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HEMEROTECA » |
M. M. Luisa se dirige a su casa: un apartamento pequeño pero de nueva construcción en el que vive desde hace siete meses. Viene de la Facultad de Derecho, donde cursa el segundo año de la carrera. Normalmente estudia en casa y no acude mucho a clase pero hoy decidió marcharse a las ocho de la mañana a la universidad.
Sólo han pasado tres horas y media desde entonces pero entre tanto el edificio en el que se ubica su apartamento ha explotado. Lo desconoce. Le extraña el revuelo que hay en la calle, el gentío agolpado, la presencia de policías y bomberos. Pero jamás podría imaginar que al cruzar la esquina vería lo que vio.
"Dios mío, ¿dónde están las paredes de mi casa?". Fue su primera exclamación, las primeras palabras que le vinieron a la boca y que acompañaron a un rostro estupefacto al que la suerte acompañó en la mañana de ayer.
La joven estudiante, natural de Almuñécar, tenía alquilado uno de los apartamentos de la planta baja del edificio pero no se encontraba allí en el momento de la explosión, al igual que otros de los inquilinos del edificio. La ausencia de éstos convirtió a los tres únicas personas que se encontraban en el bloque en las tres únicas víctimas.
Tras atender a los medios e intentar explicar con palabras lo que se siente "cuando se camina por la calle y ves que a tu casa le faltan las paredes", Luisa ansiaba conocer cuándo podría acceder a la casa para ver si su "ropa, ordenador y trabajos y apuntes de la carrera" habían sobrevivido a la explosión.
Finalmente pudo acceder al apartamento y recoger varios enseres en compañía de unos amigos, que al igual que ella sólo pudieron contemplar las consecuencias del estallido pero no vivieron in situ ese momento. Pero sí hubo otros muchos testigos: decenas de vecinos de un barrio mayoritariamente habitado por ancianos y estudiantes. Ellos sí sintieron un "estruendo horrible, espantoso, que hizo que la mesa y la cama se movieran", explicó Ángeles Garrido. Su rostro aún está pálido. Le resultará difícil olvidar una explosión cuyo sonido "parecía el de una bomba".
Porque eso pensó ella, como también lo pensó Francisco Montilla, un jubilado residente en el inmueble contiguo al edificio dañado y al que se le saltaban las lágrimas al recordar cómo en el momento de la explosión fue despedido contra la pared y se encontraba en compañía de su mujer y sus dos nietas de 10 y 26 mes
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