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BELÉN LEZAMA
Ytanto. No, si en cuanto supe que la cosa iba de ´pintxos´ ya sabía yo que iba a funcionar. Nada como una barra de cualquier bar vasco, a eso de las dos de la tarde, para que pierdas la cabeza, el régimen y la vergüenza. Del inicial desconcierto del "¡huy!, qué grande ¿cuál cojo?" al "¡ponme un pimiento relleno y uno de esos de morcilla y otro de chuletón a la parrilla!" pasan cinco segundos. Normal. Somos humanos. Y esto de las ´tapas-pintxo´ nos pierde. Y si encima anda por allí el jefe Álvaro Arriaga echando más leña al fuego con la sidra y con el "¡vamos, que a esto hay que atacarlo!", pues nada, que el resultado es que sales de allí como si te hubieses dado una vuelta por el Puerto Viejo de Donosti sin saltarte una tasca. Por algo el chef del hotel Villa Oniria es donostiarra. Y por algo en el restaurante del hotel se come de cine desde los inicios. Así que entre unas cosas y otras, bien por la idea de celebrar unas Jornadas del Pintxo Vasco en un lugar tan céntrico y tan hermoso como el jardín de ese viejo palacete granadino, hoy convertido en un magnífico hotel que dirige estupendamente Rosa Jiménez, digna hija de su padre, Manolo Jiménez, propietario del concesionario Renault.
A la primera que vi al llegar fue a la parlamentaria Carolina González Vigo, que nos llevaba ventaja porque al haber estado recientemente en Bilbao venía entrenada. Y además, que para eso de la campaña –porque estamos en campaña para las europeas, que sí, que no se me despisten– hay que estar fuerte y comer bien. Y Carolina es de la que se mueven.
El turismo oficial estaba perfectamente representado por José López Gallardo, Sandra García y Marifrán Carazo, que, aunque costumbrados también a la cosa de la multiculturidad y sus diferentes usos y costumbres, no se resistían a la barra presentada ante sus ojos. A la cita culinaria también acudieron el director de Banca Sectorial de CajaGranada, Salvador Curiel, el abogado Fernando Sánchez Galdós y el director de Laminex, Javier Arechavala.
Tampoco los señores de la prensa hacían ascos al menú. La directora de Granada Hoy, Magdalena Trillo, por ejemplo, atendió a alguna de mis sugerencias –mi origen es un grado– y estoy segura de que afiancé nuestra amistad notablemente después de la tortilla rellena. Al presidente del Colegio de Médicos, Javier de Teresa, hombre de sanas y deportivas costumbres, le oí decir a mi dire, Antonio Cambril, que adelante, que sin miedo, que a esa hora se puede comer tranquilamente siempre que la cena sea un ténue suspiro y que esté presente el ejercicio en nuestra vida diaria. Después de eso fue cuando cayó el de morcilla de Burgos con cebolleta y el de bacalao frito con pimientos verdes. Y también cuando definitivamente decidí darme una vuelta por los postres que me llevaron en volandas a través de las tejas crujientes, el queso con membrillo y nueces o los hojaldres de crema pastelera.
Total, una ruina. Económica no. Porque los precios están pensados a la medida de lo que se ofrece, es decir, barra libre de comida y bebida –de 2 a 3.30 y de 9 a 10.30– en un lugar tan especial como el jardín del Villa Oniria, por cincuenta y cinco euros por persona. Será hasta el viernes y es imprescindible llamar para reserva. Que lo disfruten, que seguro que lo harán.
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