M. J. SEGURA
La mañana comienza a despuntar en los municipios del área metropolitana. Los residentes de los núcleos que viven ausentes al ruido de las grandes urbes abandonan sus casas para dirigirse a sus puestos de trabajo, a visitar a un familiar ingresado en un hospital o no perderse una clase de uno de los numerosos centros universitarios de la capital. Son las ocho de la mañana y dos hombres de avanzada edad esperan en el poste que hace las veces de marquesina de la línea 33, que enlaza Pinos Genil y Cenes de la Vega con la capital.
"¿Cuánto tarda el autobús?", pregunta uno de ellos, que no parece acostumbrado a que este vehículo sea su medio de transporte habitual. "Pues unos cinco minutos", señala el otro futuro pasajero. "Suelen venir con frecuencia. Es que se acaba de ir uno", le informa.
El hombre se enciende un cigarrillo. Parece comprobar si se cumple esa máxima popular de que cuando una persona se hace con un cigarro, el autobús llega y no tiene más remedio que apagarlo. "No llega, ¿eh?", insiste. Su compañero le reitera: "No tardará en llegar. Mire, ésta es la línea que tiene más autobuses de Granada. Sólo se producen algunos problemas porque no tienen bien cogidos los horarios".
El anciano explica al pasajero impaciente y a otro hombre que acaba de llegar para iniciar su quehacer matutino en un local contiguo, que, a veces, llegan dos vehículos seguidos. "Y en otras ocasiones el conductor ni siquiera espera cinco minutos para ver si llega alguien", se queja el empresario.
"El problema es que mientras esperan llenan toda la calle de colillas, de papeles e incluso por las noches algunos se orinan en la calle", se queja el hombre, mientras el fumador apaga su cigarro y busca una papelera para no contribuir a la insalubridad de la zona. "A mí me molesta mucho el ruido", añade, aunque reconoce que la llegada de este medio de transporte llenó de vida la zona. "Antes sólo había dos coches que antes de terminar de bajar la Sierra ya se habían estropeado", indica mientras se despide del anciano.
Exactamente seis minutos después de que el anterior autobús abandonara la parada, llega su reemplazo. Al inicio del recorrido son pocos los viajeros que acceden al mismo, pero conforme se va abriendo camino por Cenes de la Vega, su interior comienza a llenarse de rostros cuyo destino es la capital.
Su recorrido por las dos localidades transcurre de forma fluida. Los bostezos y el silencio de la mañana parecen no alterarse, cuando el conductor se topa con las dificultades del tráfico que anuncian la entrada en el centro de la capital.
"Voy en el 33. Estaré allí en diez minutos. Va siempre lleno", se queja una mujer morena vía móvil a su interlocutor. Gran vía o la zona de Traumatología son los destinos de la mayoría de los pasajeros.
El ajetreo se intuye en el suelo. Hojas de periódico, de folletos publicitarios y toda suerte de desperdicios son la impronta que dejan los cientos de usuarios que desde muy temprano transitan por sus asientos y pasillos. Son las cinco de la tarde y en la Estación de Autobuses de la capital numerosos turistas y viajeros recién llegados hacen cola para subirse en uno de los vehículos que, por un precio mucho más asequible que el de un taxi, los acercará a su destino.
"Perdone. ¿Qué autobús puedo coger para llegar al centro?", pregunta una chica en un incipiente español, a la que su mochila de grandes dimensiones delata como una turista recién llegada a la ciudad. El joven al que ha dirigido su pregunta y que permanece desde hace unos minutos en la marquesina instalada a las puertas de la Estación, le contesta: "Pues el 3 o el 33".
Uno de los coches de la línea 33 llega finalmente a la parada desde la que iniciará un largo recorrido que lo llevará más allá de los límites de la capital. Los usuarios se apresuran a alcanzar sus puertas para hacerse con un asiento que les evite las molestias de soportar el trayecto de pie.
"¡Qué calor!", exclama una mujer que se ha subido apresuradamente al vehículo. "Es que en cuanto suben un poco las temperaturas, no se puede estar en el autobús", le responde su acompañante. Los semblantes sofocados de los usuarios confirman las impresiones de las dos mujeres.
Entre tambaleos de maletas y de usuarios, que mantienen el equilibrio buscando un hueco en las abarrotadas barras que les servirán de sujeción, el 33 se despide de la Estación de Autobuses para iniciar su periplo por la capital y alcanzar la carretera de la Sierra. Las paradas se van sucediendo y en cada una de ellas el trasiego de pasajeros que acceden al vehículo corrobora que es una de las líneas de transporte más concurridas de la provincia.
Entre la Estación y la avenida de la Constitución son más los que suben que los que bajan. "Señora, ¿podría decirme cuál es la parada del Triunfo?", preguntan dos jóvenes sentadas en los asientos más cercanos al conductor y ataviadas con ropas de ceremonia, a otras dos mujeres que permanecen de pie y que miran su ubicación con avaricia. "Quedan dos paradas, está muy cerca", responden. Las dos chicas adelantan su salida y las otras dos mujeres no dudan en hacerse velozmente con los asientos. "Se han confundido. Ésta no era la parada", dice una de ellas. "No importa, quedaba muy cerca", señala la acompañante, ya instalada cómodamente en su asiento.
Los dos altos en el camino que realiza en la Gran Vía se encuentran entre los más solicitados. El autobús se vacía y dan un respiro para los que continuarán hasta Cenes de la Vega. Pero este desahogo dura unos minutos. En la Fuente de las Batallas un gran número de pasajeros vuelve a intentar hacerse un hueco en los concurridos pasillos.
El trayecto continúa y después de 45 minutos los viajeros van encontrando su destino a medida que el paisaje va olvidando los edificios y el asfalto, para centrarse en la naturaleza que se extiende a los pies de la Alhambra.