BELÉN LEZAMA
Cinco segundos antes de que las ténues gasas del escenario volaran hacia los lados, Cristina y sus amables e incansables azafatas/os lograban colocar por fin al último espectador en el último asiento. En realidad, el grupo final estaba compuesto por los padres de los pequeños figurantes que aparecerían poco después en la representación que estaba a punto de comenzar.
Una obra que tres cuartos del aforo podría tararear de memoria y que más de uno ha bailado a solas en el salón de su casa: ‘El Lago de los Cisnes’. Casi nada. Una delicia que, benditos sean los dioses, pudimos disfrutar con la orquesta –en este caso la Orquesta Ciudad de Córdoba– en su foso correspondiente. Sin enlatados. Qué maravilla.
Lo de Cristina lo menciono, porque esa noche había lleno hasta la bandera y hasta la mismísima luna guapa que se plantó hacia el segundo acto en mitad del escenario. Además de que se merecen un tierno recuerdo porque nos hacen a todos la vida más fácil sin perder nunca la sonrisa. Una vez sentado todo el mundo, aquello se desplegó y los bailarines del magnífico Royal Ballet –primera visita a Granada–, con un vestuario romántico insuperable y con la impecable Tamara Rojo al frente, nos sumergieron en el mundo mágico, de cuento de hadas, que Tchaikovsky regaló al mundo para mayor gloria de nuestros mejores sueños.
A mí, esto siempre me pega fuerte en el departamento infantil de mi memoria. Siempre debo acordarme de cerrar la boca o, en su defecto, de sonreir de manera algo más inteligente. Qué me gusta. Durante el intermedio de los cuatro bellísimos actos de que se compone la obra, el nuevo y ámplio ambigú de Bernina –cosa más sensata haberlo trasladado unos metros más al fondo– hervía de apetitos variados.
La directora del Patronato, Mar Villafranca, descansaba un poco de tanto compromiso oficial vivido durante los últimos días –incluida Reina de España– y se tomaba un refrigerio con una amiga. Igual que el resto de los espectadores, que prácticamente sin excepción, gozaron de una noche fascinante en la que ni la suave brisa de la noche de verano granadina quiso estar ausente. Qué bien.