JORGE CÓRDOVA MOYA
Todo indicaba que iba a ser una noche especial, aunque para su estreno en Granada The Royal Ballet escogiera un título que, salvo cataclismo, se podía dar por asegurado el éxito. No en vano detrás de ´El lago de los cisnes´ está la eterna lucha entre el bien y el mal. No hay nada que cautive tanto como un cóctel de malvados, heroicidad y amores imposibles. La producción presentada era la de Anthony Dowell, que es la que The Royal Ballet presenta desde hace veinte años.
De allí que este ´Lago´ tuviera el ´esprit des corps´ que se espera de esta compañía, con sincronizadas evoluciones y teatralidad instalada en el tuétano de cada bailarín. Sin embargo, esta producción, por lo visto en Granada, ha quedado un tanto rebajada por el poco contraste entre la buena de Odette y la mala de Odile.
Tanto la cautiva heroína y la siniestra hija de maléfico Rothbart se quedaron a medias tintas, de hecho eran la misma, literal y actoralmente, con distinto traje. Si como cisne blanco el personaje no trasuntó la tragedia de estar encerrado en el cuerpo de otro ser, como malvado careció de convicción. Quizá tampoco colaboró que la producción se decante por no acentuar el conflicto entre luces y sombras.
En cambio, Sigfrido sí que se metió en la piel del desgarrado príncipe que se inmola por amor. En lo musical, Valeriy Ovsyanikov sacó adelante una equilibrada lectura que fue seguida con fluidez por la compañía británica. Colaboró la sobria amplificación ´natural´ que la orquesta tuvo: desde las zonas cercanas al foso ésta fue incluso imperceptible.
En cuanto al publico, los más entusiasmados fueron un improvisado grupo de niñas que arabesque aquí, relevés por allá, o dibujando pequeños y candorosos grand jetés durante el intermedio, disfrutaron de una noche mágica que se repite hoy.