DANI R. MOYA
El catedrático de Literatura Juan Carlos Rodríguez escribió hace casi diez años que es imposible biografiar un mito. No se refería este estudioso a ningún personaje de la mitología griega o romana. Ni en Ulises, Paris o Elena de Troya pensaba Rodríguez cuando escribía esas líneas. El catedrático estaba hablando de algo mucho más próximo en el tiempo y el espacio. Se refería a un bar: La Tertulia. Y es que los bares, si son especiales, tienen su biografía con más o menos hitos que los diferencia de un lugar común con una barra para tomar unas copas.
En el caso de La Tertulia, contar su historia a modo de biografía es mucho más difícil precisamente porque el mito sobrevuela en muchos de sus episodios. No porque vaya a cumplir 30 años, ni siquiera por los visitantes ilustres que han conspirado en alguna de sus mesas, las de entonces, que siguen siendo las mismas. Tal vez porque como suele decir Tato Rebora, el artífice de todo, después de tanto tiempo transcurrido, se sigue pareciendo a sí misma.
Tato suele contar cuando le piden que tire de memoria sobre cómo se le ocurrió la idea de montar La Tertulia que él se encontraba, a finales de los años setenta, en Suecia. Que un argentino joven, emprendedor y con ideas de izquierdas, estuviese tan lejos, por esas fechas, de su Córdoba natal –la de allende los mares– había que explicarlo con uno de los más atroces capítulos de la historia de la infamia. Rebora tenía demasiados proyectos aún por crear como para que los ´milicos´ le convirtiesen en un desaparecido más.
En Suecia dibujó un boceto de lo que sería La Tertulia. Lo guardó entre sus papeles y algún tiempo después, cuando ya vivía en Granada donde recaló porque Suecia era un país demasiado frío y en él no encontró una gran identificación cultural, se dio cuenta que el bar que había abierto en la calle Pintor López Mezquita se parecía muchísimo a aquellos trazos que ni siquiera recordaba haber hecho. Corría 1980 y Granada, aunque a veces cueste creerlo, era un hervidero cultural. La Tertulia llegó en el momento preciso. Hacía falta un local en el que ocurrieran cosas. Y en La Tertulia no había noche en la que no sucediera algo distinto.
"No teníamos que convocar actividades, surgían solas, y mucha gente venía solamente por no perderse lo que pudiera pasar", recuerda a veces Tato sobre las noches sin fin de aquella década en la que todo estaba por hacer. Pintores, músicos, aspirantes a poetas, taciturnos sin más oficio o beneficio que un whisky doble hasta la raya del alba se daban cita para inventar, cada jornada, un motivo para volver al día siguiente. Muchas de las conversaciones, de los proyectos que se trazaban en el humo del tabaco, se desvanecían cuando entraba la luz de la mañana, pero otros salieron adelante y sirvieron para crear el mito de La Tertulia.
Poetas. ´La Otra Sentimentalidad´ fue uno de ellos. Entre los jovencísimos poetas que allí se leían sus incipientes versos había tres que ya forman parte de una leyenda: Luis García Montero, Álvaro Salvador y Javier Egea. Ellos se inventaron ese título para definir la poesía que les interesaba, una lírica alejada de los artificios y torres de marfil que alejan a los poetas del mundo real en el que viven y trabajan cada mañana. La Tertulia fue, durante mucho tiempo, la capital de la república de las letras, con vaivenes, claro, pero también es verdad que con los años los escritores empezaron a preferir otros locales y en la actualidad no es el lugar de encuentro preferencial de las letras.
Sí en cambio de los cantautores, que con sus guitarras sin enchufar, sus melodías parsimoniosas y su devoción por san Silvio ganaron el terreno. Pero antes de que eso ocurriera, en La Tertulia se pudo vivir la literatura de una manera mucho más viva que en cualquier clase de la facultad de Letras. Podía pasar que un día pidieras una copa y justo al lado, un señor calvo con barba llamado Jaime Gil de Biedma –uno de los principales poetas de la llamada Generación del 50– pidiera otra, que un poco conocido Joaquín Sabina apurara un pitillo charlando con Javier Krahe y que Mario Benedetti o Daniel Viglietti recordaran alguna anécdota.
O que el también poeta Ángel González se arrancara por boleros. Oque Rafael Alberti alzara las manos mientras recitaba sus poemas. Esas cosas pasaban en La Tertulia. Son muchos los nombres y es mala la memoria. La banda sonora de La Tertulia, aunque los cantautores, especie de sorprendente multiplicación, lo han ido ocupando todo, siempre ha sido el tango. Pero no entendido como un género argentino promovido por un nostálgico de su tierra.
Tato siempre ha entendido el tango como una manifestación de la cultura urbana, un género por encima de nacionalidades como lo es el rock o el jazz. Por eso Tato se inventó el Festival Internacional de Tango de Granada, que va a cumplir 21 años el próximo marzo. Es imposible retratar en una crónica los 29 años que cumplirá la Tertulia en abril próximo. Puede que haya mucho de mito, es cierto, pero los mitos, para que lo sean, tienen que contar hechos fabulosos. Y en La Tertulia han ocurrido.