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HEMEROTECA » |
M.J.SEGURA Una niña desciende cogida de la mano de su madre por una rampa de madera. Lleva un abrigo verde y una enorme sonrisa en los labios. "Mira, hemos hecho un muñeco de nieve", exclama la pequeña, que mientras informa de su recién acabada obra helada a una familia desconocida que camina en sentido contrario, señala con el dedo la escultura.
Sobre un pequeño paraje donde la nieve se ha acumulado y resiste a los primeros rayos que la primavera ha dejado traslucir, un muñeco esculpido con los copos caídos hace semanas se levanta con dos ramilletes que surgen de la construcción esférica que hace las veces de cabeza. Su hermano y su padre descienden por la rampa y abandonan una obra que en pocas horas formará parte de nuevo del manto blanco que cubre la tierra.
En Pradollano, complejo incluido en la estación de esquí de Sierra Nevada, visitantes, deportistas experimentados y novatos se arremolinan en cada uno de sus rincones. Un grupo de jóvenes, ataviados con el equipo pertinente para descender por las pistas, se baja del telesilla. "¡Qué calor! Tengo unas ganas de quitarme el abrigo...", asegura una integrante femenina de la expedición que, tras concluir esta afirmación, comienza a desprenderse de algunas de sus ropas de abrigo. Es casi mediodía y las temperaturas bajo cero de meses cercanos parecen quedar en el olvido por la indumentaria de unos turistas que demuestran con su atuendo que las prendas térmicas ya quedan únicamente para practicar deporte sobre el punto montañoso más alto de la Península.
A la estación granadina no le hacen falta días festivos para llenarse de visitas y aunque la Semana Santa no defrauda, se nota que muchos ya prefieren la playa. El trasiego de visitantes de todas las nacionalidades se palpa en los establecimientos hosteleros que bordean el enclave.
Las mesas de las terrazas se llenan y los transeúntes tienen que esquivar las sillas de los comensales para acceder al Mirlo Blanco. Nada más descender las escaleras que sirven de frontera entre los bares y la naturaleza, unos jardines en los que la nieve ya ha pasado a su siguiente estado permite a los que optan por ahorrar en tiempos de crisis degustar productos hechos en casa.
Los telesillas copan un cielo claro con su zumbido constante, que advierte al foráneo de que las pistas están al alcance de su mano. En un punto más alto de la montaña es esta vez el telecabina Borreguiles el que invita a atraverse con los descensos más pronunciados.
Los lugares a los que se puede acceder sin necesidad de abono previo se limitan, pero son suficientes para los que tan sólo han ido de visita para posar sus pies sobre la gélida nieve.
Comercio. La mayoría de los comerciantes que horas antes habían tomado la Plaza de Andalucía ya han comenzado a retirar sus tenderetes. "Nos vamos pá bajo ya, ¿no?", preguntan dos mujeres a varios hombres que han terminado de introducir en una furgoneta la mercancía que esa jornada no han logrado vender.
Otros puestos resisten. Una mujer con ropa y calzado de montaña pasea la vista entre un nutrido muestrario de quesos y chacinas. "Señora, puede llevarse este chorizo. Es el mejor de Huelva", le recomienda el dependiente, mientras atiende a un hombre al que le detalla el excelente sabor de un queso que presume de haberse ganado el paladar del jurado de un certamen nacional.
A sus espaldas, como si de una galería de arte se tratase, reproducciones de obras de grandes pintores toman los bordillos de la plaza. Los que opten por llevarse a casa una acuarela de uno de los bellos paisajes que lo han rodeado durante la jornada, podrán hacerlo por la módica cantidad de diez euros.
Frente a estos comerciantes que desarrollan su actividad en la Plaza de Andalucía, existen otros que tienen que vérselas con la Policía Local para vender su mercancía. Son todos inmigrantes subsaharianos que aprovechan un despiste de los agentes para colocarse estratégicamente en este lugar de obligado paso y probar suerte con turistas que hayan podido olvidar algunos de los complementos que ellos ofertan: gafas de sol y guantes -imprescindibles para proteger las manos de la fría nieve-.
Algunos comerciantes ambulantes prefieren no desafiar demasiado a los cuerpos de seguridad y optan por exponer sus objetos a la salida del aparcamiento subterráneo. Así, a la primera que observan que un policía ronda por las inmediaciones, retiran su mercancía y se refugian bajo el suelo. Lugar en el que también pueden tener la fortuna de colocar alguna pieza de su mercancía.
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