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HEMEROTECA » |
EDUARDO TÉBAR
Sin exagerar. Pedro Cerezo (Hinojosa del Duque, Córdoba, 1935) vive aprisionado por los libros. Miles de volúmenes que se apilan en hileras interminables. Como una imponente edificación cultural. ¿Los ladrillos? Títulos de joyas literarias y filosóficas en los que este granadino de vocación busca resortes de verdad y libertad. El sitio de su recreo. Aquí, en su piso de la Avenida de la Constitución, lleva 40 años gestando sabiduría. "Estoy en mi biblioteca. No me gusta llamarlo despacho. En realidad, yo no despacho con nadie".
Amante de la soledad escogida, el ya jubilado catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Granada asegura que esta ciudad le ha dado más que él a ella. Aseveración que contrasta con el testimonio de quienes agradecen su contribución decisiva al crecimiento académico de esta tierra. Cerezo abrió en la actual sede de Traductores la primera facultad de Filosofía de Andalucía. Trajo, en el sentido más literal, el mundo de las ideas a la capital. Como un Platón contemporáneo. Y sus discípulos recuerdan aquellas lecciones emocionantes. Las del maestro que luchó por el pensamiento sin ataduras ni yugo. El que pergeñó la paridad en su departamento cuando las mujeres apenas veían las aulas desde la plaza. "Granada es una ciudad lírica, interior y contemplativa", confiesa. En las calles por las que ahora pasea a diario antes de almorzar, el eterno estudioso enarboló con firmeza sus convicciones democráticas. Hasta el punto de figurar como diputado del PSOE por la provincia en las Cortes Generales. En la convulsa legislatura de 1982 a 1986.
Con un persistente gesto de bondad y articulando un discurso tan reposado como lúcido, Pedro reflexiona con el periodista. Detiene el tiempo. Se levanta para mostrar libros citados. Engarza conclusiones. Y uno se queda con la impresión de haber asistido a una clase magistral en privado durante dos horas que no tienen precio. El encuentro se produce escasas horas después de que el filósofo recogiera la Medalla de Honor por su ejemplar trayectoria en la Fundación Rodríguez-Acosta.
-¿Qué siente uno cuando le reconocen con un premio?
-Es una sensación agridulce. Por un lado, tiene de dulce el reconocimiento público del trabajo. En la docencia hay muy pocos estímulos, salvo el cariño de los discípulos. Por otro, está el lado triste al comprobar que uno se encuentra en el tramo final de la vida. Es una sensación ambivalente. Pero predomina lo dulce sobre lo agrio.
-Los niños aspiran a ser astronautas o futbolistas. ¿Usted soñaba con ser filósofo?
- Mi vocación era humanística, aunque en un sentido muy vago. Me interesaba lo literario; escribir pequeños cuentos y poemas. La filosofía mi vino tarde y por caminos muy raros. De hecho, me decidí a estudiar Filosofía pura en tercero de carrera, cuando había que elegir una especialidad. Me llamó profundamente la atención la muerte de Ortega [y Gasset], que fue un aldabonazo para muchos jóvenes. Ocurrió en octubre de 1955, justo cuando yo debía escoger mi rama. El destino nos robó de forma trágica al maestro que nunca tuvimos. Sentíamos rabia e indignación. Yo quise acercarme a él a contracorriente.
-Y sus ex alumnos lo corroboran: usted ha sido el Ortega de muchos.
- Me alegra saberlo, si es que es así. Como digo, Ortega fue el impulso primario. Creo que soy un buen estudioso de su pensamiento porque no para de mandarme estímulos. Luego tuve la suerte de encontrar el gesto libertador de otro gran maestro que, paradójicamente, llegó a la facultad cuando murió Ortega. De alguna manera, para reemplazarle. Era José Luis López-Aranguren. Le debo mi valoración de la política y de la democracia, así como mi crítica a la cultura que habíamos recibido en la adolescencia. Fue mi segundo gran maestro.
