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M.D. El director argentino-israelí Daniel Barenboim se despidió anoche de Granada, hasta el año que viene, al frente de la Staatskapelle Berlín, una orquesta sensacional construida a imagen y semejanza de su director, es decir, siempre eficaz y versátil, hecha para exprimir al máximo las posibilidades de las partituras e ir incluso más allá.
Si con Bruckner arrancó anoche los últimos aplausos del público del Festival Internacional de Música y Danza en la jornada que se puede considerar de clausura, aunque para esta semana aún queden los conciertos ofrecidos por los profesores de los Cursos Manuel de Falla, con Bruckner arrancará también los aplausos cuando se vuelva subir al podio del Palacio de Carlos V en 2010.
Barenboim explicó hace unos días a los periodistas durante la rueda de prensa de presentación de los tres conciertos que ha ofrecido en esta tercera edición que acometerá las sinfonías 5ª y 6ª del compositor austriaco, con lo que prácticamente habría ofrecido su integral, ya que en años anteriores también se han podido escuchar otras partituras del mismo compositor bajo la batuta del argentino. Es lo bueno que tiene, reconocía también en la citada rueda de prensa, el hecho de que su presencia en Granada sea una sección fija, ya que puede programar y planificar ciclos completos que "calan" más en el público.
Anoche el calor hizo acto de presencia también, y si el público lo solventó abanicándose con los programas del recital, el director, entregado, tuvo que acudir en más de una ocasión al pañuelo que guardaba en su bolsillo. La pieza escogida para poner el broche fue la Cuarta Sinfonía, subtitulada ´Romántica´, una de las obras más populares del organista y compositor austriaco, considerada como el testamento artístico del autor donde se unen pasión humana y místico anhelo de trascendencia.
Es conocida la anécdota de la visita de Otto Kitzler, viejo amigo de Bruckner, a primeros de octubre de 1874 quien sugirió al compositor que debía contraer matrimonio lo antes posible. Bruckner le contestó: "¡Amigo mío!, no tengo tiempo para eso, ¿no ves que estoy componiendo mi Cuarta Sinfonía?".
Tan bien conocía Barenboim la obra que ayer la dirigió sin dudas de ningún tipo prescindiendo de colocar partitura ninguna en el atril. Se la sabía del derecho y del revés. Lo mismo hizo el sábado con Wagner, otro de sus compositores favoritos.
El concierto apenas superó la hora de duración, y es que en la programación solamente estaba prevista la obra obra de Bruckner, con sus cuatro movimientos en los que, por cierto, predominan sobre todo los metales, apoyados de violas y violines, momentos de reposo que estallan en redobles de timbales que hacen rememorar momentos casi épicos.
Y con Bruckner Barenboim se despidió del público granadino, siempre agradecido al maestro que ya es como de casa -tuvo que salir tres veces a saludar, para después abandonar el escenario corriendo-, como si el director titular del Festival de Música y Danza se tratase. Y que dure muchos años.
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