EDUARDO TÉBAR
Se encuentra retirada de la ciudad, donde duermen las naves industriales que el lunes a primera hora se ponen en marcha. Aquí, en la Carretera de Armilla, una hilera de jóvenes acude en procesión a la Industrial Copera. Como criaturas de la noche, aparecen en la oscuridad para entregarse a la fiebre del ritmo hasta el amanecer. La tenue iluminación azulina y la inmensidad metálica del lugar invitan a la embriaguez. El calor humano crece en la madrugada. Y el pulso de la electrónica galvaniza la masa de cuerpos danzantes ante el trono celestial del Dj.
Uno recuerda el hallazgo de Tony Wilson, el periodista y empresario de Manchester que impulsó a Joy Division, New Order y Happy Mondays. Tras diversos varapalos económicos con su sello discográfico, Factory Records, este ínclito personaje apostó por la cultura de club abriendo el legendario The Hacienda. Una superficie cerrada, de andamiaje frío y hechuras notables que albergó las veladas de desenfreno de un par de generaciones.
¿El secreto? La alquimia sagrada del Dj. Ese hechicero que no toca música: la pone, la mezcla y la manipula. Los responsables de la Industrial Copera tomaron nota en 1992, cuando decidieron adoptar el modelo en Granada. El tiempo les ha colocado en el mapa del circuito internacional.
El glosario de figuras que han girado platos en su escenario produce espasmos. Genios de la música plástica que, de no ser por la Copera, jamás hubiesen llegado con su maleta de discos a Granada. La estampa del Richie Hawtin, uno de los padres del ´minimal´, en el altar del ritmo representa el numen de la felicidad: un tipo que dispara sonidos y contagia a la audiencia agitada de buenas vibraciones. Prodigioso en su labor plástica, el anglocanadiense tuvo el don de extasiar 1.700 almas en Granada el año pasado.
Agenda apretada. En la memoria de los asiduos a la sala también brilla el recuerdo del malogrado Sideral, gran impulsor de la cultura de club barcelonesa que se suma al catálogo de nombres que han pisado la Copera como Ricardo Villalobos o el camaleónico Mathew Herbert. "Nuestro éxito se debe a la constancia. No hemos parado de trabajar la vanguardia de todos los estilos. Nos actualizamos continuamente y disponemos de un buen equipo", argumenta Junior, responsable de este templo granadino del techno. Inmerso en su papel de cocina, no para de planear vuelos, hoteles y horarios para los disc-jockeys más importantes del mundo.
Los resultados saltan a la vista. Cada fin de semana, unas 2.000 personas acuden a la Industrial Copera. Y nada de tumefacción guiri: el 90% la componen seguidores andaluces. La mayoría son granadinos, seguidos de almerienses, malagueños, cordobeses, jienenses y sevillanos. "Se crea un ambiente especial. Algunos días se ha tenido que quedar gente fuera", comenta Junior, satisfecho al comprobar que sólo garitos como Razzmatazz y Nitsa, en Barcelona; La Barraca, en Valencia; o Florida 135, en Huesca, tutean a la nave de Armilla. "Cada vez se van quedando más en el camino", apunta.
Experiencias intensas. La noche transcurre entre delirios psicoactivos y miradas cómplices. El latido voltaico une. "Siento un subidón increíble. Me olvido de que estoy en Granada. La oscuridad tan peculiar, más acogedora que agobiante, así como la buena acústica y las mezclas del Dj me transportan a un lugar elevado", confiesa Dominique, una asidua.
Por otra parte, la Copera se ha labrado una fama mayúscula en su faceta de sala de conciertos. Principalmente, actuaciones de grupos de rock, pop, hip hop y mestizaje. Hace tres años y medio, un vetusto y orondo Eric Burdon sentaba cátedra en esas tablas. Igual que Billy Preston –el ´beatle´ negro–, poco antes de morir. La Bersuit argentina, los Wailers, Yann Tiersen, Ladytron, Fuzztones... La lista de bandas señeras resultaría interminable. Casi tanto como los bailes frenéticos de los jóvenes que amanecen desorbitados en la Copera.