EDUARDO TÉBAR
Hace sólo un par de semanas, ´Carmen´ regresaba con expectación al Teatro de la Ópera Cómica de París. Un dispositivo faraónico para una obra estelar, con retransmisiones en cines de alta definición de Francia, Suiza y Bélgica. Eso por no hablar del extraordinario seguimiento mediático. Ayer llegó al Palacio de Carlos V como la gran ópera de la presente edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada
Durante su estreno, el 3 de marzo de 1875, la composición de Georges Bizet recibía vilipendios y acusaciones de inmoral, maldita y mediocre. Corrían otros tiempos. Quizá, la burguesía de la época no estaba preparada para una expresión tan española y, a la vez, tan universal de la mujer rebelde. Incluso hoy, los ademanes insumisos de ´Carmen´ colisionan con actitudes inocentes, mojigatas y melindrosas. Pero ahí reside la fuerza del personaje, anoche interpretado de manera genial por una cantante de la talla de la ´mezzo´ italiana Caterina Antonacci.
La batuta afilada del director, Sir John Eliot Gardiner, agitó las emociones y transportó al público granadino que llenó el Palacio de Carlos V. Esta vez, una audiencia más abierta al goce del mito. Porque la música de Georges Bizet renovó el género.
En la actualidad, esa seguidilla, las coplas del ´Toréador´ o el dúo antecesor de la muerte –´C´est toi, c´est moi´– mientras el coro se escucha desde la plaza relucen en la veda del camino abierto. El antes y el después del oráculo operístico.
Arranque con gran ritmo. La representación tetral, con su cante y el imponente acompañamiento orquestal, se estructuró en cuatro actos. Al ´wagneriano´ arranque, de la mano de un ´Preludio´ explosivo y premonitorio que colocó a los asistentes en situación, siguieron la escenas desbordantes de melodrama, simbología, humor y sangre. Casta ibérica que conecta Sevilla con Europa. "El amor es un pájaro rebelde que nadie puede amaestrar", se recitó en la melancólica y demoledora habanera del primer acto. Pasión arropada por el notable elenco coral y musical, con todos los intérpretes vestidos de negro. Ayudó el enjambre de instrumentos de época en la retaguardia de la Orquesta Revolucionaria y Romántica, y la traducción simultánea proyectada en el friso del Carlos V.
Además del desparpajo de Antonacci en la piel de Carmen, destacó el reparto de actores que dieron vida al plantel del libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy sobre la novela de Prosper Mérimée, como Andrew Richards en el rol de Don José, que antañó sublimó Plácido Domingo, o Anne-Catherine Gillet, soberbia en el rol de Micaela. Y Nicolas Cavallier dando vida a Escamillo, un torero que acaba de triunfar en las corridas de Granada. Desde el principio el público se sintió parte de la obra por la cercanía de su ejecución, entremezclándose los intérpretes entre las columnas e interactuando con el público.
La gallardía del tenor americano y la profundidad de la vocalista italiana encabezaron el discurso lírico. A la propuesta se unió en Granada el Coro Presentación, dirigido por Elena Peinado. La apuesta resultó algo así como arrojar leños a una hoguera. La otra formación coral que acompaña a Gardiner, el Monteverdi, abrumó con un prodigioso empaque. Oradores ingleses recitando en un francés académico. Rítmicos, asombraban los culebreos y las detonaciones narrativas según el momento.
Gardiner estrenaba este montaje en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada después de la fastuosa puesta de largo en la ´catedral´ parisina. Sin duda, se trató de una velada única, que se repite mañana, en el mismo lugar y a la misma hora. La segunda en España antes de la visita a San Sebastián el 29 de agosto. ´Carmen´ permanece viva. Más desnuda, provocadora y reivindicable que nunca.