JORGE CÓRDOVA MOYA
Luis Fernando Pérez era hasta ayer el ‘tapado’ del Festival. Y es que siendo el Patio de los Arrayanes unos de esos escenarios que imponen y se reservan para los más especiales artistas, no eran pocos los que se preguntaban quién era este señor. A la salida ya todos lo sabíamos: un grandísimo pianista. Si encerrarse con Iberia de Albéniz equivale taurinamente a hacerlo con seis Miuras.
Pérez le cortó las orejas a cada uno de los cuatro cuadernos que componen la obra. Su lectura tuvo mando, poder y un loable prisma que dio relieve a lo más audaz y moderno, en particular armonías y ritmos, que suelen pasar desapercibidos en esta fenomenal serie de impresiones poéticas del compositor catalán.
Pérez tiene muy claro cómo quiere ‘su’ Iberia, alejándose un buen tanto de las inevitables referencias que de la obra existen. Así, desde la siempre deseable limpidez y transparencia que la obra requiere, desentraña su impresionismo con una racionalidad que no pasa por alto el plano poético y evocador que ésta transpira. Pianista inteligente y con cierto abolengo, las virguerías técnicas las aborda con compostura, además de cierto regusto por las resonancias en las que se recrea elegancia.
Fueron bellísimas su ‘Evocación’ del primer cuaderno, que sentó su declaración de intenciones, luego ‘Almería’ del segundo cuaderno, que pocas veces habrá sonado tan etérea a la vez que intensa una noche luna. Igualmente, ‘El Albaicín’, del tercer cuaderno, tuvo temple y misterio, mientras que el cuadro final ‘Eritaña’ tuvo enjundia popular por lúdica y desenfadada. Ante los aplausos y entusiasmo general, Pérez fue generoso y se recreó tocando más Albéniz, un Falla y un ‘Bailecito’ del argentino Carlos Guastavino.