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HEMEROTECA » |
BELÉN LEZAMA En la Ruta del Veleta era la cita. Ese restaurante que los hermanos Pedraza, Pepe y Miguel, han construido con mimo, con años… y con un montón de dinero. Que todo hay que decirlo. Si algún mérito tienen los Pedraza –y tienen muchos– es que jamás han dejado de enriquecer cada rincón de la casa. Grandes comedores y pequeñas y lujosas salas muy privadas, escaleras que se convierten en auténticos circuitos museísticos, baños increíbles de paredes y suelos trabajados como obras de arte, terrazas interiores y exteriores con sorpresa, sótanos convertidos en una preciosa bodega de cancela en forma de parra dorada, vajillas, cristal, vitrinas repletas de objetos delicados, muebles de anticuario…
Si hasta se trajeron toda una vieja iglesia centroeuropea con sus rejas, sus cornucopias, sus santos y sus casullas. Y la cocina, claro, donde Pepe Pedraza, la sonrisa más abierta de la hostelería granadina, comanda una brigada humana que se reparte en la multitud de departamentos en que está perfectamente organizado el trabajo. Tecnología punta al servicio de un hombre que jamás ha perdido la memoria de la venta familiar en que se cimenta su poderío.
Y en los salones Miguel. Recibiendo con la impoluta profesionalidad que le caracteriza y que ha sabido imprimir en sus más directos colaboradores, invariablemente vestidos con traje y corbata. Aunque en esta ocasión que nos ocupa, también su hermano Pepe quiso ser uno más de los numerosos amigos y compañeros que llenaron el gran salón comedor de La Ruta para despedir a Diego Morales. Porque Diego, que ha superado con éxito algún que otro achuchón coronario de los que avisan que basta ya, se jubila dejando ingentes cantidades de cariño y admiración entre su gente del sector y entre la amplia clientela a la que ha atendido a lo largo de su vida profesional.
Diego Morales es uno de esos seres humanos entrañables que uno se encuentra de vez en cuando por este mundo de duros, mayormente. Pasó y dejó su recuerdo por El Carmen de San Miguel, por el antiguo Baroca que llevó su nombre, por el Hotel Victoria en donde empezó siendo casi un crío, por los hoteles Meliá de Baleares, donde se curtió, y por Las Tinajas, con Pepe Álvarez, que allí estaba en su despedida como el primero y que enseguida nos sumergirá un año más en las maravillas de sus Jornadas Gastronómicas. En los últimos años había vuelto Diego a su pueblo natal, El Padul, donde de nuevo le seguimos cada vez que se presentaba la ocasión. Su cordialidad y su dominio de la cocina clásica siempre han sido un gancho irresistible.
Por eso estaba como estaba el comedor de La Ruta, la célebre sala de las jarras que volvía loco a Carlos Cano: a reventar tras la convocatoria de la Federación de Hostelería. Por las mesas, las caras más conocidas y admiradas de la profesión y lo que le rodea. Desde Jacquy Vanhoren, que acaba de celebrar por todo lo alto su propia jubilación, hasta empresas del sector como Pedro y López o el propio alcalde Pepe Torres y Nani, su señora, a los que acompañaba su concejal de Turismo, Marifrán Carazo, metida ya de lleno en los nada sencillos preparativos de Fitur, en cuyo valioso y conveniente escaparate mundial se coloca Granada cada año. Y Luis Oruezábal, que yo no sé cómo se las arregla para estar al frente de todos los buenos menesteres que se organizan.
Bueno, sí lo sé: es otro de lo mejorcito que circula por ahí. Y Jesús Valenzuela, que sigue con sus tapas ricas, ricas, frente al Palacio de Congresos, en cuya suculenta cocina continúa oficiando Margarita, la propia esposa de Diego. Y Gregorio García, y Antonio Torres, ex jefe de cocina del Chikito, que lucha y va ganando el pulso a la enfermedad que le ha prejubilado, y que estaba verdaderamente sensacional de aspecto. No sabes cuánto me alegro, Antonio. Ambos actuaron de divertidos maestros de ceremonia a los postres y, micrófono en mano, condujeron el espectáculo de palabras tiernas y regalos inolvidables que, como es natural, provocaron en el protagonista de la noche un permanente estado de emoción y lágrimas no reprimidas, faltaría más, que Diego guardará en su memoria para siempre.
Tanto como algunos –muchos– guardaremos el recuerdo de la cocina tradicional y plena que siempre dominó a la perfección. Ese glorioso bacalao, ese control absoluto de las ollas, los arroces, la caza, y sin nitrógeno ni nada…esos helados de frutas tropicales que inventó… Aunque no crean, no todo está perdido: me han dicho que desde ahora se dedicará a cuidar su huerto y sus animales en su finca de El Padul. Supongo que se le podrá visitar de vez en cuando.
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