M. J. SEGURA
¿El recorte de una libertad o un beneficio para la salud? Hosteleros y clientes no se ponen de acuerdo. A pesar de que los responsables del sector han advertido de un acusado descenso de los ingresos cuando se imponga la restricción de fumar en todos los locales, hay empresarios que aseguran que sus establecimientos no se verán afectados.
La barra de un bar es un lugar idóneo para tertulias y debates. En los últimos días un café o una cerveza son la excusa para entablar una distendida discusión sobre si la intención de la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, de prohibir el consumo de tabaco en todos los locales de ocio cerrados del país es o no oportuna.
En el céntrico establecimiento Botánico tanto trabajadores como clientes coinciden en que la ampliación de la norma que se puso en marcha el 1 de enero de 2006 es más que necesaria: "Si no se permite fumar la gente no va a dejar de ir a los bares", comenta Conchi, una de las camareras.
Su compañera, Alejandra, de nacionalidad argentina, indica que en su país el veto se ha hecho efectivo en los últimos meses y asegura que los clientes se han acostumbrado: "Es una cuestión de salud. Es molesto comer en un restaurante con el humo de la persona de al lado. El que quiera prenderse un cigarrillo que salga cinco minutos a la calle", asevera.
Los clientes que disfrutan de un café sentados tras la barra secundan las palabras de las dos chicas e incluso entienden que la anterior ley, aunque fue un avance, no ha propiciado que en los establecimientos se pueda respirar el ansiado aire limpio. "No hablo desde el punto de vista radical de una ex fumadora, sino que simplemente considero que es una cuestión de salud", señala Nani, mientras su pareja, Gonzalo, que admite haber consumido tabaco durante años cree que habrá quien deje de ir a un bar porque la crisis le impida abonar una consumición, no porque no pueda fumar.
Una calle más abajo, en la plaza de la Trinidad, se localiza otro establecimiento muy concurrido, el Reca. Al igual que el Botánico dispone de una terraza, que mientras el mal tiempo no lo impida, se convertirá en pocos meses en el refugio de los que se resisten a deshacerse de su hábito. Una de las empleadas del local, Alicia, se muestra satisfecha con la futura decisión gubernamental, que equiparará a España al resto de los países de la Unión Europea en esta materia.
"Los trabajadores de la hostelería somos fumadores pasivos y no nos parece justo que tengamos que respirar el humo de los demás", subraya. Su rechazo al hábito del tabaco se recrudece: "Mi padre fumaba desde los siete años y murió de cáncer de pulmón. Mi oposición al tabaco es total", afirma.
La postura de los dos establecimientos se erige en un oasis. Sus voces se quedan en solitario cuando se contrastan con otros muchos empresarios del sector en la capital. El propietario del bar Trinidad, Jesús, augura tiempos difíciles para su negocio si, como todo indica, las pretensiones de la ministra se materializan.
"Con la crisis se han subido los impuestos y si encima baja la clientela, nos afectará mucho. El 99% de los hosteleros está en contra", señala. Tiene claro que la opción más viable sería catalogar los bares como de fumadores o de no fumadores, una medida, subraya, que contentaría a todos.
Jesús argumenta su rechazo a la norma en que la mayor parte de los usuarios de su bar son fumadores: "Cuando la gente se toma un café o se bebe una copa le apetece encenderse un cigarrillo".
Botellón. El miedo a que los clientes abandonen los bares por no poder completar su ocio con un cigarrillo, no es la única preocupación de los empresarios. Jessica, propietaria del bar Shambala, predice un incremento de los problemas con los residentes en las inmediaciones de los locales: "Cuando se le diga a la gente que debe fumar fuera, todos se irán a la puerta. Harán ruido y los vecinos se quejarán", indica.
Entonces, se lamenta, serán los responsables de los establecimientos los que deberán decirle a sus clientes que no pueden armar escándalo en las calles y vaticina que optarán por "tomarse un litro de cerveza en un parque".
Jessica asegura que la reciente puesta en funcionamiento de la ley en Italia ha llevado a que las calles se llenen de personas consumiendo alcohol: "Volverá el ´boom´ del botellón", asegura la dueña de un bar, en el que el 70% de su clientela es fumadora.
José, que disfruta de un mojito apostado en la barra, acusa al Gobierno de mermar la libertad de aquellos que no desean abandonar su hábito. Culpa a Sanidad de pretender ahorrar en Seguridad Social con la medida, no de proteger la salud de los ciudadanos.
Su camarada de copas, Miguel, aunque se declara no fumador, insiste en que no le molesta que otros enciendan un cigarrillo junto a él e incluso acusa a las autoridades de haber obligado a los bares a realizar reformas para habilitar zonas de no fumadores, que, finalmente, no han servido para nada.
Los ruidos y la suciedad son consecuencias que también aduce Jesús, dueño del bar Mercado, ubicado a escasos metros de la plaza Villamena. Asegura que cuando los clientes se vean obligados a trasladarse a la calle para consumir un cigarrillo, la imagen de los ceniceros de los locales se trasladará a las aceras de sus inmediaciones.
"Va a ser nefasto para el negocio", se queja Jesús, quien afirma que la norma será tan negativa que el Gobierno no tendrá más remedio que echar marcha atrás.
La pérdida de clientes es su principal preocupación, que cifra en un 60%. Pero algunos usuarios del mismo bar confían en que los fumadores se terminen acostumbrando. Una vez más, apelan a la efectividad que ha tenido en otros países del viejo continente, un argumento que Jesús rechaza: "España no es como el resto de Europa".