MATÍAS OCHOA
"Con 20 euros, todos los días compramos seis litros de leche, seis barras de pan y, a veces, pastas, garbanzos, lentejas y un poco de carne. Hacemos pucheros, que nos sale más barato". Esa cantidad de dinero garantiza la comida de once personas: de la familia Calvente, que vive en un piso de sólo cuatro habitaciones en Casería de Montijo. Un barrio muy castigado por la crisis que, no por casualidad, tiene un bar que regala las tostadas con el café. Joaquín Calvente, de 35 años, es el organizador de esta gran familia que sólo vive de la jubilación del mayor del clan, un ex legionario con problemas de salud que cobra unos 1.100 euros por mes.
Joaquín, el mayor de los hijos Calvente, es uno de los 21.705 parados que ya agotaron la prestación por desempleo, según los últimos datos disponibles del Instituto Nacional de Empleo (INEM), que datan de febrero último.
Del total de 74.749 desempleados en el segundo mes del año, 31.195 cobraban prestaciones contributivas, es decir, aquellas otorgadas en función del periodo de cotización en la Seguridad Social; 19.291 recibían un subsidio de carácter asistencial, concedido de acuerdo a circunstancias personales, económicas y familiares difíciles; y 2.558 personas se beneficiaban de la renta activa de inserción, un programa de apoyo para los colectivos más débiles, orientado a preparar y formar al trabajador para su vuelta al mercado laboral. De esta forma, el 70% del total de parados gozaba de algún tipo de sostén económico. El 30% restante se debe buscar las ´habichuelas´. Unos usan sus ahorros o la indemnización recibida por la empresa cuando fueron despedidos y otros venden parte de sus bienes; la mayoría, según fuentes de los sindicatos CCOO y UGT, se agarran a la caridad de sus familiares. Como Joaquín Calvente, que estira como puede los 1.100 euros de su padre. "Los sábados me voy al Banco de Alimentos y me traigo una bolsa. No es mucho, suelen ser cuatro peras, tres manzanas y dos botes de leche, pero algo es algo", afirma este obrero de la construcción que "desde hace casi dos años" no cobra ningún tipo de prestación. "Siento que no puedo ayudar y eso me tira abajo", dice. Si bien en la casa son nueve viviendo de forma permanente, algunos días de la semana se suman sus dos hijas, de 8 y 4 años. "A las madres (se ha divorciado dos veces) no le puedo pasar el dinero de manutención", se lamenta.
A su hermana, Elisa, 29 años y con dos niños, también se le acabaron las prestaciones una vez que dejó su trabajo en un supermercado. Lo mismo que a Jesús (24), obrero de la construcción, separado y con un niño. El siguiente en la línea, Ezequiel (18), es la gran esperanza: juega en el juvenil del Granada CF y todos esperan que se convierta en el salvador. Es el ´Messi´ de la familia. No por gusto buena parte del salón recoge sus fotos, en las que posa sólo con el balón o con sus compañeros de equipo, sus carnés, medallas y copas. Una especie de altar personal. "Que no trabaje, que viva del fútbol", interviene su madre, Josefa (58), quien con su hija más grande -tiene otra de 13 que va al instituto- se encarga de las tareas de limpiar, lavar y cocinar para todos.
"Nuestro día arranca a las 8 de la mañana, cuando se levantan los niños para ir al colegio. Luego preparamos la comida con mi hija. Al mediodía solemos estar todos. Luego, a la tarde, juego con mi marido a las cartas. Y luego cena y a dormir", cuenta. Y añade: "No hacemos ningún viaje, ninguna salida. En verano, vamos dos veces a la playa porque nos llevan los vecinos".
Pese a todo, la familia mantiene el buen humor. El más afectado parece Joaquín, quien pide "urgente un trabajo digno" para terminar "con la depresión que me agarra a veces". A Joaquín le salva del "pozo" el pertenecer a la Asociación de Parados de Casería de Montijo, donde comparte los días con personas en su misma situación. El colectivo, de gran actividad, cuenta con más de 250 socios cuyas actividades tienen gran repercusión en los medios, como ha ocurrido con la entrega masiva de currículum y la pintura de paredes del barrio.
Habitaciones. Al entrar a la casa de los Calvente, lo que llama la atención, además de la enorme virgen que preside la puerta de entrada y de una araña en una cristalera, es la escasez de habitaciones. En una duerme el padre, ex legionario, con una nieta y una hija; en otra, Elisa con una de sus niñas, y Ezequiel y Joaquín -solos-. En el sofá se distribuyen Josefa, Jesús y, algunos días de la semana, las hijas de Joaquín. Tanto amontonamiento genera algunos roces, reconoce Ezequiel; "a veces surgen discusiones por el uso del teléfono o por en qué gastar el dinero". Normal. Lo que resulta fuera de lo común es encontrar a tantos miembros de una familia en paro y sin ningún tipo de ayuda. Por ahora, todas sus fichas parecen estar puestas en las piernas del delantero del Granada Club de Fútbol.