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NOELIA M. ESTEBANÉ
A los carteles de ´Busco compañero de piso´ que tradicionalmente adornan fachadas y cabinas de teléfonos de la ciudad les ha salido un duro competidor: los anuncios de trabajadores que ofertan sus servicios en la calle. ´Hago arreglos en general´, ´Mudanzas y portes. Compromiso y profesionalidad´, ´Se ofrece señora para cuidar enfermos´ o ´Doy clases particulares a niños´ son algunos de los eslóganes más repetidos en el urbano mosaico de papel.
Muchos granadinos han visto en estos anuncios una vía barata y directa para publicitarse y en los trabajos esporádicos un medio de vida para subsistir a la actual crisis. "Trabajaba como asalariado en una empresa de montaje de muebles hasta que me despidieron y ahora me tengo que dedicar a los portes y mudanzas", explica Francisco, quien lamenta que hay muy poca demanda de trabajo a pesar de que ofrece unos precios muy asequibles.
La competencia surgida en los últimos meses agrava aún más la falta de demanda. "Yo me dedico a la pintura desde hace tres años y últimamente están apareciendo muchos competidores", asegura Óscar. No obstante, la situación económica también afecta a estos trabajadores, pues, según sostiene el pintor argentino, antes recibía 15 llamadas por cada 5.000 anuncios repartidos y ahora sólo consigue un cliente.
Para evitar el exceso de oferta que hay en el sector de la construcción (de donde proceden la mayoría de los autónomos clandestinos), Enrique decidió dedicarse al cuidado de enfermos y la limpieza de viviendas, a pesar de que el boliviano había estado trabajando con anterioridad en el campo y la construcción. Sin embargo, la estrategia seguida por Enrique tampoco parece dar buenos resultados: "No sale nada", se queja. Más especializado es el servicio de masajes prestado por Juanjo. "En Barcelona ya lo hacía para sacarme un dinero extra y ahora que estoy jubilado continúo dando masajes para contratar a una persona que cuide a mi madre", añade el trabajador.
Entre las sombras. La mayoría de los trabajadores que ofrecen sus servicios a pie de calle actúa dentro de la clandestinidad, sin declarar sus impuestos a Hacienda y sin pagar las cuotas de la Seguridad Social. "No estoy dado de alta porque esto no es un trabajo definitivo y prefiero esperar a que se levante el país para montar mi propio negocio y legalizar la situación", argumenta Óscar.
Es más, gran parte de este colectivo no siente estar infringiendo la ley. "No se trata de un negocio, como las salas de masaje, sino de un trabajillo para ocupar el tiempo", explica Juanjo, quien señala que "no merece la pena dedicarse a esto de forma seria porque con la crisis no da para sobrevivir".
Peor lo tienen aquellos inmigrantes que están en proceso de obtener el certificado de arraigo, como es el caso de Enrique: "Estoy esperando para obtener los papeles y ver si así me contratan en algún lado. Y mientras me saco algún dinerillo con lo que surja, aunque en mi situación tampoco me puedo dar de alta".
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