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HEMEROTECA » |
MIRIAM MILLÁN
Alguien decidió que los días debían tener 24 horas. Desafortunada elección para Isabel, que sueña con estirar el segundero a su antojo. Sólo así podría seguir sumando minutos a su agenda de proyectos por realizar, de carcajadas por reír junto a sus hijos, de experiencias con las que demostrar que siempre se puede, que todo es posible si los pies están dispuestos a correr. Sólo así podría seguir sumando instantáneas a su imaginario álbum de fotos, ése en el que aparece vestida por Valentino, incapaz de disimular su timidez pero resuelta a comerse el mundo a base de bocados exquisitos, de sobremesas de trabajo en las que deslumbra callada, sorprende cuando habla y convierte en colores la grisácea raya diplomática de los trajes masculinos.
Porque los tópicos suenan a chiste en el estiloso despacho de una cuarta planta de la calle San Antón. Porque no hace falta ser feminista para triunfar en un mundo de hombres ni ser tonta para dejarse enamorar por la moda. Isabel así lo ha gritado sin necesidad de alzar la voz, de hacer más ruido de la cuenta. Con discreción y buen gusto ha logrado el respeto de unos y la admiración de otros. Sin estridencias, sin vulgaridades.
Coqueta y presumida, ha logrado conquistar un sector saturado de testosterona y ahora se dispone a hacer lo propio con el de las vanidades. Gracias a sus hijos, que le apoyan. Gracias a su marido, que le acompaña incondicionalmente a recorrer el mundo en busca de telas que le hagan de musa. Ahora sólo le queda esperar a que la suerte cimente su etapa como diseñadora, teche sus ilusiones, cobije futuros proyectos. Y mientras tanto, siempre le quedará el mar como el capricho menos caro con el que se complace.
-Empresaria, madre de tres hijos y ahora diseñadora de moda. ¿Peca de ´superwoman´?
-En absoluto, porque yo no soy una excepción. Todas las mujeres andamos muy liadas.
-Pero no todas crean su propia colección de ropa siendo la jefa de una gran promotora inmobiliaria. ¿Cómo se le ocurre lanzarse a este proyecto con la que está cayendo ahí fuera?
-Puede que no sea el mejor momento económico pero para mí éste sí era el momento. Simplemente hay cosas que me apetece y necesito hacer. La verdad es que yo no soy de pensar mucho las cosas pero cuando las pienso, las hago.
-¿Y por qué el mundo de los ´trapitos´?
-Pues porque me gusta muchísimo. Recuerdo que de pequeña destrocé el velo de novia de mi madre haciendo modelitos con él.
-¿Es que la empresa es una dictadura y la moda una liberación?
-La empresa no es una dictadura pero la moda sí ha sido para mí una liberación, mi particular vía de escape.
-¿Para escapar del exceso de testosterona que le rodea en el sector de la construcción?
-Pues sí (risas). Hay días en los que, por ejemplo, he tenido una reunión o comida de trabajo con doce hombres y estoy deseando salir corriendo para quedar con alguna amiga y hablar de cosas más femeninas.
-¿Con qué prenda se siente más a gusto?
-Me siento muy bien con un estilo parecido al de los años treinta y con pantalones estoy comodísima. En cualquier caso, me gusta la ropa corta, incluso para los trajes de fiesta.
-¿A quién le encantaría vestir con uno de sus modelitos?
-A Isabel Preysler porque es una persona estilosísima. Todo lo que se pone le queda tan bien porque tiene una elegancia innata.
-En cambio, ¿quién cree que necesita un curso acelerado de estilismo?
-Pues no lo sé.
-¿Algún diseñador que le haga perder el sentido?
-Valentino. Su ropa es muy elegante pero también muy ponible, lo cual es importante.
-¿Con qué pasarela fantasea?
-Eso no te lo digo porque doy por hecho que mis modelos desfilarán en pasarela.
-¿Granada es machista?
-Sí y no, o a lo mejor la machista soy yo. Yo creo que las mujeres podemos hacer y llegar hasta donde nos dé la gana, lo que pasa es que igual nos cuesta un poquito más de trabajo. Pero no es por una cuestión de machismo, sino de que nosotras tenemos más cargas innatas o asociadas a nuestra condición de mujer o madre y, por tanto, no hay quien nos las quite.
-Igual es que no nos gusta o no sabemos delegar en los demás.
-Puede ser, pero insisto en que hay cosas que no se pueden delegar.
-¿Le han llamado alguna vez niña de papá?
