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HEMEROTECA » |
LA OPINIÓN La quimioterapia, cuyo uso está muy extendido en los tratamientos anticancerígenos, emplea sustancias que no discriminan entre células malignas y benignas.
El desarrollo de fármacos para luchar contra este tipo de enfermedades parte del descubrimiento del funcionamiento de la célula. Cada una de ellas –el organismo humano posee más de 60.000 millones– se multiplica varias veces a lo largo de su vida, pero sólo cuando es necesario (durante el crecimiento, la cicatrización). En ocasiones, ese orden celular se altera y la célula se convierte en ‘inmortal’ y comienza a multiplicarse descontroladamente.
La mayoría de los citostáticos que se emplean en quimioterapia atacan a esas células que se reproducen rápidamente (entre las que se encuentran las cancerígenas, pero también las del pelo, la médula ósea, las mucosas o la piel). De ahí muchos de los efectos secundarios asociados a estos tratamientos como la caída del cabello, la mucositis, la anemia o la bajada de las defensas.
La terapia génica asociada al cáncer permite desarrollar fármacos que discrimen mejor las células cancerígenas de las que no lo son y sean más eficientes y menos devastadoras para el organismo.
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