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HEMEROTECA » |
MIRIAM MILÁN La raya azul de la camisa, los botones dorados del puño de la americana no dicen mucho de él. Resulta complicado escrutarle en silencio, aislarse de su voz. Ni siquiera se puede echar mano de sus gestos para afinar la intuición. Los ademanes, justos y necesarios, no le delatan como un tipo visceral, pero tampoco frío y distante. No cambia de postura en la silla. No sonríe en exceso, no llega a reir, pero tampoco hay brusquedad y seriedad en su rostro. Es preferible rendirse a la técnica de lo evidente. Porque no hay Dios que consiga interpretarle miradas, que se abandone a su observación objetiva cuando, en realidad, sólo hay un ‘dios’ que monopoliza la conversación: su voz, en sí misma, al margen de contenido y significados.
Es la voz lo que capta la atención, lo que distrae a las distracciones. Es grave, rotunda y profunda, convincente, poderosa en el tono, incapaz de pasar desapercibida aun cuando vaya acompañada por palabras. Pero entonces llegan las palabras a su boca, la misma boca por la que dice lo que piensa, lo que quiere, cuando lo piensa y cuando lo quiere. No aspira a sentar cátedra, ni siquiera a gustar. Sólo aspira a ser él, un periodista que se autoimpone la obligación de mojarse, de regalar a sus oyentes, lectores y telespectadores más elementos que el sujeto, verbo y predicado. Y no le importa demasiado que por ello le pongan a parir o le den palmaditas en la espalda. No quiere gustar, ni contrariar.
Su ambición es contarle la ciudad a quienes viven en ella. Su propósito es que cada persona que encienda el botón de su transistor, cada amanecer, cada ‘hora catorce’, sienta que al otro lado del aparato hay alguien que “le desea un buen día”. Ávido lector, discípulo de Sabina, Serrat y Miguel Ríos, admite ser un “torpe tecnológico”, aunque su maratoniana jornada laboral esté rodeada de cables. Pero tampoco eso le preocupa. Lo cierto es que ya “muy pocas cosas” le provocan ronchas, ni siquiera Jiménez Losantos, si bien es cierto que cada vez menos cosas le resultan indiferente. Porque detrás de su aparente seriedad hay un espíritu solidario, inquieto, que igual come con las manos en un campamento de Tinduf que se marcha a Perú a aliviar cargas ajenas, impuestas por la pobreza. Porque igual se deja atrapar por los sabores y la “cercanía” del mundo árabe, que ansía volver a Granada, su ciudad amada y criticada.
- Casi treinta años en el ajo no son pocos, ¿qué lectura hace de todo este tiempo detrás de un micrófono?
- He tenido la suerte de vivir una etapa histórica única y de haber estado en primera línea para contarlo. Ha sido un privilegio impresionante que me ha dado muchas satisfacciones.
- ¿Ha perdido mucho la profesión por el camino?
- No. De hecho, pienso que ahora los periodistas están infinitamente más preparados que nuestra quinta. Lo que pasa es que cuando nosotros empezamos nos acercábamos a la profesión con mucha ilusión, con una vocación tremenda y sin que tuviésemos cortapisas, de modo que, por decirlo de algún modo, te convertías en una especie de activista de la información.
- ¿No aporta más complicaciones que palmaditas en la espalda que a uno se le vea el plumero, políticamente hablando?
- Sí, indudablemente.
- Entonces, ¿por qué lo hace?
- En mi caso, mojarme a la hora de opinar sobre la noticia es una opción personal porque creo que cuando llevas un cierto tiempo en el ejercicio de la profesión y, además, en medios como la radio, uno tiene cierto compromiso con sus oyentes. Creo que hay que darles algo más que la mera noticia. La experiencia de los años en según qué temas te obliga a facilitar elementos sobre los que la gente pueda reflexionar al margen de los hechos. Pero en todo caso es algo que ha de imponerse uno mismo.
- Y por eso suscita tantos amores como odios. ¿Es que nunca deja indiferente?
- Es que yo prefiero que alguien me odie a que pase por mi lado y me mire como a una farola.
- ¿Y a usted qué le deja indiferente?
- Casi nada. Con cincuenta años y treinta en la profesión es posible que se diga ‘paso de todo’. Sin embargo, cada vez paso de menos cosas. Lo único que me deja muy indiferente es la envidia.
- ¿Qué le repele de esta ciudad?
- Me subleva la mezquindad de buena parte de la sociedad granadina, la miseria humana que hace que esta ciudad no sea una de las diez ciudades más potentes de Europa, cuando lo tiene todo para serlo. Yo el ‘granadinismo’, eso de me cargo un proyecto porque no soy yo quien está en ese proyecto, lo entiendo como algo miserable. La falta de grandeza con la que bastantes personas miran al futuro de la ciudad me pone enfermo, literalmente enfermo. Creo que eso es, precisamente, lo que tiene la culpa de que Granada no esté dónde tendría que estar. Los políticos no han hecho en treinta años un proyecto global de ciudad y dudo mucho, por el carácter granadino, que sean capaces de hacerlo.
- Le veo muy crítico, ¿no será que es usted un político frustrado?
