BELÉN LEZAMA
Igualito que la luna, que está ahí, en todo lo alto, y se ve desde toda Granada aunque en noches de Festival parezca hecha sólo para el Generalife, los espectáculos musicales se te echan encima por estos días, vayas donde vayas. El Festival, es lo que tiene. En el Albaicín, en la Iglesia del Salvador, el prestigioso organista Andrés Cea ofrecía su magistral dosis de músicas del tiempo de la expulsión de los moriscos, tema que marca parte de esta edición que invita a sentarse y sentir.
En San Juan de Dios, la Scola Gregoriana Hispana, la Coral Ciudad de Granada y el Coro Manuel de Falla de la Universidad emocionaban al público tanto como el grupo barroco La Folía, que hacía lo propio en el Crucero del Hospital Real, enormemente apropiado para sentirse en pleno Siglo de Oro durante un par de horas. En la Huerta de San Vicente, la bailaora Tatiana Garrido cubría con su espectáculo la corta escala en Granada de su compañía, entre Siria, Jordania y Venezuela, poniendo en pie el afortunado aforo de tan singular escenario.
En el auditorio de Caja Rural, el clarinete de Francisco José Casado y el piano de Héctor Eliel Márquez, hacían sonar la música desde Schumann hasta Bernstein, cosechando a su término un amplio y justificado reconocimiento. La Maquiné, con ‘El Castillo Rojo’ en el Teatro Alhambra para los más pequeños. La Sinfónica de Londres, en el Carlos V, con Prokofiev y Stravinsky...
Y ni con mucho hemos llegado a la mitad del Festival. Son sólo algunos de los espectáculos que hemos visto en este puñado de días transcurridos desde la noche del pasado viernes, en la que se levantaba el telón para Edita Gruberova bajo el techo azul de la noche natural del palacio del Emperador. Y además, la primera de las veladas en los Jardines del Generalife, ese escenario al que dicen que todo el mundo se apunta “echen lo que echen”, porque no se puede aguantar la puesta de sol previa a la función, la deliciosa brisa perfumada que acaricia la piel de los espectadores y la luna que aparece puntual sobre los cipreses del escenario, caiga quien caiga.
La noche del homenaje de Belén Maya a su padre, Mario Maya, andaba la luna esquinada y pequeñita, algo mora, como corresponde al sitio, pero fiel a su cita con los espectáculos del Festival. Junto a Miguel Serrano, que sabe de dirección escénica un rato, la hija del coreógrafo y compositor desaparecido recuperó una selección de los mejores montajes que Mario Maya creó durante su fructífera vida, recuperando también a algunos de los artistas que las interpretaron. Vimos sobre el escenario a gente como Rafaela Carrasco, Iván Vargas, Manuela Reyes, Manuel Liñán, Ángel Atienza...
Y a un intenso Juan Andrés Maya en Los Cantes de Trilla y Martinete, que bailó en casa con la entrega y el arte que le son habituales, y un poco más. Y termino este singular escaparate con la guinda que supone la oferta de decenas de restaurantes granadinos, que se ponen al lado del Festival de la mejor manera a su alcance: incluyendo en su carta un Menú Festival que mantendrán hasta su finalización, allá por el caliente ecuador de julio.