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Antonio Jara

"La gente se une en Granada para oponerse a alguien"

 17:59  
Antonio Jara.
Antonio Jara. Juan Palma

El 3 de abril de 1979 la democracia llegó a los ayuntamientos. Los resultados electorales en Granada capital configuraron un gobierno, fruto de los pactos, que batalló para devolver la ciudad a los ciudadanos. Ese esfuerzo tuvo muchos nombres propios; nombres que, en algunos casos, se han perdido en el olvido colectivo. Otros han quedado indisolublemente ligados a la historia de Granada. El de Antonio Jara es uno de ellos. Fue, como alcalde, un municipalista convencido, combativo como pocos y con una capacidad de persuasión escasamente vista entre los políticos al uso.

AMINA NASSER Tenía 33 años cuando asumió la alcaldía de Granada por azar. Era el sexto de la lista que el PSOE había presentado a las primeras elecciones municipales de la democracia y Antonio Camacho, que había regido la ciudad en los primeros meses de aquel mandato, renunciaba a la alcaldía salpicado por la polémica del Hípergranada. Antonio Jara, que el día 10 cumplirá los 63, llegó al cargo sin habérselo propuesto y permaneció en él durante doce años por voluntad popular (1979-1991). Nacido en Alquerías (una pequeña pedanía de Murcia), en el seno de una familia muy humilde, buscó una oportunidad para estudiar y la encontró en un seminario franciscano. Eso, y su trabajo en la vendimia, le permitieron más tarde cursar la carrera de Derecho en la Facultad de Granada, donde se licenció con un expediente brillante. "Estudiaba porque no sabía hacer otra cosa", precisa. Hijo de un republicano condenado a prisión por los tribunales de la dictadura franquista, Jara, que es el mayor de cinco hermanos, indaga ahora en su pasado familiar y se dedica a investigar el proceso militar que llevó a su padre a una cárcel de El Ferrol. Lo hace a ratos, en el escaso tiempo libre que le deja su dedicación plena al Consejo Consultivo.

Allí, en esa especie de exilio profesional, donde contempla desde la distancia el devenir de la ciudad, Jara parece haber perdido la vehemencia de sus años de alcalde, pero sigue siendo leal a aquella máxima de Hegel de que "no se ha hecho nada importante en el mundo sin pasión". De eso aún le queda. Todavía pone todo su entusiasmo en lo que hace y se nota hasta en el trabajo que hace como jurista del Consejo Consultivo. Ahora, al cumplirse el trigésimo aniversario de las elecciones municipales de 1979, Jara reflexiona sobre aquel período en el que se estrenó la democracia local, cuando era un principiante en política y no había experimentado la metamorfosis del poder ni intuía que la sufriría con el paso de los años en el cargo.

-Usted quiso ser alcalde o fue una decisión de su partido?

No. Fue una decisión del PSOE. Más claro. Fue una decisión casi personal y directa de Alfonso Guerra. En segunda instancia diré que fue un acuerdo entre Alfonso Guerra y Antonio Jiménez Blanco, porque entonces la administración local era muy dependiente de otras instancias políticas? Como hoy.

-Así que asumió el cargo obligado por su partido?

Obligado por las circunstancias, que fueron un acuerdo entre UCD y PSOE para que la alcaldía la siguiese detentando el PSOE. Tuve la convicción de que UCD no quiso lidiar aquel toro, que era muy complicado.

-Como militante socialista de dilatada trayectoria, ¿qué queda hoy del PSOE de entonces?

Yo no tenía tradición de militante de partido, sino de militante ´ugetista´. Pertenecía a la ejecutiva provincial de la UGT antes de afiliarme al PSOE y formaba parte de un grupo que entendía que la lucha sindical era más interesante que la política. Aquello duró poco, y es cierto que acabamos todos en el PSOE. La historia es la que es y luego la UGT fue la que hizo campaña contra mí en las elecciones municipales.

-Pero ahora sí es un militante socialista de dilatada trayectoria.

No he negado nunca mi militancia en el PSOE. Bien es verdad que es una militancia muy matizada porque a mí me gusta ser exquisito en mi trabajo y he puesto mucha tierra por medio entre la militancia de partido y mi trabajo. No me parece compatible una militancia activa en un partido político y un trabajo como éste del Consejo Consultivo.Yo he sido socialista, lo único que soy es socialista y nunca he tenido ninguna veleidad ni ninguna tentación de dejar de serlo pese a que ha habido situaciones muy difíciles.

-Se siente plenamente identificado con el proceder del PSOE?

Nunca me he sentido alienado. Para bien y para mal me gusta pensar, seguramente demasiado, pero es un defecto que tengo. Y me gusta pensar con mi cabeza, no con la de los demás? Por eso, mi trayectoria en la vida pública ha sido siempre de luces y sombras en mi relación con el partido.

