NOELIA M. ESTEBANÉ
España es el segundo país del mundo que más dinero destina a las misiones que desarrolla la Iglesia católica en todo el mundo (unos 24 millones de dólares en 2006). Sin embargo, lo más valioso de estas iniciativas es, sin duda, el factor humano, que consigue estirar los recursos económicos para hacer frente a un sinfín de carencias que sufren millones de personas en todo el mundo.
Por ello, los más de 400.000 euros recaudados por las diócesis de Granada y Guadix en 2008 no tendrían valor de no ser por los cerca de 350 misioneros religiosos granadinos repartidos por cualquier rincón de los cinco continentes. Cumana o Timotes (en Venezuela), Brena Lima (en Perú), La Quiaca y Nueve de Julio (en Argentina), Pale (en Chad), Padang-Sumatera (en Indonesia), Bagdad (en Irak), Mahagi-Njoka (en Congo) o Tainan (en Taiwan) son algunos de los lugares que cuentan entre su población con algún misionero oriundo de la provincia.
Aunque la base de la misión religiosa es la de acercar el evangelio a quienes no han tenido la oportunidad de conocerlo, "la labor pastoral y la social son dos acciones que van unidas necesariamente, porque una vez que te instalas en un destino no puedes despreocuparte de la realidad que hay", asegura Fernando García, un misionero de Huéneja que lleva más 14 años en Chad. "Ver cómo los niños mueren por falta de medios te hace actuar", apostilla. Todo por un salario, en el mejor de los casos, de cinco euros al día.
"Mi estancia en Angola ha sido de nueve años y he vivido tantas experiencias que son difíciles de contar en palabras por lo que causan en el alma", asegura la granadina Lola Rodríguez, quien recuerda cómo su primera impresión fue ver a miles de niños sentados esperando su única comida, "sin risas, sin ganas de jugar, ni de hablar".
Y es que los inicios no son nada fáciles: "El clima es muy duro, aunque lo más complicado es entrar en una nueva cultura con una forma muy distinta de pensar y aprender una nueva lengua. Eso requiere tiempo, enjuiciamos muy rápido y tenemos que abrir la mente y nacer a esa sociedad", explica Fernando García. "En Ropi no hay electricidad ni siquiera en la capital del distrito, y la falta de agua potable es otro de los grandes problemas, los pozos existentes son insuficientes y el nivel de fluor es muy alto", añade José Martín, que se encuentra como misionero en la Consolata.
Sin embargo, la vida se endurece conforme los misioneros van siendo conscientes de la realidad. En Chad, por ejemplo, hay una media de entre 45 y 50 nuevos casos de sida cada mes en una población de 200.000 habitantes y cada semana alguna persona fallece por esa enfermedad", lamenta Fernando García.
Por ello, los conocimientos profesionales pierden valía y el ingenio y las ganas de ayudar llenan ese vacío, como le ocurrió a Maribel Sánchez, una licenciada en Medicina que al llegar a Burkina Fasso se dio cuenta de que sus estudios resultaban "parciales" ante los problemas de salud que se le presentaban, por lo que tuvo que aprender a "jugar con los escasos medios con que contaba para atajar el sufrimiento de los enfermos".
Grandes pasos. No obstante, el trabajo de los misioneros no es en balde y poco a poco van naciendo y creciendo pequeños proyectos, entre los que la sanidad y la educación son la prioridad. Así, en Chad se está construyendo una especie de clínica médica que se sumará a los siete dispensarios con que cuenta la Diócesis de la región; en Ropi existen 21 escuelas para los primeros cuatro grados y otras siete para los grados del cinco al ocho. En varios pueblos cercanos a Melilla se ha creado una casa de acogida, una granja de formación agrícola y un centro de formación de corte y confección. En Mahagi-Nojka (Congo) se está desarrollando el proyecto del Centro de Estudios Universitarios de Mahagi. Y en Benin se construyó un edificio con una biblioteca y una sala de proyecciones y conferencias para los jóvenes. Comedores, programas de promoción de la igualdad de género, de autoempleo y proyectos de desarrollo social son otras de las iniciativas que llevan a cabo los misioneros granadinos en el mundo.
"La labor que llevamos a cabo en las comunidades es inmensa y plural", confirma Pepe Morales, un misionero motrileño asentado en Malí. Las comunidades religiosas, además, están en constante colaboración con el resto de organizaciones (instituciones públicas, ONG, entidades religiosas...). "La Iglesia católica no es sectaria como se piensa y se pide y se da apoyo para hacer el trabajo juntos", argumenta Fernando García, quien confirma que la asistencia beneficia a personas de todas las religiones. "Todo se hace sin hacer referencia, ni siquiera indirecta, al cristianismo", corrobora Ramón Buxarrais. "Al llegar a los destinos la misión se convierte en ver cómo los ciudadanos van creciendo como personas", añade.
Además, los religiosos fomentan la participación de los habitantes de la zona, ya que "lo importante es que sean ellos los protagonistas del propio desarrollo y sean ellos quienes puedan continuar llevando hacia adelante los proyectos", afirma Fernando García.