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HEMEROTECA » |
MATÍAS OCHOA Emmanuelle Moya Pérez decidió cambiar Alhendín por Londres. La joven estudiante de Turismo, de 26 años, se encontraba en el último año de carrera, no sabía inglés, “esencial para mi trabajo”, y vislumbraba un futuro laboral “muy poco atractivo”, así que viajó hace un año a la capital inglesa. Pidió una beca al Ministerio de Educación para estudiar idioma y se despidió de todos. “La idea era no volver, conseguir un trabajo y quedarme”. Y ha cumplido su deseo, ya que trabaja de camarera en una cafetería y está “feliz”.
Los comienzos, sin embargo, fueron duros. “Muchos conocidos me habían dicho que de la noche a la mañana habían conseguido trabajo. Y no es así, por lo menos hoy día, ya que se ha notado bastante la crisis. Antes, sin saber nada de inglés te cogían en cualquier lado; ya no es así”, cuenta.
“Cuando llegué”, relata Moya, “me puse como loca a entregar currículum en comercios y restaurantes. En la mayoría de los sitios, al ver mi nivel de ingles, me decían ‘lo siento’ o ‘ya te llamaremos’”.
Su primer trabajo lo encontró a través de una amiga, que le puso en contacto con una cadena de hoteles. Allí entró como limpiadora de un establecimiento ubicado en pleno centro de Londres. “Lo único que quería era quedarme aquí como fuera. Me daba igual si era limpiando baños y habitaciones. Fue duro, muy duro. A veces creía que me iba a morir del dolor de espalda. Lo único que me consolaba es pensar que era un trabajo temporal, que había estudiado para tener algo mejor el día de mañana y que esto era sólo una parte de mi proceso de aprendizaje”.
Gastos. Para colmo, el sueldo no era muy alto. Por seis días a la semana y ocho o más horas por día de trabajo le pagaban 800 libras (poco más de 860 euros). “Pensaba que en Inglaterra iba a ganar más, pero qué equivocada estaba”, afirma. Además, cuenta que el alojamiento y el transporte son “carísimos”; “tras los gastos me quedaban 210 euros al mes”.
En esta situación estuvo cuatro meses hasta que le concedieron su solicitud de pasar a la cafetería del hotel. “Ahora estoy muy contenta, los horarios son mejores y practico más el idioma”. “También me concedieron la petición de vivir en un edificio de la empresa, que queda enfrente de mi trabajo”. De esta manera, paga menos por su piso y, además, puede comer en el hotel.
Moya destaca la libertad con la que se vive en Londres. “Me siento libre. No hay discriminación social alguna, ni de raza ni de edad. Todo el mundo tiene cabida en Londres, una ciudad multicultural”. Echa de menos la comida. Pero ni así planea regresar a Granada. “Me encuentro muy bien y tengo proyectos que allí sería difícil cumplir. En España las cosas están mal; la mayoría de mis amigas están en paro”, explica.
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