FEDERICO VILLALOBOS
Si uno pasa de noche por San Matías, verá destellar una luz al fondo de una de las calles que bordean el edificio de Capitanía. No es una luz intensa, y brilla en una callejuela apartada, solitaria, que a casi nadie le pilla de paso hacia ninguna parte. Aún así, es difícil no reparar en ella. Y todavía más difícil resulta, cuando se le presta atención, escapar a la sensación de que esa luz no está ahí tan sólo para alumbrar.
Es muy posible que ninguna otra luz de la noche granadina transmita una invitación más cálida y menos urgente a empujar la puerta y entrar. La luz del Papalagi lleva veinte años encendida en el Realejo. Hoy la zona, con un buen número de bares y pubs en San Matías y muchos más en las cercanas calles Navas y Pavaneras, se ha consolidado como una de las más animadas de Granada.
Pero en su día, el Papalagi fue algo muy parecido a una isla en medio de un piélago. En cierto sentido, lo sigue siendo. El pub nació en 1988 como bar de tapas. Lo inauguró Fernando Ortega, a quien luego se sumó como socia Gema Naveros. El marido de Gema, Manuel Valladares –que había estado al frente de otro local con solera nocturna y musical, el Eshavira– se les unió para echar una mano durante lo que, en principio, iba a ser “un año sabático”.
Tras algo más de una década y un bonito proyecto –El Patio del Papalagi– que acabó naufragando, hoy son Gema y Manolo los que llevan el local. En él ya no se sirven tapas. Casi desde el inicio, los cócteles se convirtieron en la especialidad del Papalagi.
Sus mojitos son los más antiguos, y también los más famosos de Granada. “No fueron los primeros”, puntualiza Manolo. “Empezaron con ellos los antiguos propietarios de La Estrella. Pero nosotros somos los que llevamos más tiempo preparándolos”. “Empezamos con un exprimidor manual, picando a martillazos el hielo para hacer cuatro mojitos en una noche”, explica Gema.
“Luego mi hermana se trajo de un viaje a Brasil, además de la ‘catapora’ (versión local de la varicela), un entusiasmo igual de contagioso por la caipiriña. Así que empezamos a hacer caipiriña, en su versión con ron y limón (caipirísimas). Para quien la prefiere con ‘cachaça’ y lima, también tenemos la caipiriña clásica”. Cócteles con ideología. Los cócteles del Papalagi son “ideológicos”.
Así, al menos, los define Manolo. “Son de izquierdas. Otra cosa es que aquí venga gente con cualquier tipo de ideas. Pero para mí anteponer el buen hacer al buen ver ha sido siempre algo propio de la izquierda. Y nuestros cócteles son así: con menos adornos, pero con mejor sabor, y naturales”. Además de la coctelería, el Papalagi tiene otra especialidad.
Siempre suena jazz. Las únicas transgresiones a esa norma son otras músicas que tengan algún punto de contacto con él, como la bossa nova. De todos modos, la música nunca suena demasiado alta. Acaba convirtiéndose en un rumor de fondo para el verdadero sonido del pub, la conversación. Una faceta de la noche –Manolo y Gema son de la misma opinión– que se ha ido perdiendo, pero que en el Papalagi todavía se conserva.
“Nos estamos haciendo más europeos”, dice Gema. “Antes las noches eran más divertidas, sobre todo entre semana. La gente se pasaba horas discutiendo sobre el sexo de los ángeles, aunque al día siguiente tuviera que trabajar. Ahora sólo se sale el fin de semana”. “Ya no hay una cultura de la noche tal y como antes la entendíamos”, opina Manolo, “ha desaparecido en el mar de la saturación, del salir el fin de semana a beber copas y más copas. Pero por lo menos aquí hemos logrado mantener esa cultura, con sus matices. Éste es un bar en el que, por suerte, se sigue hablando mucho. Eso te permite mantener la esperanza”.
Lo dicho, una isla. Sin tribus hostiles o territorialidades de ninguna clase. Nadie desentona. Tampoco la edad es motivo de discriminación. Además, el Papalagi es uno de los contados lugares donde con frecuencia hay más mujeres que hombres. Incluso chicas solas. “Creo que se debe a que se encuentran en un ambiente relajado”, explica Gema. “Saben que no va a venir ningún pesado a molestarlas”.
La puerta de Andrea. La puerta que separa la barra de un pequeño almacén es uno de los tesoros del pub. El otro es un árbol genealógico del jazz y sus ramificaciones, desde los orígenes hasta la muerte de Miles Davis. La puerta la pintó Manuel Ramírez, un artista mexicano. Se la dejó a Manolo y a Gema “en usufructo”, pero luego se la regaló a Andrea, la hija de ambos. Está constelada de símbolos alusivos al pub.
Un par de mojitos ayudan a descifrar su significado. Ramírez es uno de los artistas que frecuentaron el Papalagi en el verano del 92. Manolo Valladares, fundador del ateneo Casa de Porras, organizó la ‘Deposición Universal’, un encuentro paralelo a la Expo que atrajo a Granada a artistas de toda Latinoamérica. Algunos se quedaron en Granada varios meses. Por las noches se reunían en el Papalagi. A Gema le brillan los ojos al recordarlo. “Fue un verano increíble”.
Eran otros tiempos, otra Granada. Ahora, como dice Gema, nos hemos vuelto más europeos. Nos han cambiado los hábitos, y las autoridades se encargan de ponerle coto a la noche. Ahora es más difícil perder la noción del tiempo charlando. En los años 20 del pasado siglo, Tuiavii de Tiavea, un jefe samoano, visitó supuestamente Europa.
Lo que allí vio, entre otras cosas el concepto europeo de tiempo, le resultó llamativamente absurdo. Su amigo, el escritor alemán Erich Scheurmann, recopiló en un libro las explicaciones que Tuiavii, a su regreso, dirigió a su pueblo acerca de la extraña forma de ser de los hombres blancos, los ‘papalagi’. El libro es, con toda probabilidad, apócrifo. Y qué más da. Por lo menos ha inspirado el nombre del pub donde preparan los mejores mojitos de Granada