EDUARDO TÉBAR
Parece imposible, pero existe la posibilidad de darse un festín sano. En fin, tan saludable como la risa o los pequeños placeres ingeridos con mesura. Bien conocen los lectores de esta sección a dónde llevan las oscuras sendas de algunos garitos granadinos. Lugares que, como criaturas de la noche, desaparecen con el sol. Y tras ellos, sus historias ebrias y, por qué negarlo, los estímulos culturales que convierten esta ciudad en un destino mágico. Hoy, en cambio, proponemos una juerga ecológica. Sí, un bar de tapas vegetarianas, vinos tratados sin aditivos perniciosos, cocina original y exposiciones de arte.
Se encuentra en la Cuesta de Abarqueros, junto al Arco de Elvira. Ubicación histórica para un establecimiento que va camino de hacerla. Al menos, gana enteros con su propuesta arriesgada y personal. Y en tiempos de crisis. "El pasado 28 de junio cumplimos tres años. En principio era un local más tipo bar, pero desde el primer momento quisimos darle el enfoque de restaurante. Así, poco a poco, estamos encaminándonos hacia los productos vegetarianos. Nos atrae la comida natural", explica Marisa, socia con su pareja, de nacionalidad austriaca. Llegó a Granada hace un lustro, lleva el gusto por lo mediterráneo en la sangre –nació en la Costa Brava– y acaba de ser madre.
"Estamos encantados de encontrarnos junto al Arco. Es la parte de Granada que nos gusta. Tiene la contrapartida de que, a la hora de decirle a la gente dónde están los hoteles, conocen el sitio, les gusta la comida, pero Calle Elvira conserva cierta mala fama. De todas formas, desde que entramos hasta hoy, el cambio ha sido radical. Antes, raro era el día en el que no llamaba la policía. Ahora tenemos una clientela majísima".
Edades y culturas. No sólo se definen multiculturales; también ´multiedad´. Reciben tanto a erasmus como a clientes mayores, atraídos por sus vinos de Barranco Oscuro. ¿El plato estrella? Arrasa el pollo con guacamole. Háganse a la idea: la pechuga envuelta en beicon crujiente con salsa de mostaza y miel, acompañado de guacamole. O el menú que da nombre al restaurante, esos ´paprikas´ rellenos de verduras gratinadas con queso al horno. "Paprika significa pimiento en casi todos los idiomas. En holandés, inglés, alemán, húngaro... Nos gustó bautizar de esa manera el local, en alusión al pimiento rojo. Y así se quedó".
Las noches veraniegas de este mes de julio están invitando a disfrutar del ambiente nocturno de Granada en las terrazas. "Se está de maravilla en nuestra terracita por la noche. Ahora lo que pegan son las cervezas con nuestras tapas vegetarianas. Dentro tenemos aire acondicionado, para quien prefiera tomarse una ensalada más fresquita".
Marisa reconoce que en el futuro pretenden consolidarse como espacio para el arte y la reflexión, aun en horarios fuera del restaurante. "Promoveremos encuentros de personas inquietas que desean intercambiar ideas. El Paprika debe ser una alternativa para hablar de filosofía o sobre las cuestiones de la vida y de la mujer. Sobre el yoga o el parto natural". Por el momento, lo que abunda es el colorido en sus paredes. "Hemos albergado exposiciones de bolsos de artesanía en cuero. Una chica trabajaba el cobre y hacía espejos. Otra artista traía cuadros en formato de arquitectura, muy curiosos". Un no parar de ofrecer actividades nuevas. ¿Quién dijo que ya estaba todo inventado?