EDUARDO TÉBAR
Charles Aznavour describía la bohemia con las sensaciones que se viven en un viejo desván del París decimonónico. Amor y felicidad entre muros enmohecidos, donde uno cree tenerlo todo sin poseer nada. El cantante de origen armenio simpatizaba en los cincuenta con los días plomizos, la resonancias de burlesque bullicioso y el refugio en las pensiones situadas sobre algún café-bar.
Lo mismo le ocurrió a Baudelaire, cuando entró en el Hotel Pimodán para leer a Edgar Allan Poe y salió con un mundo nuevo bajo el brazo. Luego, Hemingway se guareció en la capital gala en busca de nutrición literaria. Y más tarde, Enrique Vila-Matas imitó a Hemingway, tal y como constata en ´París no se acaba nunca´.
Los cafés, la bohemia, albergan historias. Episodios sincopados en ritmos de jazz. Así transcurrió el idilio del trompetista Miles Davis con la vocalista y actriz francesa Guliette Gréco. El romance inspiró una de las mejores canciones de Robert Wyatt. Otro artista errante; desde su silla de ruedas, conoce de primera mano el valor de la vida, sus sinsabores y sus dichas.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero, ¿qué sucede cuando los libros conviven con los fotogramas? Entramos en el Bohemia Jazz Café de Granada. Ubicado en la calle Santa Teresa, que conserva ese empedrado de otras épocas, la puerta del establecimiento despide el costado de Traductores. Dentro, la primera impresión es la de encontrarse en el garito de Rick, el galán de ´Casablanca´.
Al fondo hay un piano añejo, pero no lo toca Sam. Lo que suena, en un segundo plano que deja fluir las conversaciones, es el ´Sokie, sokie´ del guitarrista Grant Green. Mientras un cliente se mantiene absorto en las páginas de un libro, un grupo de amigos actualiza en conjunto las últimas experiencias. Al lado, una pareja sella su unión en la espuma del batido de sirope de chocolate y nata que comparten. Observamos ahora la carta. Las especialidades definen la mitomanía de la casa: Bebop, New Orleans, Cotton Club, Blue Note, Harlem, Alma de Blues, Monk, Teddy... Herencia afroamericana, barrios negros y etiquetas selectas.
Los tabiques del Bohemia Jazz Café muestran en penumbra el color macilento de las haciendas de entreguerras. Muros revestidos de fotografías de músicos y actores, portadas de periódicos, carteles de películas. Un crisol de nombres. Una colmena de historias entre lectores sempiternos bajo los efectos de la cafeína. Ni siquiera en primavera es posible escapar de la escena en blanco y negro. Como en aquellas timbas humeantes sonorizadas por Louis Prima.
La evocación del espacio responde a la maestría escenográfica del dueño, Antonio Cantudo, ex reportero gráfico de revistas del corazón, apasionado de la iconografía añeja, antiguo trabajador del teatro y emprendedor del negocio de la hostelería. "Mi trayectoria en el teatro me ayudó a perfilar el ambiente. Me atrae mucho la idea de encontrar un sitio vacío". Cantudo, cordobés de nacimiento, también toca el bajo eléctrico.
En el actual Bohemia Jazz Café, en realidad, se encontraba en 1997 en un bajo de paredes de gotelé azul. "El reto radica en coger lo que hay y traducirlo en mi lenguaje", explica Antonio. "La idea inicial era montar el lugar donde a mí me apeteciera acudir como cliente, el sitio al que yo iría a tomar copas. Quería conjugar la fotografía, el cine y la música. Pretendía recuperar la filosofía de los años setenta, cuando detrás de los cafés había propietarios preocupados por darles el punto auténtico". Sabe lo que hace. Antes transformó El Harén de Alquímedes en un santuario presidido por Marlene Dietrich iluminada por un foco. "Aquello impactaba nada más entrar, pero solían visitarlo Imperio Argentina".