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HEMEROTECA » |
M.O. Elías Fernández, Antonio Baena y los hermanos Antonio y Manuel Rodríguez disfrutan sus tardes con largas charlas en el parque del Ayuntamiento de Deifontes. Todos sobrepasan ampliamente los 70 años y cargan a sus espaldas con varias ‘vendimias’. Ahora ven cómo los jóvenes del pueblo, de poco más de 2.500 habitantes y con una tasa de paro del 40%, según datos del consistorio local, se preparan para la campaña francesa. “Las condiciones en las que van no tienen nada que ver con las de entonces”, coinciden.
Los cuatro empezaron a ir a Francia en la década del 70 porque en el pueblo “había trabajo pero pagaban poco o directamente no pagaban”, recuerda Elías Fernández, de 78 años. “Aquí, limpiando un cortijo todo el día ganaba 700 pesetas por mes (poco más de 4 euros)”, ejemplifica Antonio Baena.
Los cuatro agricultores recuerdan que en la década del 70 el viaje duraba “unos tres días”. “Hacíamos la ruta Granada- Madrid- Zaragoza-Barcelona- Figueres y de allí a las ciudades francesas. Todo en tren, con bancos de madera y sin literas”, detallan. En Figueres, cuentan, les esperaban médicos franceses que constataban su buena salud. “Nos ponían uno al lado del otro y nos hacían bajar los pantalones, nos miraban de arriba a abajo. ¡No voy a olvidar jamás la mala leche que tenían!”, cuenta Baena. Eso sí, todos iban ya con contrato y una vez allí, terminada la vendimia, buscaban ampliar la campaña a la recolección de manzanas o de remolacha en ciudades vecinas. El objetivo era volver con la mayor cantidad de dinero en el bolsillo.
Camas de paja. La estadía, recuerdan, era apacible porque generalmente se compartía casa con la familia y con los conocidos del pueblo. “Cuando terminábamos, solíamos jugar a las cartas”, comenta uno de los hermanos Rodríguez. “Algunas camas eran muy duras. He dormido en unas hechas de paja y en otras únicas, donde no había ninguna separación entre uno y otro”, precisa otro de los agricultores. Todas las incomodidades se soportaban por una razón: un sueldo mensual que hasta triplicaba el de España y por tareas que duraban sólo veinte días.
Todos coinciden en que las expediciones a la vendimia “ayudaron a reactivar la economía del pueblo”, ya que muchos con aquel dinero reunido “compraron casas y terrenos”.
Dicen que España vivía momentos muy duros en aquella época. Sin empresas en el pueblo, la única actividad era el campo. Pero ello no bastaba para lograr una vida medianamente aceptable. Así, los agricultores del Deifontes de la década del 70 emigraban con bastante asiduidad a las campañas en otros países. “Y antes no habían las máquinas de ahora, era todo a mano”, comentan.
En la actualidad, todos están jubilados y disfrutan de lo cosechado en sus años mozos. Ninguno pasa apuros. Pero lograrlo les ha costado mucho esfuerzo, muchas vendimias. Y ahora, con la crisis –especialmente de la construcción– ven cómo los jóvenes de Deifontes repiten sus pasos.
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