M. J. SEGURA
Los semblantes de los que aguardan su turno en la hilera de sillas ubicadas en el centro de la sala se asemejan a los de las personas que esperan pasar a la consulta de un médico para conocer su diagnóstico. Un murmullo leve se extiende por las instalaciones, los usuarios no se atreven a levantar la voz, pero no esperan a que un facultativo les prescriba un tratamiento, sino a que un funcionario les revele cuál será su futuro inmediato con el fisco.
Nada más cruzar el umbral, un escáner indica que el ciudadano está ingresando en un edificio oficial. Tras recibir el preceptivo consentimiento del guardia de seguridad apostado en la puerta, el usuario da con sus huesos en la sala principal de la Delegación de la Agencia Tributaria ubicada en la avenida de la Constitución. La incomodidad de las visitas se refleja en las caras y los gestos.
Los días en los que los contribuyentes pueden confirmar su borrador de la declaración de la renta se agotan y todos quieren que la persona que debe atenderlas les comunique que este año el Gobierno no les obliga a pagar, sino que les devolverá una cuantiosa suma. Pero estas expectativas no siempre se cumplen y a algunos no les llegará una paga extra con la que subsanar los mermados bolsillos por la crisis económica, sino que tendrá que hacer frente a unos pagos que intentará sean lo más bajos posible.
Una mujer joven se acerca apresuradamente al mostrador de información. "Me ha llegado una carta de Hacienda con una sanción y luego otra carta que no he podido recoger", comenta. El encargado de encauzar las peticiones le indica que hasta que no se haga con la misiva no puede resolver nada, pero que se acerque al departamento de impresos donde quizás conserven una copia del documento.
La joven corre hacia el otro mostrador. Debe aguardar su turno, un hombre de mediana de edad está adquiriendo el impreso que le permitirá cumplir en 2009 con sus obligaciones fiscales. "Son 25 céntimos", informa el funcionario. Cuando su antecesor ha despejado la ventanilla que le permitirá concluir sus trámites, le comunican que la carta que envió Haciendo era una nueva sanción. "Este año se necesita recaudar impuestos", exclama ante el rostro impertérrito del funcionario.
El trasiego de temerosos contribuyentes se vislumbra en la sucesión de sillas casi al completo, en las numerosas personas que optan por permanecer de pie mientras llega el momento de confirmar sus datos fiscales y el murmullo incesante, de quienes tienen pocos piropos con que la calificar a la Agencia.
Un gesto se hace común a los presentes. Alzan la cabeza para comprobar si el monitor que dicta los números escupe finalmente el suyo. En los asientos dispuestos en mitad de la sala, una mujer se queja a su accidental compañero. "Todavía me quedan siete. Éstos van muy lentos", se lamenta. Su reclamación se funde con la de un grupo de jóvenes sudamericanos que aún no se han hecho bien con el funcionamiento del fisco.
"Te envían el borrador a casa y luego tú lo compruebas", informa una joven que ya ha dado por concluidos los trámites de la mañana y que aconseja a otro chico que parece un poco contrariado. "Pues a mí no me llegó nada. Ahora vengo a que me lo den", asegura.
Los tres jóvenes prosiguen intentando dilucidar si la opción del chico es la acertada. A su lado un hombre ataviado con prendas que denotan su calidad de ejecutivo habla por el móvil. "Estoy aquí en Hacienda para arreglar unos asuntos". Su interlocutor parece preguntarle cuánto tiempo invertirá en las gestiones. "No lo sé. Esto va lento", asegura resignado.
En las jornadas anteriores al inicio de la campaña, la Delegación de la Agencia Tributaria se convierte en un punto de encuentro, donde muchos vuelven a ver caras conocidas. El ejecutivo cuelga el teléfono y otro hombre, provisto de las mismas ropas, aprovecha ese momento para saludarlo. "Hombre, ¿qué haces aquí?", le pregunta. El que ya abandonó el auricular que ahora mantiene en el bolsillo de su chaqueta le contesta. "Nada, que me han mandado un requerimiento y vengo a ver qué ha sucedido". Su debate sobre la efectividad de este organismo prosigue y junto a ellos una pareja trata de localizar el caso más cercano de un ciudadano que haya logrado evadir impuestos.
El chico le cuenta a su compañera rubia que su amiga Irene un año logró dar la vuelta a los malos pronósticos del borrador. "Le llegó el documento y tenía que pagar bastante. Entonces fue a un asesor e introdujo un montón de gastos con los que logró desgravar", sentencia. La joven aplaude el esquinazo que la amiga dio a Hacienda e indica la vía que ha utilizado para solicitar su información fiscal. "Lo pedí por internet", asegura.
Las casualidades prosiguen. En el momento en que iba a explicar cómo ha resuelto sus dudas a través de la red, una mujer con un carrito de bebé se estacionado frente a ellos y ambos se apresuran a recibir al pequeño.
A pesar de las molestias de los usuarios por no ser atendidos todo lo rápido que consideran deberían, en las cuantiosas mesas repartidas por la Delegación los rostros cambian constantemente. Son escritorios separados del resto por una pequeña mampara y diseminados por los laterales de una sala abarrotada, en la que unos carteles informan del servicio que ofrece cada departamento. En estos espacios las palabras se pierden para preservar la confidencialidad de las consultas.
En el límite de las mesas y al fondo de la sala, se encuentra un amplio mostrador en el que dos funcionarios recogen impresos y gestionan el registro. El servicio está menos concurrido que el de sus colegas y el usuario apenas tiene que aguardar cola para ser atendido.
Algunos aprovechan la poca afluencia para intentar desentenderse de la concentración de público de las áreas más reclamadas. "Traigo el borrador", afirma una joven al funcionario. "Lo siento señora aquí no es. Tiene usted que retirar un número y esperar allí". La mujer señala al bebé que sostiene entre sus brazos. "Perdone pero es que vengo con el niño y no puedo esperar", se lamenta. El trabajador se muestra comprensivo, pero le reitera que ese no es el lugar en el que gestionar el documento que le certificará cuáles son sus obligaciones con el erario público.