-Entonces, ¿cuáles han sido sus maestros de convivencias?
-En España he tenido a dos. José Luis López-Aranguren y Jaume Bofill, que era un enorme catedrático de Metafísica en Barcelona. En el extranjero, Hans-Georg Gadamer y Paul Riquer, a los que alguna vez he traído a Granada.
-Oiga, ¿y cómo pasan las horas ustedes?
-En principio, un filósofo es un profesor. Al menos, a partir de la Edad Moderna. En otro tiempo, el filósofo tenía una concepción del universo. Podía ser un científico o un diplomático. Hoy, es un docente que investiga. Un teórico de la historia conceptual de la Filosofía. Ya ve usted cuál es mi vida. Soy un profesor rodeado de libros y en contacto con los filósofos clásicos, que son los que nos instruyen. Es importante el diálogo con ellos e interpretar algunas de las cosas que pensaban. Es lo que nos queda a los que no somos filósofos creativos. Éstos escasean cada siglo.
-¿La filosofía le hace libre?
-Lo que debiera hacernos libres es la verdad. Ocurre que a ésta se llega mediante la libertad. Se produce así un círculo vicioso. La verdad nos hace libres en tanto que la libertad nos hace veraces. El trabajo científico conlleva una labor de contraste, crítica y generosidad para ofrecer lo que acabas de descubrir. Eso, por supuesto, implica una ética democrática.
-¿Corren tiempos de penuria intelectual?
-Sí, y es otra paradoja. El nivel medio del profesorado ha mejorado mucho, pero nos faltan cumbres e incluso cordilleras. No hay filósofos. No ya en España, sino en general. El creador abunda poco y necesita condiciones muy específicas. En este tiempo de confusión cultural, en el que las distintas esferas de la Ciencia o el Derecho han evolucionado sin ninguna matriz, intentar mediar entre ellas resulta muy difícil. Se podría pensar que mientras hay más estado de necesidad cultural, más razones caben para que surjan los genios. Veo que corren tiempos tan confusos en lo ideológico que no es fácil que nazca un gran filósofo.
-¿A quiénes salva?
-Existen buenos ensayistas, pensadores, intelectuales y críticos. Sin embargo, no hay filósofos con una imagen del mundo. Después de Hegel o Marx, Husserl pudo ser el relevo. Heidegger fue un notable pensador que deconstruyó toda la metafísica sistemática.
-¿Qué crisis llegó antes, la económica o la de las ideas?
-La de las ideas. Precisamente, la falta de valores formales, de autoexigencia y de decencia consigo mismo es la que ha producido la otra crisis, la de los comportamientos económicos. En España, además, viene de largo una crisis de convivencia. No se tiene la voluntad de respetar los acuerdos que permitieron una transición a la democracia. Lo políticos suelen incurrir en demonizaciones caprichosas.
-¿Y qué opinaría Aristóteles de la que está cayendo?
-A propósito de la Revolución Francesa, Kant dijo una vez que el hecho de que el mundo camine hacia mejor es una presunción legítima a partir del apoyo unánime que ha tenido la revuelta en los espectadores desinteresados. La repulsa mayoritaria evidencia que hay ciertos valores consentidos por la sociedad. Lo comprobamos en las manifestaciones contra la intervención en Irak.
-Ejerció de diputado en los ochenta. ¿Le decepcionó la maquinaria política?
-No soy un hombre político. No me siento cómodo en los partidos. Estuve en el PSOE durante algún tiempo por dar testimonio en aquel momento crítico del Golpe de Estado. El país estaba inmovilizado y se creía que la libertad iba a caer del cielo. Pero la práctica política asfixia. Yo tengo el prurito del solitario intelectual. En mis cuatro años como diputado escribí un libro sobre Ortega, uno de los mejores que he publicado. Mi voluntad era que lo político no me llenase el tiempo ni el alma. Eso no significa que no tome partido. No hay que perder la fe en el hombre. Soy un liberal socialdemócrata.
