F.V.
El fenómeno globalizador también afecta a la música. En estos tiempos de frenesí tecnológico, todo se fusiona con todo. Mientras los más avezados alquimistas de sonidos pugnan por esa combinación mágica de géneros que tal vez les encumbrará a la gloria, en el Upsetter se viven experiencias mestizas que dejarían sin palabras al mismísimo Enrique Morente. Dicen que los grandes episodios de la Historia surgen del cúmulo de casualidades.
A priori, el chocolate y las gambas no casan bien. Lo mismo parece ocurrir con estilos tan dispares como el reggae y el flamenco. Sin embargo, al socio del local se le encendió la bombilla después de escuchar una advertencia insólita. Sucedió una noche de duende, en la fase de delirio ‘posconcierto’.
Un cantaor se acercó a la cabina de Bonggo, que pinchaba una pieza de rocksteady en ese momento. “Esto va por tangos”, le insistió. El dj no prestó atención, pero el flamenco empezó a palmear. Asombrado, puso un vinilo de ‘dub’ –un reggae lento– y le cedió el micro. Sorpresa: “Aquello encajaba perfectamente”, reconoce Bonggo. “Con el rigor de una sound-system de los 60”.