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ÁLVARO CALLEJA Cuenta Francisco Galadí Marín, nieto del banderillero anarquista de igual nombre ejecutado junto a su compañero Joaquín Arcollas Cabezas, el maestro Dióscoro Galindo y el poeta Federico García Lorca, que su padre Antonio y sus dos hermanos, Teresa y Jacinto, crecieron en un hogar roto de la calle Molinos en el que el miedo impidió durante décadas hablar de lo sucedido en Alfacar. “Mi abuela Paca sufrió mucho y de niño nunca pude arrancarle una palabra de lo ocurrido a mi abuelo, lo que sé es por mi padre pero siempre me lo intentó ocultar, sólo conocí los detalles ya siendo adolescente”, confiesa Galadí.
El miedo lo dominaba todo, atormentaba el espíritu y anulaba la personalidad de los familiares de los fusilados. De aquel fantasma en el se convirtió su abuelo tan solo conserva una vieja fotografía de tamaño carné. Los sublevados arrasaron con todas las pertenencias que tenía Francisco Galadí Melgar en su vivienda, poco después de que fuera detenido cuando intentaba huir del Albaicín, el último reducto de la resistencia republicana en la ciudad. Al parecer, intentó despedirse de sus hijos pero el encuentro no llegó a producirse.
La madre del banderillero anarquista, que estaba ciega, fue golpeada durante el registro de la vivienda y poco después murió, por lo que algunos familiares atribuyeron su muerte a los golpes que recibió aquel día.
Combativo. “Mi abuelo era una persona alegre que quería mucho a sus hijos pero era raro que no estuviese en la cárcel por sus ideas revolucionarias y su carácter combativo, estaba muy perseguido en aquella época”, admite su nieto, que espera con impaciencia a que se inicien cuanto antes los trabajos de exhumación de la fosa de Alfacar para recuperar sus restos y acabar así con una pesadilla que emprendió hace ahora ocho años. Aclara que la profesión de su abuelo era hojalatero y que tenía como afición los toros. “En realidad era un banderillero ocasional con el que ganaba un dinero extra”, puntualiza el nieto.
El fervor político de Francisco Galadí Melgar, insurrecto militante de la CNT, le llevó, al igual que a su compañero Joaquín Arcollas, a formar parte de la lista negra que confeccionaron los sublevados cuando tomaron la ciudad. Le atribuían la colocación de bombas y otros actos delictivos.
Miedo. La sombra de la represión pesaba como una losa. Ante el temor a que pudieran correr la misma suerte, los hermanos del banderillero anarquista decidieron abandonar la ciudad para instalarse en Córdoba y Sevilla. “Mi abuela con tres hijos no tenía dónde ir, se vio obligada a quedarse en Granada y fregar suelos para sobrevivir humildemente y sacar adelante a su familia”. La niña Teresa murió al poco tiempo de una peritonitis, mientras que Antonio y Jacinto, los otros dos vástagos, pronto dejarían la escuela para ponerse a trabajar. Fue tiempo de “mucha penuria” que se prolongó durante décadas, hasta que “mi padre [Antonio] entró a trabajar en los años sesenta en Cervezas Alhambra. Fue entonces cuando empezamos a levantar la cabeza”.
Aún recuerda el primer día que visitó el inhóspito e inquietante paraje donde se cree que fue enterrado su abuelo junto al poeta y el resto de víctimas. “Entonces tenía yo unos 14 años y no estaba establecida la democracia. Fui con un familiar que vino de Francia. Ni siquiera nos apeamos del coche”, asegura Galadí. Su padre Antonio se negaba a visitar el lugar durante los últimos años de su vida.
La familia, como otras muchas, permaneció en silencio y esperó a que muriera Franco y se instalase la democracia para reclamar su cuerpo y su memoria. “Si llegó a saber lo que iba a suponer [la solicitud de exhumación] me lo hubiera pensado más tranquilamente”, asegura el descendiente del banderillero, consciente de la dimensión que ha tenido el empeño de su familia por exhumar el cuerpo de su abuelo, cuyo destino se cruzó con el del poeta Federico García Lorca, que permanece, como su obra, en la memoria de millones de personas.
Ahora cree que la decisión de la Consejería de Justicia de proceder a la apertura de la fosa, a petición precisamente de su familia, es “definitiva”. Lo único que lamenta es que su padre no haya podido ver en vida un momento tan esperado. “Mi padre se murió con la pena de no poder exhumar a mi abuelo y darle una sepultura digna”, lamenta. Cuenta Galadí que su madre aún hoy, con 86 años, se turba cuando escucha alguna noticia relacionada con la fosa de Alfacar.
Cerrar heridas. Francisco Galadí Marín advierte de que “el que quiera ver intereses políticos [en la solicitud de exhumación] está equivocado”. No entiende las críticas de aquellos que sostienen que la Ley de la Memoria Histórica abre heridas en lugar de cerrarlas. “Mi padre era una persona cristiana, demócrata e instruida que nos educó en el respeto y nunca en el rencor y el odio. Nadie ha pedido revancha, sólo queremos que nuestros seres queridos sean enterrados dignamente con su nombre y su placa”, argumenta.
En el lugar donde se cree que se encuentra la fosa más simbólica de la Guerra Civil empezaron esta semana los trabajos de exploración a cargo de expertos del Instituto Andaluz de Geofísica. Si todo transcurre como el plan previsto, los trabajos de excavación podrían iniciarse a mediados o finales de octubre con total garantía de privacidad. El hallazgo de la fosa podría poner fin a uno de los episodios más dramáticos de la Guerra Civil
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