- En absoluto, jamás. De hecho, creo que hubiese sido un político nefasto.
- ¿Ni siquiera le molesta que le puedan llamar ‘sociata’?
- No.
- Dígame entonces qué es lo que le entusiasma de Granada para no haberse marchado en tres décadas.
- Como escenario geográfico me atrae y me gusta todo de esta ciudad. Pero lo que realmente me entusiasma es la otra parte de la sociedad granadina, la contraria a la que hacía antes referencia. Conozco muy pocas ciudades donde haya gente tan vital, imaginativa y con tantas ganas de crear como aquí.
- ¿A quién le gustaría moderar sentándolo en una mesa de debate?
- Me gustaría moderar una mesa en la que estuvieran Benedicto XVI, el nuevo presidente de Paraguay, gente de las comunidades de base cristiana y representantes de la comunidad islámica.
- ¿Qué saldría de ahí?
- No lo sé, pero seguramente sería la primera vez que hablaran a la cara.
- Y en el ‘cara a cara’, ¿quién se le resiste?
- Probablemente, por circunstancias obvias, quien más se me resiste es el alcalde de Granada, José Torres Hurtado.
- ¿Sería su político elegido para decirle aquello de ‘tengo una pregunta para usted’?
- Sí, le preguntaría si no cree que sería más rentable para esta ciudad entenderse que pelearse. Y también le preguntaría al presidente del Ejecutivo andaluz, Manuel Chaves, si no es más rentable para la región tener una Granada feliz con Andalucía, que cabreada con Andalucía.
- ¿Tan mal lo ha hecho la Junta en materia de equilibrio territorial?
- Me da mucho miedo el tema del equilibrio territorial porque sacamos del armario teorías que creía ya superadas y a las que esta ciudad está muy pegada desde lo más rancio. Pero eso no quiere decir que el PSOE lo haya hecho bien. Andalucía ha avanzado mucho desde que yo vivo aquí, pero creo que a la Junta le ha faltado sensibilidad, no sólo hacia Granada, sino también hacia Jaén y Almería. A mi juicio, la articulación de poder podría ser mejorable, si bien es cierto que los políticos de Granada han estado más pendientes de sus cuotas personales de poder que del conjunto de la sociedad a la que representaban.
- ¿Se ve mediático?
- No, al menos, no me considero mediático. En realidad, soy el tipo más vergonzoso y pudoroso que puedas imaginar. Todavía me pongo nervioso cuando se enciende el piloto rojo de la radio.
- Puede presumir de voz, ¿a quién no se la prestaría jamás?
- A José María Aznar, a cualquiera que diga que la mujer está sobreprotegida en esta sociedad y a ninguna persona que engañe en cualquiera de sus vertientes.
- Voy a tirar de tópicos... Defínase en diez segundos de radio.
- Intento cumplir bien con mi trabajo,no engaño jamás a la gente, siempre pongo mi cara para que me la partan a mí por lo que digo y a nadie más. También soy un tipo bastante peleón. ¿Y es de los que ponen la otra mejilla cuando se la parten? ! Si me la parten con razón no me importa poner la otra mejilla, pero paso si me la parten como deporte ciudadano. En cambio, no soporto que me partan la cara por ponerme en un escaparate político.
- En la radio a las seis de la mañana y en la tele a las diez de la noche, ¿no le han dicho que trabajar tanto no es sano?
- La verdad es que cansa y cuando llego a casa no alcanzo ni a cenar, me acuesto directamente. Pero es que a mí me gusta mucho contarle a la gente el día de su ciudad.
- ¿Qué prioridades hay en su escaleta personal?
- No defraudar a la gente que me quiere y confía en mí. Tampoco quiero engañar a nadie. Sólo me gustaría que al retirarme me recuerden como alguien cuya única pretensión fue que los oyentes tuvieran un buen día.
- ¿Sería Agustín Martínez el mismo de haber desarrollado su carrera profesional en otro medio distinto a la SER?
- Lo hubiese intentado, pero es cierto que en esta casa he tenido una suerte extraordinaria porque jamás me han prohibido nada de cara a la antena.
- ¿Y para qué tiene buena antena?
- Para las cosas que le duelen a la gente. Me enciendo cuando alguien me llama a las siete de la mañana para contarme que se ha quedado en paro y no tiene dinero para pagar la factura de la luz.
- Si le dejaran hacer el programa que le diese gana, pero en la COPE, ¿qué le contaría a sus oyentes?
- No podría hacer un programa totalmente antagónico a los que hacen ahora porque entonces no tendría oyentes. Pero sí intentaría ofrecerles la posibilidad y los contenidos necesarios para que pensaran que hay vida más allá de Jiménez Losantos.
- ¿Cuántas cosas caben en el ‘microondas’ desde el que calienta cada semana su columna de opinión en este periódico?
- Creo que cabe de todo. Creo que hay que escribir para cuanta más gente mejor. Estoy absolutamente en contra de los periodistas que hablan para un grupo de personas muy limitado. A mí no me interesa hacer una columna para la comisión ejecutiva del PP o del PSOE.
- ¿Qué sintonía de cabecera le pondría a una noticia sobre la crisis?
- La canción ‘A todo pulmón’ de Miguel Ríos.
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