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NOELIA M. ESTEBANÉ Ante los problemas se puede actuar de dos formas: evitándolos o enfrentándose a ellos. Esta segunda opción es la que han escogido las parroquias y congregaciones religiosas de la zona Norte, que día a día luchan desaforadamente por mejorar la calidad de vida de los vecinos de Almanjáyar y Cartuja. Cursos de formación para mujeres y jóvenes, comedores sociales, actividades deportivas y lúdicas o asesoramiento laboral y jurídico son algunos de los servicios que presta la Iglesia en el barrio.
"La realidad para los vecinos es la calle y nuestro objetivo es ofrecer una alternativa, aunque sin obligar a nadie", explica el cura de la parroquia Jesús Obrero, Juan Carlos Carrión, quien lamenta que el nombre del barrio se asocie a la delincuencia y las drogas, cuando Almanjáyar también es "solidaridad y unión entre vecinos".
La educación -como base para erradicar la exclusión- centra los programas sociales de las instituciones. Así, la parroquia Jesús Obrero pone a disposición de los jóvenes del barrio el proyecto Hacer, donde los niños de entre cinco y quince años pueden completar su formación a través de clases particulares y talleres de informática, manualidades y deportes. "Se trata de que, al igual que un joven del centro de la ciudad tiene acceso a academias privadas, los niños de Almanjáyar, con menos recursos económicos, puedan también recibir clases de apoyo", comenta Carrión.
Por su parte, la parroquia Nuestra Señora de La Paz ofrece un taller de corte y confección para las mujeres del barrio y una escuela para los menores de la zona, al tiempo que colabora con el club deportivo y cultural La Paz, donde se fomenta la disciplina y la tolerancia entre los chavales. "Intentamos crearles unos valores, de modo que si, por ejemplo, no van a clase no les dejamos jugar en el equipo", afirma el párroco de la iglesia, Vicente Cuadrado.
Paralelamente, las Hermanas de la Caridad han desarrollado un programa de inserción sociolaboral para los vecinos de la zona Norte, a través del cual ayudan a los interesados a buscar empleo. "Este año hemos apoyado a más de 300 jóvenes y contamos con 15 empresas colaboradoras", asegura orgullosa Luisa Quiles, una de las trabajadoras del centro San Vicente de Paúl, que también actúa como comedor social, almacén de ropa, dispone de acceso público a internet y asesoramiento jurídico, social y laboral de la comunidad inmigrante.
En este sentido, Carrión añade que los prejuicios sobre los habitantes de la zona Norte complican la inserción en el mercado laboral de los vecinos. "Muchas personas omiten su residencia en las entrevistas de trabajo o el número de teléfono en los currículos porque cuando las empresas ven que son de Almanjáyar no los contratan, aunque sean trabajadores muy válidos", asegura.
Además de esta labor social, las parroquias y congregaciones religiosas organizan excursiones, colonias y actividades, como la celebración del Día de la Cruz de Mayo o el Día de Andalucía. De hecho, un numeroso grupo multigeneracional de vecinos del barrio se encuentra estos días en Motril con la parroquia Jesús Obrero.
Sin embargo y a pesar del esfuerzo continuo de las comunidades religiosas, los resultados del trabajo son lentos. "No hay una transformación global de las estructuras, la limpieza o la vecindad, pero sí que se aprecian cambios personales y cómo la gente que entra en los programas no cae en las drogas ni en la delincuencia", confirma Quiles. "Sólo con ver la sonrisa de un anciano al final del día te sientes ya satisfecho", añade Juan Carlos Carrión, quien insiste en que en la zona Norte "no se habla de números, sino de personas con nombres y apellidos".
Aclaran que Almanjáyar es un barrio distinto -"ni mejor, ni peor", apunta Cuadrado- y, por tanto, la actuación también tiene que ser diferente, más cercana y analizando cada caso particular. "Tenemos niños que proceden de familias desestructuradas y casi sin nada que comer, por lo que hay que trabajar para que salgan adelante", relata Quiles. Por ello, las entidades se adaptan a la realidad del barrio. "Si viene poca gente a misa, nos vamos a una sala para estar más cerca", explica Carrión. De hecho, la iglesia Jesús Obrero se asemeja más a un centro cívico que una parroquia tras las múltiples transformaciones sufridas para incluir biblioteca, aula de manualidades, clases y una sala para los mayores. Una adaptación que ha llevado incluso a destinar parte del espacio del templo al desarrollo de labores sociales.
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