien mi oído. No tienen ningún derecho a obligarme a ensuciar mi alma con porquería industrial. Me parece fatal y hay que luchar contra ello. Ojo, no soy el único. Tengo ilustres predecesores. Uno de ellos, alguien muy famoso, entraba en los locales con una pistola de agua y le daba al altavoz para empapar el cartón y paralizar aquello. El efecto duraba unas cuantas horas. Así podía vivir un rato de tranquilidad en el café.

–Vamos, que usted se radicaliza en los almuerzos.
Imagínese una sala cuyas paredes están totalmente cubiertas de imágenes de pornografía dura. Seguro que no sería lo más higiénico ni lo más satisfactorio. Hay gustos para todo en esta vida, pero a la mayoría de la gente le parecería poco agradable. Estar en un local con musiquilla, me provoca una irritación y una sensación de que hemos llegado muy abajo.

¿Le quedan ganas para ir a conciertos en calidad de oyente?
Por supuesto. Hace poco estuve en Londres con mi mujer y pudimos asistir a las vísperas en la catedral de Westminster. Fue una de las experiencias más bellas de mi vida. Disfrutar con las voces de los niños y el coro de la catedral: una delicia.
¿Está al tanto de la actualidad política?
Sí, la sigo mucho.

–¿Le aburre el culebrón del caso Gürtel?
Por favor, no me saque este tema, que tengo los bolsillos llenos de piedras. No las voy a tirar todas ahora en una sola dirección.
Y la crisis, ¿cómo la contempla?
Es una palabra totémica para justificar muchas cosas. Cuando uno no quiere pagar, dice que hay crisis. Así tapan la boca. Por suerte, en la OCG no ha pasado esto todavía.

¿Disfruta con el fútbol?
Sólo cuando gana el Barça. De todas formas, no lo veo mucho.
No me negará que la batuta de Guardiola funciona.

Pues sí. Y muy bien. Creo que es un hombre de un gran talento. Posee conocimiento y un profundo sentido humano. Su humildad me parece admirable.
En cierto modo, ambos se dedican a lo mismo: organizan la tarea de un conjunto de personas. ¿Se identifica con Pep?

Claro que sí. Nos parecemos más de lo que la gente piensa. A todos los directores de orquesta del mundo nos pasa como a los entrenadores. Al principio, todos somos buenísimos, vamos a ganar todas las ligas. Luego, es otra historia.

Usted compagina la actividad artística con la docente. ¿Cuál le llena más?
La faceta docente llegó más tarde y sin buscarlo. Nunca me vi en este papel. Pero me ha regalado experiencias muy bonitas. Llevo diez veranos impartiendo clases en Viena, precisamente sobre clasicismo vienés. Ha sido muy gratificante para mí. Puedo orientar a jóvenes inquietos que están buscando la manera de tirar adelante. Estoy convencido de que tiene mucho sentido pasar lo que hemos recibido y desarrollado a los que nos siguen. Es una tarea sagrada; una extensión de la paternidad. Se trata de algo muy humano y muy bonito. Se incrementa la sensación de que formamos una cadena y de que luego vendrán otros.

¿Es optimista con el futuro de la música clásica?
Los jóvenes están cada día mejor preparados desde el punto de vista gimnástico. Pero, de forma paralela, se ha extendido una separación de la música. Quizá sea un reflejo de lo que está pasando en otros aspectos de la cultura. Se premia lo aparente, brillante y tangible, olvidándonos del factor que ha generado esa genialidad. ¿Por qué no surgen grandes compositores?, me pregunto.

  HEMEROTECA
  CONÓZCANOS:  CONTACTO |  LOCALIZACIÓN      PUBLICIDAD  CONTACTAR  
laopiniondegranada.es es un producto de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de laopiniondegranada.es. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.
 


  Aviso legal
  
  
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca | El Diari  | Empordà  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Tenerife  | La Opinión de Zamora  | La Provincia  |  La Nueva España  | Levante-EMV  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad | Oscars | Premios Goya