EDUARDO TÉBAR
Espléndida. Guapa. Con el arte en la sangre. El murmullo del público que llenó anoche los Jardines del Generalife sugería varios titulares. María Pagés invitó a volar con la imaginación. A flotar con la mente a través de los lazos invisibles que desprendían sus movimientos. Esas delineaciones chispeantes que despiden sus manos. Extremidades que, en su caso, parecen tocadas por una varita mágica. Los brazos largos y sinuosos de la sevillana embriagan en el trayecto hacia la excelsitud. Ayer, de manera privilegiada, en un entorno bucólico. Ante la María más íntima y personal. La María confesional de ´Autorretrato´.
"Se trata de algo muy propio, fruto de un momento especial, duro e importante en mi vida", reconoció Pagés en Granada. La muerte de su marido y colaborador, José María Sánchez, marca desde hace cuatro años la madurez de su trayectoria. La artista mira hacia dentro y devuelve sus entrañas con vigor y flamenco. Apelando a la plenitud tras el camino transitado. Reivindicando a los poetas de cabecera. Y en forma. Por fortuna para sus seguidores, la diva hispalense se mostró plenamente recuperada de su lesión lumbar en la pierna derecha. Llegó con los aplausos aún reverberando después de las exitosas visitas a Wiesbaden, Estambul y Bruselas. Mañana le tocará cautivar a la afición francesa.
La hermosa frondosidad del Generalife figuró como un elemento más de atrezo. De hecho, la misma Pagés andaba obsesionada con el impacto lumínico de la luna, radiante y agigantada estos días de Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Las coincidencias parecían un capricho del cielo. No en vano, la artista asocia la idea del autorretrato a los pintores. Y entre tonalidades de nimbo plateado, ella exploró su identidad flamenca. Siempre combativa con la ortodoxia. Mediante braceos elegantes y expresivos. Así aprende a conocerse. A pararse y acercarse más al espejo para ver con claridad. Un ejercicio de observación y análisis traducido al movimiento escénico.
Con arrojo coreográfico, ´Autorretrato´ reflejó a una María Pagés introspectiva, aunque en permanente evolución. Y sobre todo, lírica. Las grandes letras embadurnaron de poesía los trazos corporales. Visiblemente afectada por los versos desarmantes de ´Las nanas de la cebolla´ de Miguel Hernández -y con la piel de gallina escuchándolos en la voz de Ismael de la Rosa-. La clase de literatura se completó con guiños a García Lorca, Antonio Machado (´Soleá del espejo´ y ´Aglegrías y cantiñas´) o José Saramago (´Mi refugio´ y ´Las palabras y el silencio´). Poemas que en su momento tocaron la fibra de la sevillana. Que le empujaron a bailar e impulsaron a la hora de vislumbrar su rumbo artístico. El plantel relajó la tensión con ´Tanguillos´, que desvelaron el carácter más risueño de Pagés, rememorando instantes de camerino con sus compañeros.
Dividido en cuatro partes, ´Autorretrato´ simbolizó las largas estancias en los estudios de grabación a través de la soleá. También el concepto de hogar, en el que ella incluye vivencias en Madrid y Sevilla, así como los hoteles en los que se hospeda alrededor del mundo. Por último, el broche: el escenario. Ese hábitat de libertad para la bailaora. Donde se desenvuelve y pinta con sus pies y sus brazos su propio autorretrato.