-Me imagino que lo habrán dicho, pero es que viéndolo con mucho cariño, lo cierto es que soy una niña de mi padre.
-¿Le han hecho falta un par de tacones para llegar hasta aquí?
-No, porque con tacones no se puede correr. He llegado hasta aquí trabajando y con zapatos planos para poder dar bien los pasos. (risas).
-¿Es la constancia y la capacidad de trabajo su principal virtud?
-Siempre digo que cuando venga la musa te ha de pillar trabajando, luego pienso que son cualidades muy importantes. Pero yo prefiero que digan de mí que soy una buena persona.
-¿Le han mirado por encima del hombro alguna vez?
-Sí, mucha gente lo ha hecho.
-Pues mándele un mensajito...
-No les diría nada porque el paso del tiempo y determinadas circunstancias les ha obligado a mirar por encima de nada.
-¿Piensa que la paridad en los consejos de administración es una medida inventada para acallar conciencias masculinas?
-Mi opinión es que la paridad no debería existir por obligación. Lo importante es que en un consejo estén los mejores, independientemente de su sexo.
-¿Cuál cree que es la mejor arma de una mujer?
-Las mismas que pueda tener un hombre. Yo creo que lo realmente importante y fundamental, sea cual sea el género de la persona, es saber aprovechar las oportunidades, concentrarse en lo que se está haciendo en cada momento y no perder el tiempo.
-¿Le ha perjudicado ser mujer en un sector tan masculino como el del ´ladrillo?
-No sólo no me ha perjudicado en nada, sino que me ha beneficiado. Tengo muy buenos amigos promotores y creo que me quieren mucho.
-¿Ha tenido que levantarle alguna vez la voz a un hombre para hacerse respetar?
-Sí, en alguna ocasión he tenido que poner los tacones encima de la mesa y chillarles, pero creo que he conseguido hacerme respetar.
-¿Es arriesgada?
-Sí, no pienso mucho las cosas ni soy muy inteligente, pero sí soy muy intuitiva. La intuición es muy importante para mí.
-¿Puede presumir, entonces, de tener un sexto sentido?
-Sí, a veces, sí.
-¿Y para qué?
-Para cualquier cosa de la vida.
-Jamás se prestaría a promover qué tipo de construcción.
-No entra dentro de mis planes cualquier obra mal hecha y de mal gusto.
-¿Qué es el mal gusto para Isabel?
-En general, el mal gusto es hablar mucho cuando no es el momento más oportuno. Me desagrada la falta de tacto, de elegancia, de empatía para no adaptar la conversación o las palabras a las circunstancias.
-¿También lleva los pantalones en casa?
-(Risas) Dicen que sí, que soy muy mandona, pero no es verdad. Al final termina haciéndose lo que dicen mis hijos.
-¿La bajada del Euríbor le ha hecho respirar un poco de alivio como al resto de los españoles?
-Pues no, porque está todo tremendo. Yo siempre he sido bastante optimista, incluso demasiado. Pero ahora lo estoy pasando mal porque hay un ambiente muy enrarecido con la crisis. Cuando voy andando por el centro de la ciudad noto un silencio muy extraño, una tristeza generalizada que me hace sentir mal. Tengo unas ganas de que esto se acabe...
-Y por su experiencia, ¿cómo cree que se presenta el panorama?
-Creo que a la crisis le queda bastante, entre otras cosas, porque en estos años atrás todos nos hemos pasado. Hubo de pronto mucho cochazo y mucha historia que era irreal.
-¿Es imposible para alguien del castigado sector de la construcción que haga una lectura positiva de esta crisis?
-Creo que de todo se aprende pero es que no veo nada positivo. Esta situación es tan mala que ni siquiera compensa que a mucha gente se le hayan bajado los humos.
-¿Habéis pecado los promotores de ingenuos o más bien de avariciosos?
-Puede que de ambas cosas. Ha habido mucha gente sin experiencia que ha pensado que esto era la gallina de los huevos de oro y que todo era muy fácil. Pero este sector es mucho más serio que todo eso. Hay que tener los pies en el suelo y saber siempre qué compras y de qué manera, no se trata de especular. Yo, desde luego, no he visto a ningún promotor serio disfrutando en Hawai de lo que ha ganado.
-¿Qué mata a una empresa?
-La desgana, la apatía, la pérdida de ilusión.
-¿Y qué mata a Isabel Molina Olea?
-Algo que me molesta muchísimo es que la gente diga corriendo que no puede. Odio esa frase. Para decir eso hay que dar antes muchos pasos, por lo que me indigna que lo digan a la primera, sin apenas dejarte antes hablar.
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