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Eshavira, triunfo de la utopía

13-04-2009  
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El Eshavira es mucho más que un punto de encuentro entre el jazz y el flamenco.
El Eshavira es mucho más que un punto de encuentro entre el jazz y el flamenco. Miguel Ángel Molina
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La noche traza en Granada senderos que no está permitido recorrer de día, abre puertas allí donde el sol no descubre más que muros, inaugura espacios que sólo existen entre el ocaso y el alba. La geografía de la noche tiene mucho de utopía, en su sentido literal de no-lugar, o de espacio donde las cosas discurren de manera más justa, más igualitaria.

FEDERICO VILLALOBOS El club de flamenco y jazz es la materialización en piedra, madera y barro de la utopía nocturna granadina. Situado en un lugar impreciso entre Elvira y Gran Vía –¿quién sabe dónde está Postigo de la Cuna?–, es frecuente al buscarlo equivocarse de calle, probar suerte en alguna de las paralelas y dar la vuelta a la manzana antes de encontrar los escalones del callejón que conduce a la sobria puerta del club. Uno nunca va por vez primera solo al Eshavira, necesita un guía.

Luego, lo mejor es tener fe, saber que al Eshavira siempre se regresa. Aunque sea un no-lugar. Precisamente por eso. “No viene en las guías”, advierte Marisa Quevedo desde detrás de la barra. Eso no impide que el club esté lleno de guiris. Y de gitanos del polígono y del Sacromonte. Y de payos. De amantes del flamenco y de devotos del jazz.

“El Eshavira es como un alambique cultural, donde las diferentes sustancias se van mezclando”, explica Juan Santos, propietario del local. Santos es cordobés, y en su club –tan granadino– ha hecho realidad su propia utopía.

“Cuando cogí este local mi idea era lograr lo que se consiguió en la Córdoba de Maimónides: la convivencia de culturas. Aquí todo el mundo se ha integrado siempre de la forma más armoniosa, porque todos tienen siempre un punto en común, la música y la atmósfera que ésta crea”. Desde que en 1989 Juan Santos se hizo cargo del Eshavira –un local que entonces era de dimensiones más reducidas, y que ha ampliado y restaurado a costa de un gran esfuerzo no solamente económico–, el club se ha convertido en mucho más que un punto de encuentro en torno a la música, por el que han pasado los mejores músicos de jazz y flamenco del país. El Eshavira ha sido y es, en palabras de su propietario, “una fábrica de artistas”.

“Aquí han crecido Emilio Maya, Rafael Habichuela, Estrella Morente, Marina Heredia, Patricia Guerrero, Ana Cali... Artistas que están llevando el nombre de Granada por todas partes se han educado musicalmente en el Eshavira”. Cuando el maestro Yehudi Menuhin estuvo en Granada, se organizó en el club una fiesta en su honor.

“Nos dijo que la labor que aquí se hace es imprescindible”, cuenta Santos. “Coger tablas en un espacio como éste, en comunicación con el público, es la base para que el músico pueda llegar curtido a la gran escena”. Dos jóvenes artistas pertenecientes a dos grandes estirpes flamencas granadinas corroboran la opinión de Juan Santos. “Cuando salgo a un escenario, lo primero que me motiva es el público”, dice Juan Habichuela, que lleva el nombre de su legendario abuelo.

“Y el del Eshavira es un público que transmite mucho calor, que valora mucho la música”. “Esta es casi nuestra casa, un lugar donde nuestra gente ha disfrutado y aprendido mucho. Y el flamenco de Granada se ha entregado con el Eshavira”, afirma Enrique Morente hijo. Lo inesperado.El club no sólo cuenta con un magnífico cartel de conciertos de jazz y flamenco. Hay otro aliciente: lo inesperado. “Aquí vienen al final de la noche los flamencos de los tablados”, explica Marisa, “y muchas veces se montan espectáculos incluso mejores. Además hay un piano que da mucho juego”.

También los músicos que participan en festivales oficiales suelen dejarse caer por el Eshavira, y si uno tiene suerte, puede encontrarse en medio de una ‘jam session’. O presenciar el encuentro entre dos guitarristas flamencos y dos repentistas cubanos que aparecen por sorpresa para liarla en plan fusión. Es la magia del club, ya presente en su nombre. Al parecer se lo pusieron los anteriores propietarios durante una sesión de ‘ouija’. “Es que el propio local tiene magia”, dice Juan Santos.

“Cuando entras aquí no sabes en qué época estás. La casa tiene 300 años, y está levantada sobre otra más antigua. El aljibe puede ser árabe o mozárabe. Y las columnas, ni se sabe”. Mucho tiempo y mucha vida. Piedra, madera y ladrillo llenos de historia y de historias. “La noche tiene también aquí su lado un poquillo canalla”, dice Marisa, con un guiño. Lo dice acodada en la enorme y acogedora barra de caoba. No es mal destino para lo que una vez fue mostrador del Banco de Santander. En el Eshavira, las utopías triunfan.

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