-¿Los políticos representan un papel. ¿Se parece el Congreso a la Grecia clásica?
-Sí, pero ni siquiera tenía para mí ese aspecto tan teatral y espectacular. Me pareció una vida muy obsesiva y nociva, con mucha intriga de por medio; mucho chisme y demasiada movilización. No hay relajo para el debate o para profundizar en una cultura autóctona de esa formación ideológica. La consigna prima sobre todo.
-Vivió la dictadura, la Transición, el Golpe de Estado... ¿Qué acontecimiento le deslumbró con más intensidad?
-Hubo un periodo inmediatamente anterior a la Transición, cuando se produjo el golpe de estado en Chile. Eran años muy pletóricos porque la universidad estaba muy unida. Había intereses comunes. Nos dimos cuenta de que la universidad no podía ser ajena a la gran esperanza democrática. En Granada vivimos una experiencia muy bonita con el Club Larra, una plataforma de diálogo que duró varios años. Nos permitió hacer política cuando la política no era posible.
-Los analistas coinciden en que el socialismo europeo está de capa caída. ¿Cómo lo ve usted?
-Alguien me preguntó qué ha pasado con el marxismo y le respondí que no existe hoy como filosofía viva y real porque los sistemas filosóficos han quebrado. Pero la sensibilidad marxista se ha mantenido hasta hoy.
-¿Cree en la idea romántica de Europa que esbozó Victor Hugo?
-Europa ha sido uno de los grandes progresos. Deberíamos dejar de matarnos y olvidar los dioses patrios de los nacionalismos. Hemos estado liquidando los principios del Humanismo occidental. Hay que construir Europa. Primero, ajustando intereses económicos. Luego, controlando el acero y el carbón, la materia prima de las armas. Europa es muy plural: Cristianismo, Ilustración, Romanticismo... Muchas posturas radicales que se han estimulado entre sí pero que nunca han llegado a un acuerdo.
-Habermas acaba de cumplir 80 años. ¿Le envidia en algo?
-Leo mucho a Habermas. Admiro su coherencia mental y su exigencia implacable. Él ha teorizado mucho sobre la escisión de Europa.
-El alemán critica con bastante dureza el credo neoliberal.
-Tolero más el liberalismo, pero desconfío rotundamente de los efectos que está desatando el rumbo neoliberal del mundo.
-También lee con devoción a María Zambrano, a la que Morente trasladó al flamenco. ¿Se puede uno poner artístico con la Filosofía?
-Por supuesto. María Zambrano escribía de una manera muy poco técnica, casi naïf. Sin embargo, era capaz de tocar temas fundamentales con un temple meditativo, buscando la expresión simbólica. El lenguaje de la poesía es más comunicativo que el de la Filosofía.
-De usted alaban la capacidad lírica en sus argumentos.
-Leo casi más poesía que textos filosóficos. Tengo voluntad de estilo y creo que hay que cuidarlo. La intuición debe ir unida a la imaginación.
Eso ha existido siempre. La buena Filosofía siempre ha tenido un estilo sublime.
-¿Cuál es la mayor satisfacción que se lleva de su etapa docente?
-Mis alumnos me decían que parecía ´marxiano´ hablando de Marx; ´hegeliano´ explicando a Hegel; y lo mismo con Kant. Procuraba que cuando entrasen en un filósofo, no polemizasen con él. Que trataran de comprender las razones que le asisten. La filosofía es una casa y hay que vivir en ella. Después, ya verán si pueden o no habitarla. He hecho hermenéutica, o sea, intentar comprender las razones. Mi mayor satisfacción ha sido ver que alguno ha rebasado al maestro y se ha alzado sobre sus hombros. Me ha pasado con dos o tres. Eso te crea un regocijo de paternidad intelectual. Una gratificación difícil de describir.
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