-Su tiempo político fue convulso. ¿Se vio en alguna ocasión en alguna encrucijada sin saber qué camino seguir?

Muchas veces. Era un escenario muy complicado y la situación de indecisión se producía con mucha frecuencia. Fue una etapa en la que andábamos dando tumbos, inventando la democracia local. Inventábamos competencias, nos metíamos en todos los charcos, nos gustaba que mirasen a la plaza del Carmen. Para mí fue una etapa apasionante, irrepetible? Nunca agradeceré lo suficiente el haber tenido la oportunidad de participar en ese momento histórico. Pero aquello no fue fácil.

-Repetiría hoy la misma estrategia que siguió como alcalde o con el paso del tiempo cree que hay cosas en las que se equivocó?

No. Creo que mi paso por la vida local es manifiestamente mejorable. Lo digo con plena conciencia, no porque yo no suscriba hoy las cosas que hice. Pero si tuviese que empezar hoy, es evidente que los cambios tenían que haber sido más cualitativos, más sociales, sin prescindir de los cambios urbanos, de los cambios en los servicios públicos?

-Ustedes no tuvieron la valentía de poner fin a las tradiciones de la Granada más rancia; por el contrario, lo que hizo el PSOE fue alimentar ese tipo de manifestaciones.

Sí, sí... Cuando nosotros organizábamos el Corpus o la Toma, sabíamos lo que estábamos haciendo? ¿Se podía en aquel momento haber dicho claramente "nosotros pertenecemos a una España laica, aconfesional y, por tanto, vamos a acabar con las tradiciones religiosas de Granada"? ¿Se podía hacer en el año 80, en el 81, en el 82?

-Y ahora, con el paso del tiempo, no cree que podían haberlo hecho?

No, no, no...

-Por qué?

Porque creo que aquello -haber roto con una Granada confesional, militante, unida por manifestaciones religiosas- hubiese puesto en riesgo la situación. Eso lo he tematizado después y lo sigo tematizando. La memoria histórica de Granada, de lo que había pasado, la represión de la Guerra Civil, aconsejaba generar confianza con esa sociedad, adquirir cierta complicidad, renunciar a la ética de los principios y avanzar por la ética de la responsabilidad. ¿Habría sido bueno acabar con otros símbolos franquistas que quedan en la ciudad? ¿Habría sido bueno y oportuno hacerlo entonces, cuando no se es capaz de hacerlo ahora, treinta años después? ¿Qué habría pasado? No lo sé. No busco respuestas. Lo que digo es por qué se hizo así. ¿Acertamos? ¿Nos equivocamos? Siempre va a estar esa duda.

-No le causaba problemas éticos o estéticos presidir las procesiones?

No, ninguno. Asumí el papel de representante de una sociedad que era la que era. ¿Debí ser más coherente con mi ideología y no haber sido tan representante de la ciudad sino de mis propias convicciones? No lo sé, nunca lo voy a saber. Lo hice y, si las circunstancias fuesen las mismas, lo repetiría. Pero si mañana fuese alcalde de Granada, con las circunstancias de hoy, no lo haría.

-Qué ha sido de aquellos alcaldes combativos, con capacidad de liderazgo, de los primeros años de la democracia?

Esa figura no existe. El escenario actual no permite esos liderazgos locales, que pertenecen a esos momentos de la llegada de la democracia a los ciudadanos.

-Cómo definiría la política local de ahora?

Es una política muy instrumental.

-La de Granada?

Se ha acoplado a una realidad social que es tremenda. Granada es una sociedad desarticulada, invertebrada, atomizada? Es una sociedad en la que dos y dos no son nunca cuatro, son dos y dos? Es una sociedad de individualidades, de familias? Aquí es muy difícil que la gente se una para construir algo positivo; la gente se une para destruir a alguien, para oponerse a alguien. Y la política se ha acoplado, ha vuelto a sus cauces normales, a la atomización, a la división. Con una sociedad que sólo se une para la Semana Santa, el Corpus y la Virgen de la Angustias es imposible construir una vida local rica? Tiene que haber otros elementos que nos pongan de acuerdo, aparte del Corpus, la Virgen de las Angustias y la Semana Santa.

-Qué opina de la estrategia que sigue el PSOE en Granada capital?

No es distinta a la que siguen otros partidos políticos.

-El PP?

Es la misma. Es apostar por los bandos, por los frentes? Granada no funcionará bien mientras siga instalado el sentir de unos contra otros. Creo que hay que irse a fórmulas más interpartidarias, más de articulación de objetivos?Granada no tiene sujeto, no tiene proyecto de ciudad, lo que a los partidos políticos no les interesa o no quieren o no saben es construir un sujeto social, una mayoría social?

