PILAR ARJONA
Si hay un negocio seguro, ése es el de la muerte. No entiende de crisis. La demanda es la que marca la ley de la vida, pues el final llega y todo lo relacionado con él son tareas poco agradables de realizar que, sin embargo, alguien tiene que hacer. La pérdida del ser querido desemboca en momentos de dolor en los que a nadie le apetece ponerse a buscar una lápida o elegir una corona de flores.
Con el tiempo, tras asumir la pérdida, cada persona guarda en su memoria a ese familiar o amigo fallecido. No obstante, la mayoría tiene en el cementerio ese lugar común para el recuerdo. Y más aún en estas jornadas, con motivo del Día de Todos los Santos y el de los Difuntos. Es frecuente que los camposantos se llenen de ramos y que lápidas y nichos sean restaurados cuando se acerca el primero de noviembre. Y todo el trabajo que esto supone no es sólo cosa de la familia del difunto. Hay muchas personas cuyo oficio se hace más necesario si cabe en estos días.
Los escaleristas, por ejemplo, deben reforzar el personal en el cementerio de San José de la capital. "Normalmente hay sólo dos personas" realizando esta labor, pero ahora "somos unos treinta", manifiesta Miguel De Reyes, que trabaja encima de la escalera desde mediados de octubre. "La gente llega con su ticket y nosotros localizamos el nicho, retiramos las flores secas que tiene, limpiamos la lápida y colocamos las flores nuevas", explica. Para Miguel, este trabajo, al contrario de lo que pueda pensarse, "es agradable". "Todo depende de la persona a la que te toque atender y hay señoras muy agradecidas", cuenta. Además, son tantos compañeros que van haciendo turnos y aprovechan los ratos libres "para charlar" entre ellos.
Trabajo agradecido. Más satisfacción aún encuentran en su trabajo en el cementerio Lorena Miralles y María del Mar Grande, hija y amiga, respectivamente, de Alicia, la dueña de una floristería situada junto al camposanto. Ellas lo encuentran "agradecido" porque "nos encanta trabajar con las flores", aseguran. Lorena reconoce que su mayor recompensa es "ver que la gente se va contenta con lo que le haces y que se lo has hecho con cariño". Ella y María del Mar han tenido que "echar una mano" para hacer frente al incremento de trabajo, que se ha multiplicado por tres. "Normalmente, trabajan aquí una o dos personas y estos días estamos entre cuatro y seis", admiten.
Quienes no entienden de estacionalidad en sus funciones son Jesús Bonache y Juan José García. Se dedican a la labor quizá menos agradable: exhumaciones, inhumaciones y cremaciones. Y éste, evidentemente, no es un trabajo que dependa de la llegada del puente de los Santos. "A primera hora se suelen hacer las exhumaciones, que suelen ser traslados de nicho a nicho. Hacemos también incineraciones de cadáveres, en las que tenemos que controlar los hornos: temperatura, humos, etc. En cuanto a las sepulturas, se preparan panteones para los entierros", explican.
Reconocen que su tarea no les gusta, "pero tienes que hacerlo", dicen. Jesús, que trabaja en esto desde hace 12 años, asegura que "llega un momento en que te acostumbras". Pero él es joven y, según Juan José, capataz y curtido en estas funciones desde hace casi dos décadas, "a una persona joven le cuesta un poco más" esta labor, pues "nunca es agradable este oficio".
Lo saben bien quienes mantienen limpio todo el recinto del cementerio. Rafa Santana y Joaquín García llevan ocho y catorce años, respectivamente, dedicándose a la higiene de contenedores, cubos y demás espacios del cementerio. "Estos días nos reforzamos con los jardineros", comentan. Son seis personas desempeñando esta labor habitualmente, "cinco dentro del cementerio y una, por fuera del recinto", explican. Pero los días previos al uno de noviembre el trabajo "se duplica o incluso se triplica" con respecto al resto del año, sobre todo, "porque hay mucha más afluencia de gente".
Y es que la mayoría aprovecha la fecha para reponer flores o jarrones, arreglar nichos o incluso colocar las lápidas que en su momento se quedaron sin poner. José Manuel García es el encargado de un negocio de estas características. Confiesa que "ahora se incrementa el trabajo casi al doble que el resto del año, pero es verdad que las familias suelen tenerlo arreglado y ya no se concentra todo tanto en estos días próximos a los Santos como ocurría antes", indica.
Crisis. Lo que sí ha notado José Manuel esta vez es que "con la crisis, las lápidas se han convertido en el último eslabón". Ya las familias "no las ponen inmediatamente, sino pasados unos meses desde la defunción". Una circunstancia que antes no se daba, pues "las solían colocar a los pocos días" del entierro del ser querido. Puede que ésta sea la excepción, pues la muerte no está marcada por coyunturas económicas. Y eso hace que escaleristas, floristas, incineradores y demás trabajadores del cementerio se mantengan alerta en unos oficios que nunca mueren.