NOELIA M. ESTEBANÉ
Un taconeo resuena por el Carmen de las Cuevas, pero el sonido de los botines contra el tablao no desvela, al menos para los profanos en este arte, los ojos rasgados, pieles morenas o cabellos rubios de los bailaores. Sólo al levantar la vista del suelo se comprueba la amalgama de nacionalidades que transitan por esta escuela de español y flamenco.
"En un año podemos contar con alumnos de hasta cincuenta paises distintos de todos los confines del mundo", explica el codirector del Carmen de las Cuevas, Nacho Martín. Israel, Japón, Polonia, Rusia, Australia, Estados Unidos, México o Kenia son algunas de las procedencias de los estudiantes de todas las edades, sin olvidar los numerosos granadinos y españoles que acuden a la ciudad para aprender flamenco. "Hay clases en las que tenemos once alumnos de diez nacionalidades distintas", explica la otra directora del centro, Carmen Linares Gil, quien mantiene que todo se puede aprender. "Enseñamos la técnica y cada uno tiene que poner su arte. No todos los andaluces saben bailar flamenco y hay muchos extranjeros que llevan el arte en las venas", añade. De hecho, en la escuela participan tanto personas que se inician en el flamenco, como profesores de baile de otros países o bailarines y músicos de otras disciplinas que quieren ampliar sus conocimientos.
El atractivo para tan variopinto alumnado reside en varios factores, como la amplia oferta de cursos, la competencia de los profesores y el enclave de la escuela, que este año cumple su 25 aniversario.
En este sentido, el Carmen de las Cuevas dispone de cursos (tanto intensivos de varias semanas como trimestrales) de lengua española, acreditados por el Instituto Cervantes, clases de flamenco, guitarra española y compás (en tres niveles) y formación sobre historia y estilos del flamenco, cuyos precios oscilan entre los 50 euros y los 160 euros por semana.
"Yo estoy estudiando español y flamenco durante dos semanas y vine aquí porque me recomendaron la ciudad y la escuela", comenta Marina Smolyanov, una joven procedente de Israel. "Las clases de español son muy divertidas y, al estar formadas por grupos reducidos (de un máximo de ocho personas) son también muy participativas", asegura la australiana Bev Banovich.
El centro, además de como escuela, funciona como una especie de centro social, poniendo a disposición de los estudiantes un servicio de biblioteca, conexión a internet y áreas de descanso con unas vistas privilegiadas a la Alhambra, donde germina la amistad entre los distintos estudiantes. "La gente viene sola y acaba haciendo piña con otros alumnos para recorrer juntos la ciudad", afirma Linares Gil. "El ambiente tan bonito y especial que se vive en la escuela lo hace un bello y rico recuerdo para toda mi vida", confiesa Carlos Medrano, de México.
Junto a esto, la dirección del Carmen de las Cuevas informa a los alumnos sobre las actuaciones que tienen lugar en Granada, en donde participan también muchos de los profesores del centro que, a su vez, fueron estudiantes de la escuela, como Manuel Liñán o Patricia Guerrero. "En los espectáculos que se celebran en la ciudad, gran parte del público son nuestros alumnos", apostilla Martín.
Y como punto diferenciador, mientras otros centros son creados por un bailaor, en el Carmen de las Cuevas son distintos artistas los que enseñan a los alumnos. Incluso el mismo profesorado se convierte en estudiante. "Han dado cursos de inglés tanto para poder entenderse con los alumnos como para las giras que hacen en el extranjero y también asisten a clases de estilos de flamenco porque todos dominan la práctica pero algunos desconocen la teoría", argumenta Linares Gil.
Por todo ello, el centro posee de un alto índice de repetición. "El flamenco es algo que engancha", manifiesta Martín, quien espera superar este año el número de alumnos inscritos del pasado año, cuando se alcanzó el millar de estudiantes. "Es una experiencia intensa de intercambio cultural donde todos nos comunicamos en un mismo idioma: el flamenco", explica la portuguesa Claudia Cabido.
Ahora bien, como centro de estudios, en el Carmen de las Cuevas hay que trabajar duro. "Estoy en el nivel de principiantes de baile y me está resultando difícil a pesar de que recibió clases en Israel durante un año y medio, aunque el esfuerzo merece la pena", asegura Marina Smolyanov, consciente de que se llevará a su país una experiencia "mágica".