JORGE CÓRDOVA MOYA
Estaba anunciado, la Staatskapelle con Barenboim rindió tributo al centenario compositor Elliot Carter interpretando ‘Symphonia: Sum Fluxae Pretium Spei’, que en español se traduce como ‘Soy el premio de la esperanza que fluye’. La obra es un gran lienzo orquestal de música sin otro asidero que la abstracción y sonido puro y duro inspirados por una “pompa flotante”.
En realidad, un tríptico al que el director cambió el orden para empezar con el último movimiento ‘Allegro scorrevole’, seguir con el ‘Adagio tenebroso’ y acabar con la ‘Partita’ de final más espectacular. El cambio altera el carácter y desenlace de una obra que hubiese acabado extinguiéndose. ‘Symphonia’ impresiona por sus dimensiones, urgencia rítmica, variedad tímbrica y vena schoengberiana, aunque llegue a extenuar con su incesante flujo de motivos seriales. Barenboim la dirigió con gran implicación y severidad.
El ‘Allegro’ está plagado de ritmos desencajados y pasajes escurridizos que acaban misteriosamente con la lenta exhalación de una flauta sobrevolando el paisaje. El ‘Adagio’ apareció como el movimiento más lírico, impresionista y sentido.
Extraordinarios el pasaje en el que toda la cuerda basculó con el sonido de una trompa o las extensas llanuras de las que de pronto surgía una efervescencia volcánica, que acabó en fantasmagórica quietud. Luego vino ‘Partita’, que en su tremenda intensidad rítmica y secuencias de color ofreció el espectacular desenlace que se buscaba. Difícil es emparejar a Carter con otro compositor, Barenboim escogió a uno de sus compositores predilectos: Wagner.
El director pareció pasar el testigo a sus músicos que tocaron con irreprochable profesionalidad, brillantez, y entrega. La orquesta estuvo poderosa, lúcida y expresiva al máximo en unas elocuentes interpretaciones del ‘Preludio y Muerte de Amor’ de ‘Tristán e Isolda’, y oberturas de ‘Los maestros cantores de Nurenberg’. Descomunal.