-Qué piensa cuando pasa por los Cármenes y ve unos bloques de pisos después de la batalla judicial que usted emprendió para evitarlos?

Que hemos vuelto al predominio de los intereses particulares. Pero la misma sensación de cierto malestar me produce ver a la Asociación de la Prensa en un local que la ciudad trabajosamente rehabilitó, como me parece muy mal no ver a la ciudad protagonizando el desarrollo de Sierra Nevada o verla alejándose del Parque de las Ciencias? Si la administración local mira para otro lado mientras se produce este fenómeno, perdemos el patrimonio histórico artístico, ponemos a disposición de los intereses privados nuestro planeamiento urbanístico, nuestra cultura, si es que queda algo, y vamos produciendo el repliegue de lo público frente al avance de la privacidad.

-Ese repliegue no lo iniciaron los suyos cuando usted dejó la alcaldía?

Creo que, en general, la política se ha acoplado a la sociedad. Si Granada tuviese esa sociedad fuerte, ese sujeto colectivo, probablemente no existirían muchas construcciones y algunos alcaldes no lo habrían sido... No voy a poner el acento ni en un alcalde, ni en un gobierno municipal. Pongo el acento en la falta de una sociedad que sea capaz de generar otra cosa.

-Fue alcalde de Granada durante doce años. ¿Le cambió el cargo?

Sí, sí... Fueron muchos años y al final eso afectó a mi forma de ser.

-Le resultó duro saberse prescindible cuando dejó la alcaldía?

Me fui de la política por mi propio pie. Tomé la decisión de marcharme en el año 90 y fue una decisión meditada, que después pacté con el PSOE. También es verdad que no hubo grandes reticencias. Me fui contento, satisfecho... No me dolió comprobar que era prescindible, lo que no sabía era que quería tanto a la ciudad, que iba a ser difícil, afectivamente, aquella separación, porque al final acabó generando un lazo afectivo en los sitios en los que estoy.

-Le dejó tirado su partido?

Es sabido que en aquellos momentos me ofrecieron dirigir la organización del Mundial de Esquí y que yo acepté, y sabido es que aquello no cuajó. A mí no tenía que recogerme nadie. Dejé el Ayuntamiento, dejé el Congreso y me volví a la facultad... No tengo la sensación de abandono. El PSOE me ha dado muchas oportunidades y eso tengo que reconocerlo.

-Algunos le llamaban despectivamente ´el murciano´. ¿Cómo se sentía en esos momentos?

Eran muy pocos; gente muy desesperada... Nunca me sentí rechazado.

-De sus últimos años como alcalde se dice que la soberbia pudo con usted.

Nunca he sido así; orgulloso, seguramente. Cuando interiorizo la defensa del interés público soy terco, pero no soberbio.

-La Diputación de Granada le nombró recientemente hijo adoptivo de la provincia. ¿Es un reconocimiento tardío?

Los reconocimientos siempre son dignos de agradecimiento. El nombramiento de la Diputación, junto con la medalla de la ciudad de Granada, son dos distinciones que valoro mucho. La distinción de la Diputación colma mis aspiraciones como granadino, porque, además, tengo una visión de Granada que va más allá del término municipal y me molesta mucho el carácter cerrado de la capital.

-Le gustaría que Granada tuviera una calle o una plaza bautizada con su nombre?

No es una cosa que me haya planteado.

-No lo dice con la boca chica?

No, lo digo honestamente. En Granada tenemos que hacer un esfuerzo por potenciar los elementos comunes, por inventarnos un punto de encuentro para que tengamos una sociedad articulada. El nombre de Antonio Jara puede concitar elementos de unión, pero también de desunión. Que los políticos se conviertan en símbolos es mala cosa, porque eso divide. No me gustaría ser un elemento de discordia. Hay un telecabina con el nombre de Antonio Jara que no he tenido el gusto de conocer.

-Tiene buena pluma, pero lleva mucho tiempo callado, refugiado en esta especie de exilio que es el Consejo Consultivo.

Para un jurista, y yo me considero un jurista, es un privilegio trabajar en el Consejo Consultivo. No es un exilio para nada. Me siento muy gratificado con mi trabajo.

-Usted se ha definido como una persona apasionada. ¿El tiempo y la edad lo han moderado?

Sigo siendo impulsivo y pasional en el sentido de que pongo el alma en las cosas que hago. No puedo permanecer impasible ante una injusticia y reacciono con pasión, con fuerza, con compromiso. Soy radical en los planteamientos, muy firme en los principios, lo que pasa es que los principios cada vez son menos. Me gusta ser así. Como decía San Agustín: "Peca fuertemente y arrepiéntete fuertemente".

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